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Saturday, January 31, 2015

Unas vacaciones calientes

Aquellas vacaciones no serían para nada fáciles de olvidar. No solo por el calor calcinante sino por otras circunstancias que me tocó vivir y por suerte las superé para, ahora, contárselas a ustedes. Todo empezó con un viaje al sur del país para pasar el mes de enero recorriendo una ruta, que habíamos planeado en familia por mucho tiempo.



Durante muchos meses pensamos cómo disfrutar de un mes entero en el verano paseando por caminos de la Patagonia. Fueron largos meses de ver dónde parar, qué ruta seguir y demás etapas a cumplir de un largo recorrido que nos llevaría más de 9.000 kilómetros. Eso era lo que pensábamos.

La alegría de planificar con los chicos y mi mujer cómo haríamos las distintas etapas del camino. Hasta los sitios, museos y parques nacionales que recorríamos era todo un entretenimiento. Todo el tiempo estábamos pensando cómo haríamos ese ansiado viaje que nos llevó dos años planificarlo.

Todo estaba listo, los chicos sin llevarse materias, mi mujer coordinando sus vacaciones para que encajaran justo con las mías. Yo que conseguí que me dejaran salir un mes completo del laburo. Que fue una tarea titánica con mi jefe. Meses de pelear y casi hasta último momento me hizo padecer con la angustia de “no le doy las vacaciones en enero”, “no se las puede tomar”, “todos esos días son mucho tiempo”. Hasta que un día firmó la licencia y ya no hubo vuelta atrás. El papel lo tenía la Dirección de Personal y era un hecho.

En casa todos saltaron hasta el techo cuando llegué y les largué, “el turro de Pérez me dio las vacaciones”. La alegría fue enorme y hasta hubo festejo y todo. Para esa época los chicos estaban un poco desanimados, en especial Carla, la más chica. Veía que el ansiado viaje por las rutas patagónicas se iba al diablo. Pero no fue así. Aunque todavía estábamos a principios de noviembre y faltaban dos meses largos de preparativos.

Preparativos que incluían al Renault 12 que era el que nos llevaría, a todos, los cuatro, a recorrer esos caminos patagónicos. El 12, o mejor dicho, el Colorado, como lo llamábamos los íntimos, porque de color rojo era la pintura de su carrocería. Como el de las primeras publicidades que lo anunciaban en las revistas en el año 1971. Había que acondicionar al Colorado. Necesitaba blindar el tanque de nafta porque muchos de los caminos eran de ripio.

Incluso buena parte de la Ruta 3 era de ripio y no era cosa que una piedra volara y nos dejara a la vera del camino a leguas de la próxima estación de servicio. En aquellos años las distancias parecían mucho más lejanas que ahora y los servicios en la ruta iban de escasos a nulos. Lo otro era proteger el parabrisas y hasta los faros delanteros.

La cosa que el Colorado quedó listo en poco más de un mes y parecía un auto de rally. Alguno que otro amigo, y pariente, me dijo que exageraba con las protecciones. Pero les decía que íbamos de vacaciones con toda la familia y no era cosa de pasar malos tragos. No sabía la bebida que tomaríamos todos en ese caliente enero.

Los días pasaban en forma lenta para todos nosotros. Ni siquiera la proximidad de las fiestas de fin de año aceleró el tiempo. Vieron que todo se desboca cuando se acerca el 31 de diciembre. Las corridas y la locura van de la mano mezcladas con altas dosis de alcohol. No es nuevo y parece que pasan las décadas, y eso, sigue igual. Luego llega enero y todo se frena. Aunque eso ya no pasa tanto. Ahora en enero pasan cosas para que no nos aburramos los que nos quedamos en la ciudad.

Pero en aquellos años luego del 31 de diciembre el país entraba en un letargo, largo letargo, hasta principios de marzo cuando parecía que comenzaba a despabilarse. La vida se aceleró y esos tiempos no son iguales. Ahora el ritmo es mucho más vertiginoso. Como aquellas calientes vacaciones en el sur argentino.

La idea era partir el 1 de enero muy temprano por la mañana. “No va haber nadie en las calles y en la ruta”, sentencié frente a toda la familia cuando decidimos a que hora y día partir a nuestras ansiadas vacaciones en la Patagonia. Establecimos acostarnos temprano el 31 y no festejar a las doce de la noche, para poder levantarnos a las 6 de mañana y salir una hora después luego de desayunar.

Todo salió como estaba programado. El equipaje listo y cargado, parte en el baúl y la otra repartida en el portaequipajes adosado al techo del Colorado para poder llevar lo necesario para nuestra aventura por el sur argentino. Incluso llevamos una carpa para que pudiéramos pernoctar los cuatro a la vera de alguna ruta aislada o en un parque nacional.

Llevamos la ropa adecuada para soportar las bajas temperaturas que suele hacer por las noches. Pero el verano sería caluroso en todos los sentidos. Algo para nada habitual en aquellas latitudes, pero sucedió. Lo que siempre pensé era por qué nos tenía que pasar a nosotros en nuestro viaje por los caminos de la Patagonia.

La primera parte de la ruta fue como un violín. Pocos autos a ninguno. En las calles del barrio, cuando salimos a las 7 de la mañana, el desierto se había hecho presente. Ni siquiera había perros husmeando los tachos de la basura. Ni un alma. Todo el camino libre para nosotros. Lo mismo cuando tomamos la Ruta 3 en el suroeste del Gran Buenos Aires.

Tranquilos y cantando. Amenizando el viaje con mates y contando chistes. Todo muy relajado porque ya estábamos de vacaciones. En realidad habían comenzado cuando subimos al Colorado. Cada tanto parábamos a hacer el pis de rigor y estirar las piernas. El viaje estaba relajado gracias a que nos turnábamos con mi mujer, Clara, en el manejo del Colorado. Pedro y Carla seguían cantando todas las canciones que se sabían desde chiquitos. Pasamos por “El elefante Trompita” hasta “El auto de papá”. No quedó un clásico infantil sin cantar a lo largo del extenso viaje.

A medida que seguíamos bajando hacia el sur del país comenzamos a escuchar, en la radio del Colorado, noticias un tanto alarmantes sobre incendios forestales. La gran sequía y el intenso calor eran un lindo cóctel caliente. Pero por ahora no afectaba nuestro viaje. Aunque cierta zozobra nos embargó porque ese incendio estaba muy cerca de nuestro camino a recorrer. Esa ruta que habíamos prefijado con tanta anticipación.

Seguimos avanzando hacia nuestro recorrido tan esperado por nosotros cuatro pero nada sería, de ahora en más como lo habíamos soñado. Diría que de sueño pasó a pesadilla en un abrir y cerrar de ojos. Como en una película de acción con un ritmo vertiginoso. Pero después de todo tendríamos algo para contarles hasta nuestros nietos, incluso los nietos de mis hijos.

Ya cuando tomamos la recta más larga del mundo, eso dicen algunos, que atraviesa una parte del sur de la provincia de La Pampa en una zona árida. Las cosas pasaron de claras a oscuras. Ahí el fuego había atravesado la ruta y esta estaba bloqueada. En la desesperación de salvar a la familia hice una mala maniobra con el Colorado y una de las parrillas de la suspensión delantera se rompió. “Sonamos”, pensé para mis adentros. Cómo haría con el fuego a menos de 10 kilómetros y que seguía avanzando hasta donde estábamos varados por un cambio en la dirección del viento.

En eso que estábamos tirados a la vera de la ruta veo a lo lejos algo aparatoso que venía de la zona del incendio. Era una caravana de un equipo de cosecha que también los había corrido el incendio forestal. No hubo necesidad de hacerles señas para que se detuvieran solos lo hicieron al ver el Colorado parado en la banquina.

“¿Qué les pasó?”, preguntó alguien que parecía ser el capataz del equipo. Le conté lo que me había pasado y le pregunté si me podían alcanzar hasta algún sitio fuera de peligro. “Mejor que eso”, me respondió y me llevó para atrás de la caravana donde venía el soldador del equipo. Resulta que un equipo de cosecha no se puede dar el lujo de ir hasta un lugar poblado en busca de un repuesto determinado. Así que suelen repararlos con soldadura hasta encontrar el repuesto determinado y seguir con la tarea de cosechar.

La parrilla delantera del Colorado quedó como nueva, pero soldada. Eso nos salvó del incendio. Al menos en esa oportunidad. No quisieron por ninguna forma que les pagara por la soldadura. “Es una gauchada. Nosotros sabemos lo que significa quedar tirado al lado de la ruta”, me dijo Don Ramón el capataz del equipo.

Saludamos y partimos, la caravana se movía más lenta, pero no por eso menos a salvo del incendio que ya se veía claramente en el horizonte. Según la radio estaba descontrolado y no lo podían apagar. La sequía era grande y el calor reinante peor. Encima el pronóstico del tiempo no anunciaba ningún tipo de lluvia.

Desandamos varios kilómetros en busca de una ruta alternativa que nos llevara, nuevamente, al ansiado sur argentino. Tuvimos que recorrer más de 200 kilómetros para rumbear para el sur. Atravesamos más provincias que las programadas, pero el frente del incendio era de muchos kilómetros. Pero por suerte ya estábamos entrando a la Patagonia, pese al fuego y la rotura de la suspensión.

Todo había vuelto a la normalidad, por ahora. Los paisajes sureños pronto nos hicieron olvidar la situación anterior. Los chicos estaban felices y habían renovado su repertorio de canciones. Ahora ya estábamos en el rock nacional y la consigna era “canten una que sepamos todos”. Algo que nunca se ha escuchado…

Ya estando en la provincia de Neuquén nos enteramos que habían existido algunos incendios forestales, casi en simultáneo, con el que nos tocó vivir en La Pampa. Pero nada grave y todo estaba controlado. Al menos hasta ese momento. Los días posteriores serían muy diferentes. El calor iba en aumento y no por el fuego del bosque, sino por los casi 36 grados que hacía en la ruta. Por momentos parecía que las nieves eternas de las montañas comenzarían a derretirse en cualquier momento. Por supuesto que era una noción que teníamos nosotros y nunca ocurrió.

En una de las rutas neuquinas comenzamos a notar que el tránsito se ponía lento y lo adjudicamos a la gran cantidad de turistas en la zona de los lagos, pero no era eso. La verdad de la milanesa era que un camión cisterna, con acoplado como se usaba en aquellos años, había volcado y derramado todo el combustible. Acto seguido se produjo un incendio forestal. Eso nos enteramos por las personas que estaban varadas en la ruta lo mismo que nosotros.

Más de ocho horas estuvimos arriba de la ruta sin poder movernos. En un momento dado el tránsito se comenzó a mover en ambos sentidos. El fuego había sido extinguido y nos permitían seguir nuestra marcha hacia el sur. Cuando llegamos al lugar del accidente el panorama era desolador todo estaba quemado, con el camión cisterna incluido. Pero noté en el horizonte que el fuego se había expandido hacia la zona de boscosa. No dije nada a la familia para no intranquilizarlos.

Tal vez en ese momento deberíamos haber pegado la vuelta a casa. Eran dos oportunidades cerca del fuego. Esta vez había sido mucho más cerca. Como dice un refrán que repetía mi abuelita: “no hay dos sin tres”. Sabia, la abuelita Marta. Pero no estaba arriba del Colorado para darnos sus consejos de vieja sabia.

Salimos de la ruta principal adentrándonos en el bosque que era parte de nuestro diagramado recorrido. Los chicos y Clara estaban contentos con el paisaje que nos regalaba la naturaleza. Los pájaros, los animales y los árboles nos daban un festín para los ojos. Todo era bello y alegre. Menos las nubes de humo que seguía viendo en el horizonte que se alzaban como una mala señal del destino. El destino suele ser una mala ruta en nuestras vidas, en algunas ocasiones. Esta iba a ser una de esas ocasiones.

Nos seguimos adentrando en el bosque y ya comenzamos a pensar en un lugar donde acampar, ya que era una zona permitida para hacerlo. La noche pronto se haría presente y no era buena idea armar la carpa sin luz natural. En un santiamén bajamos y armamos la carpa en el mejor lugar que encontramos. Parecíamos expertos montañistas en busca de su ansiado trofeo, hacer cumbre en una alta montaña. Pero nosotros éramos pájaros de bajo vuelo, casi al ras del piso.

Una vez instalados Clara nos preparó una deliciosa comida de lata. Recuerden que estábamos de campamento y no había una pizzería cerca. El “delivery” no se inventaba en aquellos años en Argentina. Si lo había era “envío a domicilio”. ¿Por qué todo debe traducirse al inglés? ¿Acaso no tenemos uno de los más bellos y complejos idiomas del mundo? Nunca terminaré de entender eso de querer imponer una lengua extranjera a fuerza de inundar publicidades.

Volvamos al campamento en la Patagonia y nuestro ansiado recorrido por las rutas del sur argentino. La noche fue apacible escuchando los sonidos del bosque. Era un concierto con momentos de un profundo silencio. Con esos sonidos y silencios nos encontró la mañana del nuevo día. Día que nos depararía muchas más aventuras y humo, mucho humo. Eso fue lo primero que noté al salir de la carpa y mientras hacía el primer pis mañanero.

“Esto se está poniendo muy feo”, pensé mirando al cielo y notando cómo el humo cada vez estaba más cerca de nuestro campamento. En ese veo una camioneta de doble tracción que se acerca. Era el guardaparque. Nos venía a alertar del incendio forestal que se estaba acercando muy rápido y que en una o dos horas llegaría a este lugar.

Nos iba a acompañar a un lugar seguro. Los demás acampantes ya estaban en un refugio seguro a unos diez kilómetros al norte. Hacia ese lugar deberíamos partir. Convidamos con nuestro desayuno al guardaparque y una vez listos nos enfilamos detrás de la camioneta hacia el refugio. Pero las cosas no saldrían tan fáciles. Era como si alguien se opusiera a nuestro recorrido en la Patagonia.

En un momento la camioneta del guardaparque se detiene. Se baja y viene hacia el Colorado. “Me acaban de avisar por radio que el camino está atravesado por el fuego”, nos dijo el guardaparque que se llamaba Horacio. “No podemos dar la vuelta”, pregunté. “No. Hacia el sur el camino se bloqueó por el mismo incendio”, respondió Horacio. Ahí nos contó que nos encontrábamos en una especie de ojo, como dentro de un huracán. En dos palabras: estábamos rodeados.

“Lo único que nos queda es seguir hasta donde podamos y avisar por radio para que manden un avión hidrante que nos haga un pasadizo entre medio del fuego”, nos relató Horacio. La opción no era la mejor de todas, pero antes de quedarnos sentamos y rostizarnos le hicimos caso a Horacio.

Marchamos a toda velocidad para ganarle tiempo al frente del incendio que avanzaba sobre nuestra ruta de escape. La adrenalina comenzó a correr por mis venas y la de toda la familia. Los chicos comenzaron a asustarse y las canciones ya no servían para calmarlos. Menos viendo como las llamas se acercaban y comenzaban a rodearlo todo. El Colorado parecía más rojo que de costumbre.

Paramos. Horacio al trote nos avisa que desde el puesto de control del incendio le avisaron que el avión hidrante está en vuelo hacia nuestra posición. Nos cuenta que solo vamos a disponer de unos minutos para atravesar el pasadizo que nos va abrir el agua que descargue en la zona. Solo será un breve tiempo, lo necesario para cruzarlo a toda velocidad sin pensar mucho lo que vamos a hacer.

Horacio se encargó de dejarnos muy en claro que no tendríamos otra oportunidad y lo mejor que nos podía pasar era que el agua nos cayera encima cuando pasara el avión hidrante, eso nos enfriaría por unos instantes. Así que todas las ventanillas cerradas y a poner en funcionamiento el limpiaparabrisas porque sería como una lluvia torrencial.

Cuando terminó de darnos las instrucciones oímos los motores del avión que se aproximaba. “¡En marcha!”, gritó Horacio y salió a la carrera para la camioneta. Efectivamente en dos minutos nos caía una lluvia torrencial. En realidad agua del lago más cercano que había tomado el avión hidrante. Salimos despedidos nuevamente en el camino hacia el refugio.

Humo, mucho humo producto del agua llovida del cielo. Aceleré a fondo al Colorado y lo mismo hizo Horacio con la camioneta. El espectáculo era increíble. Ver cómo ardían los árboles a ambos lados del camino y que el fuego se reanimaba como si nada. Los dos vehículos volaban por el camino. Comencé a notar como se evaporaba el agua sobre el capot y no era por el calor del motor.

Parecía que ese pasadizo que nos había abierto el avión no se acaba nunca. Aunque en realidad no llegaba a un kilómetro de distancia, como nos dijo más tarde Horacio. Pero en ese momento era como si fuese el camino al mismísimo infierno. El calor se hacía sentir en los vidrios y mi temor era que se rompiera el parabrisas. Pero Horacio nos había dicho muy claro, “no abran las ventanillas aunque el calor sea agobiante”. Comenzamos a transpirar como testigos falsos en un juicio. Y eso parecía la situación: el juicio final.

Pero no lo era y por eso les estoy contando esta historia de este lado del túnel, ese que veía Víctor Sueiro. Túnel que se había convertido el pasadizo porque el fuego comenzaba a cruzar lenguas por encima de nuestras cabezas. Detrás el fuego había invadido el camino como si el agua desde el avión no le hubiera hecho nada.

Delante de nosotros la camioneta de Horacio se comenzaba a detener unos cuantos metros por delante. Había salido del infierno del incendio en el bosque y nosotros estábamos en eso. Llegamos unos segundos más tarde. Horacio nos esperó y nos hizo seña para que siguiéramos un poco más adelante para estar totalmente a salvo del fuego. El incendio forestal seguía camino al sur y a esta altura de las circunstancias ya estaba en nuestro campamento nocturno. Si Horacio no hubiera llegado en esos momentos hubiéramos estado al spiedo…

Horacio detuvo la marcha en la banquina del camino y yo hice lo mismo. Paramos justo detrás de la camioneta cuando Horacio se apeaba y venía en busca nuestra. Todos nos bajamos y nos fuimos abrazarnos con Horacio. Los chicos lloraban, en realidad había llorado todo el camino entre el fuego y creo que Clara también lo hizo, pero no podía apartar la vista del camino y de la cola de la camioneta de Horacio.

Todos tomamos una buena cantidad de agua, en parte para festejar que estábamos vivos y en parte para saciar la sed producto del intenso calor que habíamos sufrido en el pasadizo ardiente. Algunas lenguas de fuego había acariciado la cola del Colorado. Sobretodo cerca de la caída del baúl. Se notaban las ampollas en la pintura, nada grave, pero eran marcas de la catástrofe que habíamos dejado atrás.

Nos dimos vuelta, mientras saciábamos nuestra sed hacia el inmenso fuego que ahora estaba totalmente desbocado. “Pensar que esto lo ocasionó un camión cisterna hace dos días atrás”, dijo Horacio. “Es cierto”, le contesté. Y le conté que habíamos estado en el lugar del accidente. “¿Y por qué no dieron la vuelta?”, nos preguntó. “Por qué mi abuelita decía que no hay dos sin tres”, le respondí. Ante la cara de intriga le conté nuestra experiencia en La Pampa. A lo que Horacio acotó “ahora el fuego no los va a molestar más”.

Los chicos y Clara había perdido las ganas de seguir por las rutas patagónicas y a decir verdad el sur de la provincia estaba en alerta roja por el fuego. Así que luego de dos días de descanso en el refugio emprendimos el regreso a casa. Con menos de 3.000 kilómetros recorridos. Pero con vida para contarlo.

Nos tomamos el tiempo del mundo para regresar y volvimos por Mendoza y San Luis. Algo que estaba fuera de programa, pero decidimos improvisar. Igual la pasamos bárbaro y los chicos volvieron a las canciones y el fuego era tiempo pasado.

Al volver a casa nos topamos con Don Francisco el chusma de la cuadra. “¿Qué tal el viaje por el sur?”, nos dijo con una sonrisa socarrona ante el conocimiento de lo sucedido con el incendio forestal. “De diez. Un infierno”, le respondí y me dispuse a entrar el Colorado al garaje.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación o publicidad de ningún tipo.

Saturday, December 20, 2014

El accidente que no fue

Marcos tiene a Los García que lo protegen cada vez que sale a pasear, o a un encuentro de autos, en su Ford Falcon rojo 1965, pero quién protegió a mi amigo Valentín en su viaje al sur del país. No lo sé, pero sí sé que algo o alguien, del más allá, lo cuidaron durante todo su periplo por la Patagonia, sino vean lo que le pasó.



En unas vacaciones de verano mi amigo Valentín y su hermano Carmelo se fueron en el Fiat 1500 modelo 1967 de su padre a visitar unos amigos que vivían en Bariloche. Llevaron a sus respectivas novias, ya que para aquella época todavía no se habían casado.

Sería a mediados de los setenta cuando partieron en ese viaje de vacaciones por el sur de Argentina. Todo un viaje para los que lo han realizado. Vuelven contando maravillas del paisaje. Esos lagos y esos caminos de ripio, que también son una aventura para los conductores.

Ahora hay muchos caminos asfaltados, pero hace más de cuarenta años atrás no era así. Había que andar con mucho cuidado. Mi amigo Valentín y su hermano tenían capacidad conductiva. Incluso Carmelo participó en algunas competiciones en alguna que otra categoría zonal en la provincia de Buenos Aires.

Ambos eran de andar fuerte cuando eran jóvenes, ahora prefieren tomarse las cosas con calma. Ya se sacaron el gusto por la velocidad cuando eran unos muchachos intrépidos al mando de sus bólidos. Cosas de la juventud que dicen los más viejos y se les pinta cierta melancolía en el rostro. Creo que recuerdan las picardías que solían cometer con sus muchachos de la barra, como se decía hace muchas décadas, cuando el punto de reunión era el bar de la esquina con su mostrador de estaño.

Pero Valentín y Carmelo no son tan viejos como para tener recuerdos de tan atrás en el tiempo. Son gente más joven que les tocó vivir otras épocas del siglo pasado, de donde venimos casi todos los que tenemos más de 15 años. A veces pienso que decir que nací en el siglo pasado tiene cierto olor a naftalina. Pero eso es solo una idea que da vueltas en mi cabeza de vez en vez.

Valentín, Carmelo y el Fiat 1500 partieron desde San Miguel, donde vivían, hacia la ciudad de Bariloche en la provincia de Río Negro, al sur de Argentina, en plena Patagonia. Un lugar que muchos han elegido como morada por los encantos naturales.

El viaje de ida fue normal lo mismo que la estadía en Bariloche. Al regreso es donde comenzaron los problemas que les traerían más de un dolor de cabeza. Valentín y Carmelo decidieron regresar a San Miguel luego de cenar en la casa de unos amigos que pasaron a saludar. Eran jóvenes como para tener problemas para viajar de noche.

Los saludos de rigor y a la ruta. Ruta de montaña, algo más que obvio en semejante geografía patagónica. Salieron a la ruta con el Fiat 1500 y comenzaron los inconvenientes. A poco de caminar por la ruta se encendió la luz roja de falta de presión de aceite en el motor. “¿Qué pasó?”, preguntó Valentín que iba al mando. “No sé”, le respondió Carmelo.

La luz seguía encendida y una estación de servicio en la ruta fue la solución. Al menos era un buen lugar para detener la marcha. Preguntaron en la estación de servicio por un mecánico, pero a las 11 de la noche es difícil conseguirlos en casi cualquier parte del planeta.

A esta altura debo contarles que Valentín y Carmelo son mecánicos y trabajan juntos desde hace más de treinta años en su propio taller. Así que no tenían problemas a la hora de meterle mano al Fiat 1500. El problema era encontrar un lugar apto para realizar la tarea.

Ese lugar estaba esperándolos en la misma estación de servicio a la vera de la ruta patagónica. Había una fosa donde poder bajar el cárter y averiguar por qué el motor se había quedado sin presión de aceite.

Ambos pusieron manos a la obra y comenzaron a desarmar el motor para ver qué cuernos le había pasado. Mientras sus novias esperaban a un lado. Una vez sin el cárter llegaron a la conclusión que todo estaba en orden. Ninguna avería se había hecho presente. Siguieron con el bulbo de presión de aceite. Tal vez la falla estaba ahí. Tampoco.

No había pérdida por ninguno lado. Pusieron nuevamente en marcha el Fiat 1500, luego de rearmarlo, y nuevamente la luz roja del tablero se manifestó en todo su esplendor. El desconcierto de los hermanos mecánicos era más que evidente. Ya habían perdido más de una hora en armar y desarmar. Aunque debo confesarles que los muchachos trabajaron rápido. No era cosa de pasar la noche tirados en una estación de servicio en medio de la inmensidad patagónica.

Carmelo se devanaba los sesos pensando dónde estaba el maldito problema que no los dejaba retornar a su hogar en San Miguel, a tantos kilómetros de distancia. Miraba el motor como buscando una señal que le dijera dónde estaba la avería. Una profunda investigación lo llevó hacia al distribuidor, luego de dejar de lado todo lo demás que seguía marcando de rojo el tablero.

El resto del motor funcionaba perfecto, como en el viaje de ida, sin fallas. Solo con las paradas habituales para cargar nafta y hacer pis, un dúo que suele acompañarnos cada vez que hacemos un largo viaje a cualquier parte del país.
El distribuidor estaba raro y eso le llamó la atención a Carmelo. Cuando lo toca nota que estaba más elevado que lo normal. Como si se hubiera desplazado hacia arriba. Efectivamente el eje del distribuidor estaba fuera de lugar. “Valentín, creo que encontré el problema”, dijo Carmelo a su hermano.

Aflojó el soporte del distribuidor y lo empujó hacia abajo para que engranara con la bomba de aceite. Ajustó el soporte de fijación y le dijo a Valentín que le diera arranque al Fiat 1500. La luz roja había desaparecido por completo del tablero y el motor nuevamente contaba con la presión necesaria de aceite para su lubricación.
Valentín, como les dije, tiene más de 30 años de trabajar de mecánico con su hermano y otros 10, más o menos, de ejercer el mismo oficio en otros empleos. Nunca a lo largo de su vida como mecánico le pasó algo similar con el distribuidor del motor de un Fiat 1500. El eje del distribuidor se corta, o el engranaje se desgasta, o se sale de punto, pero nunca, nunca se sube de su posición de trabajo.

Las gracias al empleado de la estación de servicio por el préstamo de la fosa y todos arriba para seguir la marcha en el retorno a casa. Todos contentos por haber solucionado el problema y poder continuar la marcha, luego de dos horas de trabajo, sin tener que volver a San Miguel detrás de una grúa. Todo muy lindo hasta que circulado unos kilómetros por la ruta patagónica, en esa noche, apareció un embotellamiento.

El tránsito se hizo más lento hasta que se detuvo totalmente la marcha. “¿Qué pasó?”, le preguntaron a las personas que se encontraban a la vera de la ruta. “Un alud sobre la ruta. Parece que arrastró un auto y hay muertos”, les respondieron a los hermanos mecánicos. Efectivamente un desprendimiento de una de las montañas volcó una gran masa de tierra sobre la ruta llevándose en su camino uno o dos autos que circulaban en ese preciso momento.

Momento que había ocurrido, más o menos, una hora y media antes que Valentín y Carmelo pasaran por el lugar a bordo del Fiat 1500 de su padre. Recuerdan el tiempo que los muchachos pasaron en la estación de servicio tratando de reparar la falla del motor. Y la falla que no era para nada habitual en los Fiat 1500. Saquen las conclusiones: algo o alguien impidió que los hermanos mecánicos estuvieran en la ruta en el preciso momento que un alud arrasaba con todo lo que encontraba a su paso. Incluso si era el Fiat 1500 en el que ellos iban.

Esto me lo contó Valentín hace muy poco tiempo rumbo a un encuentro de autos. Lo que Valentín jura y perjura que esa noche se salvó de morir junto a su hermano Carmelo en una ruta patagónica, cerca de la ciudad de Bariloche, producto de un alud en una montaña. ¿Habrán sido Los García?

Este relato está basado en hechos reales y como en las películas yanquis cambié los nombres de los protagonistas para resguardar sus identidades, ya que todos están vivitos y coleando.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación o publicidad de ningún tipo.

Saturday, October 11, 2014

Una camioneta llamada Mercedes

Era de segunda mano, esas que se armaron en el país, una cosa rara que solo se vendieron por acá. Hoy son buscadas por los coleccionistas de Europa por ser un vehículo que en su país de origen, Alemania, no existen. No sé si el señor Eduardo sabía todo esto, pero igualmente la compró: una camioneta Mercedes-Benz modelo 1971, o tal vez 1972.



Blanca como la nieve que estaba en muy buenas condiciones. La compra fue para su estancia, esa de cuyo nombre no me quiero acordar, como le pasaba al hidalgo de la península ibérica. El nombre de la estancia y la marca de yerra irían a parar a las puertas de la Mercedes, eso fue una mala idea que luego comprobaría in situ.

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos de la camioneta llamada Mercedes. Vayamos por parte como decía el célebre inglés, ese que por hobby se dedicaba a descuartizar personas, ¡la gente no sabe como entretenerse! Lo cierto es que la Mercedes estaba en buenas condiciones. Tuve la oportunidad de verla en un garaje de Buenos Aires, el cual mantendremos en el anonimato.

Mi padre supo acompañar al señor Eduardo en un viaje, previo a los acontecimientos que más tarde les narraré. En ese viaje iniciático, digo para la Mercedes, se adentraron por los caminos de la provincia de Córdoba buscando el norte, allí donde la lluvia no abunda, pero cuando cae ¡mamita mía!

Eso fue lo que pasó en el camino rumbo a la estancia del hermano del señor Eduardo. Comenzó a llover como si el pronóstico del tiempo lo hubiera escrito el mismísimo Noé. Claro que la Mercedes no era un arca y menos aún llevaba animales a bordo. Salvo los dos pasajeros…

La lluvia no se hizo esperar y luego de una parada técnica en la estación de servicio en la ruta reanudaron la marcha en búsqueda del campo. A esta altura del partido debo decirles que la Mercedes era diésel, porque fueron los únicos motores que equiparon a esas camionetas. Es fundamental conocer ese dato técnico para tener en cuenta en la parte que viene del relato.

Como dije es una zona en la que llueve poco, pero cuando lo hace ¡busquen los botes! Eso precisamente es lo que pasó en el camino hacia la estancia del hermano del señor Eduardo. Literalmente el camino era un río, pero el suelo era firme aunque de tierra.

Ahí comenzó a “nadar” la Mercedes primero un poco de agua, luego un poco más hasta llegar a la mitad de las puertas. Por último lo único que se veía de la trompa de la camioneta era la estrella del capot que parecía flotar en medio de la ruta anegada.

Mi padre miró para la caja de la Mercedes y lo único que vio fue agua y las cosas que llevaban flotaban graciosamente dentro. Por suerte las valijas estaban en la parte de atrás del asiento de la cabina. La Mercedes seguía en marcha como si se tratara de una lancha con las burbujas saliendo del caño de escape.

Más de una vez tuvieron que darle marchas atrás por alguna encajadura. Y nuevamente para adelante. Para atrás y para adelante. En el camino de tierra, perdón de agua, esa acción la tuvieron que repetir varias veces. De bajarse ni hablar, no se podía solo era seguir hacia la estancia y rogar que el agua bajara. Cosa que pasó y lentamente esa inmensa laguna, que era la ruta, se fue secando.

Cuando llegaron a la estancia la pregunta del millón era “¿cómo lo hicieron. Porque nosotros ni nos animamos con la F-100?”. Claro era la Mercedes la que había caminado bajo, o sobre, el agua de la ruta. A la vuelta el tiempo estuvo seco y que de ida era una laguna ahora era una ruta de tierra. Así es el tiempo por esos parajes cordobeses.

Una vez retornados a Buenos Aires se procedió a pintar el nombre de la estancia y la marca de yerra en las puertas de la Mercedes, como para que todos supieran de dónde venía aquella camioneta blanca. Pero fue una mala idea que en un viaje de vacaciones se haría muy manifiesto.

El señor Eduardo, vaya a saber en que sueño o borrachera, se le ocurrió que podría llevar a su esposa y sus dos hijos de vacaciones en casa rodante tirada por la Mercedes. El destino: las cataratas del Iguazú. Nada menos que un viaje de unos 3.500 a 4.000 kilómetros.

No es algo que no han hecho otras familias, pero una burguesa acomodada dueña de una estancia era como bajar a la plebe para ver cómo vivían. Pero lo hicieron. Alquilaron una casa rodante por un mes o más, no recuerdo ese dato con exactitud, colocaron el gancho para poderla remolcar en las vacaciones y partieron.

No hay partida sin dolor, pero ellos iban alegres. La alegría se iría transformando con los kilómetros y las provincias dejadas detrás. No es nada fácil para una familia acomodada vivir casi un mes en una casa rodante para cuatro personas. Aquellos que alguna vez lo hicieron saben a que me refiero.

El contacto físico es como en el rugby, intenso y puede llegar a ser doloroso. O pero aún si le sacamos la letra “d”… Porque ese fue lo que pasó cada vez que el señor Eduardo necesitaba de los servicios esenciales del baño. Esos servicios sanitarios que no se pueden eludir por más que hagamos fuerza… perdón no era esa la palabra. Por más que nos esforcemos… peor. No por más que pongamos empeño, ¡eso sí!

Empeño tuvo que poner el resto de la familia ante la concurrencia al baño del señor Eduardo para desalojar por completo la casa rodante y retornar luego de pasada la baranda, que no voy a describir por buen gusto y apego a las tradiciones de la mejor estirpe.

Casa chica, problemas grandes. Recuerdan que les dije lo del contacto físico, esto era parte de esas acciones. Pero como estaban de vacaciones diferentes todo se toleró y la meta era llegar a las cataratas para contemplar su espectáculo. Por suerte no les tocó sequía como alguno que conozco, que luego de ahorrar por años, para pagar el viaje, cuando llegó solo había un hilo de agua.

La Mercedes se portó de maravillas, si lo había hecho bajo el agua en Córdoba, como no se iba a portar bien en la Mesopotamia. La humedad le sentaba bien. Porque si quieren humedad vayan a Misiones. Tanta era la que había que la cámara réflex constantemente tenía la lente empañada. Vi fotos como tomadas en nebulosa, o con un filtro, por esa humedad que hay en el medio ambiente.

El único problema grave lo tuvieron con las inscripciones en las puertas de la Mercedes. En todos lados les preguntaban dónde quedaba la estancia y si eran los dueños y demás. Era como si le hubieran pintado un cartel que dijera “miren aquí estoy”. El señor Eduardo se arrepintió más de la cuenta por haber pintado el nombre de la estancia en las puertas de la camioneta blanca. Ni hablar de su esposa que se lo recriminó en otros términos y con epítetos que no mencionaré por el uso de las buenas costumbres.

Pero todo tiene su lado bueno. La familia tuvo un contacto del tercer tipo con la naturaleza, la gente preguntona, la casa rodante y la vida familiar estrecha, todo conducido por nuestra Mercedes testigo muda de toda estas vacaciones en Misiones y sus aledaños.

Si el señor Eduardo tenía la fantasía de cumplir un viaje en casa rodante, lo logró, pero no entusiasmó al resto de su familia. Para muestra basta y sobra un botón. Debut y despedida. Menos mal que no compró la casa rodante, porque se la tendría que haber metido en el… justamente de donde salían aquellos efluvios nocivos que obligaban al resto de la familia a abandonarla cada vez que él concurría al baño.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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