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Saturday, May 9, 2015

Autos en la calle

Ahí estaba sentado frente al teclado de la computadora con la pantalla en blanco del procesador de texto. Lo único animado era el cursor que titilaba como diciéndome, "dale pibe, cuándo empezas a escribir". Se habla del síndrome del papel en blanco cuando la creación no toca nuestras mentes. Hoy tenemos que hablar del síndrome del archivo vacío. Vacía estaba mi cabeza de historias, esas que aparecen domingo por vez.



La verdad que no sabía que escribir. "Tiene que ser algo más o menos bueno. Para no defraudar a los lectores", pensaba mientras veía titilar el cursor en la blanca pantalla. Estaba en esos pensamientos cuando por el rabillo del ojo veo pasar un Mehari rojo seguido por un Ford Falcon a toda velocidad desde mi ventana que da a la calle.

"Qué raro", pensé. Pero seguí encerrado en mis pensamientos. Que fueron interrumpidos por el estrépito de una potente bocina de aire. Un verdadero estruendo en la tranquila mañana de mi barrio. "¿Quién será el energúmeno que toca de esa forma la bocina?", me pregunté cuando un instante más tarde pasó por mi ventana un 1114 desbocado en una loca carrera seguido por un patrullero de más de 40 años.

"¡No puede ser!", exclamé y busqué las llaves de la puerta de calle. Una vez en la calle llegué a ver la cola de un 504 celeste que se alejaba. "No puede ser", me repetía. Don Mario mi vecino de enfrente estaba en la vereda y me hacía señas para que cruce. Don Mario es un hombre mayor que tiene tiempo para conocer todos los movimientos del barrio, de día y de noche. No puede conciliar bien el sueño así que suele andar desvelado por las noches.

"Anoche vi al 600 que se prendió fuego y llamé a los bomberos", me dijo. "¿Qué 600?", le pregunté con voz temblorosa, temía la respuesta de Don Mario. "Está a la vuelta de la esquina. No quedó nada. Ardió como Juana de Arco", me respondió. No le quise decir a Don Mario que parece que Juana de Arco no murió en la hoguera, pero no era hora, ni momento. "Lo vi desde mi cuarto y llamé a los bomberos. Pero llegaron tarde y no hubo nada que hacer", me relató los sucesos.

Estaba en la cama leyendo cuando algo naranja le llamó la atención. Era la Bolita que ardía como una fogata de San Juan y San Pedro. No podía creer que la Bolita estuviera a la vuelta de la cuadra de mi casa. Así que caminé la media cuadra y al llegar a la esquina, a mi derecha, efectivamente estaba la Bolita incendiada. En eso pasó nuevamente el Mehari rojo con un Ford Falcon detrás a toda velocidad.

Del otro lado venía el 504 celeste esta vez vi a la colorada y puede constatar que tenía ojos verdes. Algo estaba pasando y no sabía qué. Volví donde estaba Don Mario y este me preguntó, "¿sigue el 600 ahí?", le asentí con la cabeza ya no tenía fuerzas para hablar. Cuando detrás de mí pasó un Valiant azul con tres muchachos en su interior. "Es la quinta vez que pasan esta mañana", me dijo Don Mario. 

"¿El Valiant?", le pregunté. A lo que mi vecino me contestó que sí. "No sé que buscan", me dijo Don Mario. "El río", le respondí en forma automática. Don Mario me miró como si estuviera loco. Estábamos, en el barrio, muy lejos de cualquier cauce de agua. Al darme vuelta veo pasar una Cross Country cargada de personas que iban cantando no sé que. "No puede ser", me dije nuevamente. Me puse a caminar por el barrio para ver qué pasaba en otras cuadras.

Al dar vuelta en la esquina de mi casa para la izquierda veo pasar un colectivo de la línea 105. Ahí terminé de confirmar todas mis sospechas. Los relatos se habían vuelto realidad. Por algún extraño fenómeno estaban corporizándose, materializándose, ficciones que habían salido de mi cabeza y que había dado forma en el teclado de una computadora. Ni siquiera habían estado escritas en papel, solo eran entes digitales.

Como si de repente los autos y personajes creados en una computadora en mi casa se hubieran escapado para tomar vida. Pero de mi computadora no habían salido. A esta altura de los acontecimientos me tranquilizó la idea que todo fuera un sueño y que en breve me despertaría. Pellizcarme me pareció poco, o muy visto, le encajé una soberana patada al árbol que tenía enfrente de mí. ¡La puta como duele! No estaba dormido. Ahora dormidos tenía los dedos de los pies por el patadón al árbol.

Seguro que iba a renguear todo el día. Doña María, otra vieja vecina, pasó a mi lado y me dijo, "¿qué le pasó?". Le dije que había tropezado con la raíz de un árbol. No le iba a contar la verdad para que me creyera loco, como Don Mario. "¿Vio ese 105? ¿Qué raro que pase por acá? ¿No?, me dijo Doña María. Me lo dijo con un tono y una mirada como si sospechara que era el culpable de todo lo que parecía estar pasando en el barrio.

El Mehari rojo seguía su loca carrera con el Falcon detrás. Por cuarta o quinta vez vi pasar al 504 y a la colorada. Ni hablar del 1114 con la bocina estruendosa y lleno de pasajeros. Todos, absolutamente todos, los autos de la calle estaban desquiciados. Y no sabía cómo habían llegado ahí, ni porqué. Caminé hasta la plaza del barrio en búsqueda de paz, verde y pajaritos. Pero los autos estaban por todas partes y alrededor de la plaza. Igualmente en adentré en la plaza y me senté a respirar un poco de aire más oxigenado. Mis neuronas lo pedían a gritos.

Estando sentado es cuando me acordé de la película "La Rosa Púrpura del Cairo" donde los personajes escapa de la pantalla en los cines donde se proyectaba la película. Ahí estaba el inicio de todo este entuerto. Los autos y los personajes se habían fugado de las miles de pantallas que leen los relatos publicados en Internet. Y la red es lo suficiente extensa para que esto pueda reproducirse en cualquier lugar. Eso me estremeció un poco. "¿Estará pasando lo mismo en otras partes?", me interrogué a mi mismo.

Salí disparado para la casa de artículos para el hogar que suele tener un LCD gigante en la vidriera sintonizado en un canal de noticias, todas malas por cierto. Llegué corriendo y sin aliento. Nada, todo normal. Un embotellamiento en tal lado, un choque en tal otro y un corte en aquel puente. El quilombo de tránsito de todas las mañanas. Pero nadie hablaba, o mostraba, que autos del pasado estuvieran correteando por ahí.

Era evidente que el problema estaba circunscripto al barrio donde vivo. Menos mal que mis vecinos no saben que escribo estos relatos. Pero Doña María algo sospechaba. Tal vez es una seguidora con un nic o un seudónimo. Como Fierra Gómez. No estoy pensando bien. Esto de los autos dando vueltas enderedor mío me está enloqueciendo.

Debo encontrarle una solución rápida o más autos y personajes se van a escapar de algún otro monitor. De vuelta a casa me crucé con un 3 CV verde con una gorda adentro. Espero que la puedan sacar del asiento, pensé con una sonrisa dibujada en los labios. El primer rasgo de humor en esta loca mañana. Un Torino rojo pasó volando con los vidrios bajos y la radio a todo volumen. "Allá va otro", pensé y seguí rumbo a mi casa. No quise levantar la cabeza de la vereda. Era levantar la vista para ver pasar un personaje o un auto de uno de los relatos ya escritos y publicados.

Una verdadera pesadilla que no le encontraba la forma de solucionarla. Y no era un sueño. El pie me dolía como el demonio. "Cuando llegue a casa me pongo una bolsa de hielo. Esa que tengo en el congelador que sirve para cuando me hoy de camping", me dije a mi mismo con un ligero rengueo. Otra vez el 1114 con la bocina a todo lo que da. Creo que es el más molesto de todos. Porque la verdad que el 504 con la colorada no me molesta que pase a cada rato. Más si la colorada me quiere dar un beso en la mejilla.

Pero eso no iba a suceder porque no está escrito. Al menos yo no lo escribí de esa forma. Seguía sin saber cómo iba a terminar esta historia. Tiene que tener un final porque si no, el final, lo tendré yo. Pero cómo lo finalizo. Eso pensaba cuando el dolor del pie me lo permitía. "¿Por qué se me habrá ocurrido patear el árbol?", pensaba mientras acortaba la distancia desde la plaza a mi casa.

Llegué a la puerta de mi casa. Entré y fui en busca del hielo en el congelador. Lo saqué y luego de quitarme la zapatilla me puse el hielo sobre la medida para que no fuera tan directo. Mientras esperaba que pasaran los quince minutos de la sección congelativa, pensaba cómo resolver este entuerto. Entuerto que ni siquiera había armado. ¿O sí? Al crear todas esas historias estas se creyeron reales y se materializaron.

El dolor menguaba y las neuronas comenzaban a preocuparse de otros menesteres. "¿Y si escribo un relato donde logre juntar a todos los personajes y los lleve a un lugar? ¿Eso no los devolverá dentro de las miles de computadoras de donde salieron?", pensaba. Tal vez podría funcionar, o no. Total no tenía ninguna idea para el relato del próximo domingo. Eso al menos sería una buena historia. Mezcla de ficción con realidad con algo sobrenatural, o sobredigital, para ser más precisos.

Me puse nuevamente la zapatilla, no sin antes putearme un poco por haber pateado el árbol de la vereda. Me encaminé hacia la computadora. Al sentarme frente al monitor veo que hay un texto escrito en el procesador. "¿Quién escribió esto?", dije en voz alta. No podía creer lo que veía en la pantalla del monitor. Estaba leyendo, lo que ustedes, están leyendo en este preciso momento. Estas líneas que hablan de autos en la calle. La pregunta que me hago es: "¿quién las escribió? Si yo no fui porque estaba en la calle viendo pasar los autos.

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Han pasado unos días del extraño suceso. Mis vecinos, casi, lo han olvidado. Espero que no lean estas líneas publicadas en alguna parte. En general son personas mayores que no usan la computadora. Don Mario me dijo que el 600 ya no está más quemado a la vuelta de la esquina y que los demás autos no pasaron más.

Otros vecinos, como Doña María, no me miran con recelo. Doña María parece que se olvidó de todo, creo que no es una seguidora de la página, y está preocupada por el frío que se vino de golpe en este otoño. Yo no puedo olvidar lo que pasó esa mañana. Los autos en la calle y por culpa mía. ¿Quién escribió este relato? Buena pregunta, que no sé si algún día lo sabré, como otras tantas que nos pasaron. Pero quién sabe si en un próximo relato dominguero todo este entuerto se resuelve, o no.

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace:  http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html 

Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación de ningún tipo.

Saturday, April 11, 2015

Un día como todos

Mi vida tenía una rutina que se repetía con una cadencia pasmosa. Todos los días era lo mismo. Despertarme, vestirme, desayunar y salir para el trabajo. El baño lo realizaba en la noche así que tenía una tarea menos durante la mañana. Pero era siempre lo mismo de lunes a viernes, por suerte para mí el sábado no trabajaba. Claro empezaba la rutina del fin de semana. Que ir al club, visitar amigos y el almuerzo dominical en casa de mis padres. Siempre lo mismo hasta que sucedió lo que ahora trataré de contarles. Espero estar a la altura de los hechos.



Por aquellos años tenía un buen trabajo que me permitió comprarme un Peugeot 504 cero kilómetro. Era la envidia de todo el barrio. De un hermoso color celeste metalizado. El que quiere celeste que le cueste, decía mi abuelita. Y vaya si me costó ese 504. No solo me costó sino que me llevó por caminos que nunca imaginé que transitaría.

Todas las mañanas me subía a mi querido, y envidiado, Peugeot y partía para mi trabajo. No estaba muy lejos pero iba en el auto porque mi trabajo era de corretaje y usaba el 504 para visitar los clientes. Ese trabajo además pagaba la mantención del auto. No solo me pagaban un viático sino que se hacían cargo de las reparaciones. Cosas del pasado glorioso y las abultadas ventas de la empresa.

¿Qué vendían se preguntarán? Y la respuesta es vino de mesa. Sí, vino de mesa. Eran años que en las mesas de casi todas las casas había una botella de vino de litro junto al inefable sifón, para asustar al vino, como decía el General. La soda y el vino eran dos compañeros de los almuerzos y cenas de mis clientes. Es decir los clientes de la empresa. Mi tarea no era venderles vino a los consumidores, sino que trabajaba con bocas de expendio y repartidores a domicilio. Eran épocas donde no solo llegaban el lechero y el sodero a las casas de los clientes, sino que pasaba una vez por semana, o más dependiendo de los usos y costumbres, el vinero.

Así que mi 504 tenía muchos litros de alcohol en su haber, sino no lo hubiera podido comprar. Por eso me podía dar el lujo de subirme a mi auto en la puerta de mi casa y marchar hacia mi sustento diario. La empresa tenía una generosa playa de estacionamiento para, nosotros, los vendedores de vino, que todos teníamos autos propios y que la empresa bodeguera se hacía cargo de los gastos.

Eran años donde el tren traía el vino desde Mendoza y se lo embotellaba en las cercanías del Albergue Warnes. Años idos de trenes funcionando a pleno y de una industria vitivinícola que no conocía de cepas o vinos Premium. Era el de mesa o fino y se acabó. Pero las cosas cambian y los noventa nos harían especialistas en vinos. Que esta cepa no, que aquella me gusta más y que se yo cuantas otras cosas.

Una vez que llegaba a la oficina me daban los clientes que tenía que visitar y salía para mi recorrido diario. Esa era la parte algo diferente del día, no todos los días rumbeaba para el mismo lugar, aunque siempre me tocaban los mismos partidos del Gran Buenos Aires. Algunos clientes hasta me daban de almorzar si caía justo a la hora del morfi. Más de una vez comí asado gratis. Todo lo pagaba el vino que vendía.

Era recorrer y vender. Traer las listas de los pedidos, a la oficina, para que las chicas, las empleadas administrativas, fueran las encargadas de armar los pedidos que más tarde saldrían a repartir los camiones y las camionetas que tenía la empresa. Así que a la tardecita volvía a la playa de estacionamiento junto con mi 504. Todos los días lo mismo por varios años.

Pero ese día algo sucedió y no fue ni rutinario, ni normal. Un cambio para la organización semanal que padecía. Como siempre una vez que tuve el listado con los clientes a visitar, saludé a las chicas, con “hasta la tarde” y me dirigí al 504. Subí, como cada mañana, le di arranque y encendí la radio. Mi eterno copiloto en todos esos años que trabajé en la bodega.

Escuchaba el “Fontana Show” algo novedoso en radio por aquellos años. Me hacía compañía mientras manejaba. Después solía escuchar tangos o jazz. Algo que me mantuviera despierto y acompañado. Así estaba cuando sucedió aquello que me cuesta recordar. Han pasado algunos años y me he ido olvidando de algunos detalles, pero no afectan al resto de la historia.

Ese barrio que me tocó aquel viernes era nuevo. Un nuevo cliente al que no conocía y que se estaba incorporando a mi lista compradores de vino de mesa. Iba buscando las calles, eran épocas donde nuestro GPS era la vieja y querida Guía Filcar. Era mirar la calle y mirar de reojo el plano de la guía en el asiento del acompañante. No te podías distraer mucho porque le podías pegar a cualquier auto o peor llevarte puesto un peatón.

En eso estaba cuando apareció el cartelito salvador indicándome que tenía que doblar justo en la esquina para la izquierda. Esa calle me sacaría de ese barrio hacia un lugar más apartado por un camino más desolado. El nuevo cliente quedaba al fondo de las casas de esa localidad, que prefiero no mencionar por los malos recuerdos.

En ese momento por la radio sonaba el tango “Yira-yira” le seguí la letra, que la sabía de memoria, y hasta algún silbido se me escapó por lo bajo. La verdad que el camino hacia mi nuevo cliente se puso desolado en serio. Ni una casa por los alrededores. Solo campo, pero tampoco estaba en medio de la nada. Eran terrenos que por aquellos años estaban baldíos. Ahora son lujosos barrios privados.

Delante de mí el camino hacía una curva de 90º hacia la derecha, con lo cual no tenía visión de lo que me encontraría al salir de la curva. Bajé la velocidad, igual no venía a más de 60 kilómetros por hora, el camino estaba bastante poceado para circular más rápido. Al salir de la curva era de noche. Claro debo decirles que antes de la curva eran las 12 del mediodía y al doblar era de noche cerrada.

No podía creer lo que veía. Por el parabrisas noche cerrada y por el espejo retrovisor el sol del mediodía. “Estoy soñando”, pensé y me encajé una linda cachetada que me dolió como la puta madre. No estaba soñado y en la radio el locutor anunciaba que el tango era “Yira-yira”. Acto seguido presentó el panorama informativo del mediodía.

No podía dar crédito a lo que mis ojos veían por delante: noche cerrada que me obligó a encender los faros del 504. En mi mente una pregunta resonaba: “¿qué hago?”. Todavía hasta el día de hoy no se porque puse primera y avancé. Debería haber hecho lo contrario y salir marcha atrás como si nada hubiera pasado. Pero había pasado y quería saber que era lo que estaba sucediendo. Seguro que ustedes habrán escuchado el refrán: “la curiosidad mató al gato”. Estaba a punto de pasarme.

Pero claro no me mató sino estas líneas las estaría escribiendo desde la computadora de San Pedro, ese señor que tiene las llaves de esa puerta grande, que en estos tiempos que corren tiene de portero a un tal Sueiro. Bromas aparte pensé que la noche no traería nada bueno, al menos esa vez. Pero algo dentro de mí necesitaba conocer que diablos pasaba.

Lo primero fue ponerle los seguros a las puertas. No había cierre centralizado en aquellos años. Había que subir, en el caso del Peugeot, los seguros de las puertas. Lo hice como para darme algo de tranquilidad que no sería nada comparada con la que iba a necesitar de ahora en más.

Comencé a avanzar lentamente como esperando la aparición de un fantasma, un monstruo o el mismísimo demonio. Está de más de decir que nada de eso ocurrió. Mi camino por aquella desolada ruta-camino fue normal. Algún perro suelto olfateando algo y nada más. Una noche serena de otoño. Eso era lo que creía.

Seguí mi camino en busca del nuevo cliente que a esta altura del partido poco importaba llegar temprano, porque ya era de noche. Mi reloj seguía marcando las 12, pero la radio enmudeció de golpe y solo se escuchaba estática. La señal de la radio murió y seguí mi camino despacio pero firme dentro de las circunstancias.

El camino parecía no tener fin y las casas eran muy pocas las que podía ver. A lo lejos divisé una luz azulada. Pensé que era otro auto que venía de frente pero no sería así. Era otra cosa completamente diferente. La luz azul se hizo más intensa hasta que se detuvo, pero yo seguía mi camino y tarde o temprano me enfrentaría a esa luz, fuera lo que fuera.

Y qué fue. Eso es algo que me costó muchos años desentrañar. Todavía suelo despertarme en la noche con esa luz azul en el camino, que no es un programa de radio para camioneros. Nada que ver. Esa luz azul era una especie de nave que flotaba a casi un metro del suelo. Sí, señores como un pequeño plato volador. No había tomado el vino que vendía. Quiero aclararles que soy abstemio, el mejor empleado que una bodega puede tener, seguro que no se chupa lo que vende.

Ahí estaba esa especie de nave flotando en el aire. Por un momento me hizo acordar a los dibujos animados “Los Supersónicos”. Todavía estaba tratando de recuperarme del impacto de ver “eso” flotando cuando salió una persona de adentro y bajó al suelo. Estaba paralizado dentro de mi auto. Ese humano se encaminó hacia el 504. No podía hacer nada del cagazo que tenía.

Lentamente la persona se acercó hasta la ventanilla de mi auto y me hizo señas para que bajara la ventanilla. Mientras se abría el casco que le cubría la cara. Otra sorpresa más. No era él, era ella. Pelirroja y llena de rulos y con unos enormes ojos verdes que dulcemente me preguntaron: “¿Qué carajos haces acá?”. Sabía que todo no podía salir bien era demasiado bueno para ser realidad.

Que esa fémina me trata con el léxico de un camionero me sacó del sopor. Y tartamudeando le expliqué cómo había llegado hasta donde me encontró y trató con esa cortesía que parecía emanar de su ser. Comenzó a decirme una serie de cosas que no lograba entender. Pero una palabra me devolvió un rapto de cordura. Esa palabra fue “portal”. “Pará, ¿qué dijiste?”, le pregunté a la pelirroja.

Como no entendía que era lo que le preguntaba le dije que había dicho “portal”. “Claro. El que atravesaste. No deberías estar en este lugar. Ni siquiera me tendrías que haber visto”, dijo la pelirroja un tanto enojada. Lo cual le quedaba perfecto. Salvo que podía putear como un camionero del Dock.
Sin muchas más explicaciones me dijo que no podía quedarme en ese lugar. “Perfecto. ¿Cómo hago para volver a mi recorrido que tenía antes de atravesar ‘eso’?”, le pregunté con cierto fastidio. “Ahora no se puede. Tendrás que esperar una semana. Hasta que se vuelvan a dar las condiciones”, me dijo muy seria.

“Ahora me seguís que te voy a llevar a un lugar seguro”, me ordenó. Así fue como el 504 y yo seguimos a una nave que flotaba hasta lo que parecía ser una base de operaciones de tipo militar. La cara de los tipos que estaban ahí cuando llegué con el 504. No los podía sacar de encima del auto. Preguntaban de todo. “Es un Peugeot 504 modelo 1971 de lujo de color celeste metalizado con un motor de ciclo Otto de cuatro cilindros en línea con una cilindrada menor a los dos litros”, escupió la pelirroja para mi total asombro.

Se dio vuelta y me miró desafiante y dijo, “¿No es cierto”? “Cada palabra”, le dije. Un aire triunfante se dibujó en su cara y dejó a todos sus compañeros con la boca abierta. “Seguime”, me volvió a ordenar. Le dice caso, era de temer la pelirroja. Aunque debo reconocer que su retaguardia estaba muy bien, al igual que su delantera. Pero no eran momentos de piropos, estaba en territorio hostil.

Me llevó a una oficina donde todo lo que podía reconocer estaba suspendido del suelo. Parecía como si la ley de gravedad no se cumpliera en ese lugar. “Ponete cómodo que ahora te traigo un café”, dijo y se perdió en una de las puertas. Las primeras palabras amables de la colorada. Trajo el café, que entre paréntesis estaba exquisito.

Se sentó delante de mí y con sus enormes ojos verdes y sus rulos saltarines me puso al tanto de mi situación. Al cruzar del mediodía a la noche había atravesado un portal del tiempo. Ahora estaba en el año 2473, es decir tan solo había saltado 500 años. Me quise morir. ¡Qué iba a decir mi jefe cuando no llegara al laburo a la tarde!

Ella era la encargada de custodiar ese portal del tiempo que les estaba dando problemas y no era el primer visitante inesperado del pasado. Su principal pasatiempo era conocer los viejos vehículos que se habían utilizado en la antigüedad, por eso que conocía tan bien al 504. No solo de ese auto sabía, conocía todos los autos de mi época presente, claro que ahora eran del pasado remoto.

Su nombre era Alba y ella se encargaría de devolverme a mi tiempo real. Mientras tanto me haría conocer algo del futuro, no mucho para no alterar mi tiempo. Pero las cosas nunca salen como uno espera y esa semana en el futuro cambiaría para siempre nuestras vidas.

Alba no era para nada dura. Esa noche que nos topamos, más que nos conocimos, estaba muy presionada por sus superiores. Ese portal del tiempo les estaba trayendo muchos problemas y había que resolverlo pronto. Durante la semana me mostró algunos avances que eran incomprensibles para mí y que nunca vería por más que viviera 100 años.

Pero lo que sí que entre nosotros se formó un fuerte vínculo. No precisamente amor, como un enamoramiento. Sino que Alba quería conocer el pasado, es decir mi presente. Hablamos mucho de costumbres, comidas, cultura y autos. Sobre todo de autos. Alba era una apasionada por los autos viejos. Ahora le dicen clásicos, pero cuando yo era joven eran cero kilómetro.

La semana pasó rápido y después de todo no la pasé nada mal, menos en compañía de Alba. Una hermosa mujer que muchos, en mi presente, darían lo que no tienen por conocer. Una noche justo a la semana que sucedió mi pasaje al futuro volvimos al mismo lugar para que pudiera regresar a mi tiempo. La despedida fue con abrazos y llantos de parte de Alba, parece que terminé de caerle bien pese al encuentro accidentado una semana antes.

Me subí al 504 y marché por el mismo lugar que vine. Alba se quedó en medio del camino agitando su mano. Era una lástima no la volvería a ver nunca. ¡Con lo que me gustan las pelirrojas! Pero debía regresar a mi tiempo y ella a seguir con su tarea de cuidar ese portal del tiempo. Nuevamente de este lado la noche y del otro, sin más trámite, las 12 del mediodía.

¿Quién me va a creer esta historia? Pensaba mientras trataba de encontrar ese maldito nuevo cliente, aunque ya había pasado una semana y seguro que me habían despedido del laburo. Pero las sorpresas nunca se acaban, como la cosecha de las mujeres, en especial las pelirrojas. Volví al mismo lugar de donde había partido y lo que me lo confirmó fue la radio que nuevamente anunciaba el panorama informativo luego del tango “Yira-yira”.

No lo podía creer había estado una semana en el futuro, y había sido una semana porque me había afeitado y el pelo me había crecido, pero para mi presente no había pasado ni un minuto. Muchos años pensé en contar lo que me había sucedido, pero nunca me animé para que no me tomaran por loco. Cómo habría explicado lo del portal del tiempo y de naves, o autos, que flotan en el aire y demás adelantos tecnológicos de 500 años para adelante en el tiempo.

Volví a mi rutina diaria y por mucho tiempo no pensé en nada más que mi trabajo. Pero vieron como es la vida, nos lleva por caminos que no elegimos, ni siquiera pensamos en transitar. Seguí mi vida y cada tanto me acordaba de Alba de sus rulos saltarines y esos enormes y bellos ojos verdes. Eso era el mejor recuerdo que podía albergar en mi mente y solo para mí.

Un día como todos estando en la cola del banco escucho una voz, que me resultó conocida. “¿Todavía tenes el 504?”, dijo esa voz de mujer a mis espaldas. Habían pasado más de 40 años y el 504 todavía estaba conmigo. Al darme vuelta para ver quién me preguntaba me topé con unos ojos verdes y unos rulos saltarines.

Si, era Alba. “¿Qué carajos haces acá?”, le dije. “Así no se trata a una dama”, me respondió. “Bueno vos me trataste así la primera vez que nos vimos”, le dije. “Estaba muy presionada”, me contestó Alba. “Nunca te olvidé”, me dijo con esos ojos verdes que eran un remanso en medio del banco. “Yo tampoco”, le dije. Al verla bien noté que estaba con ropa del presente. Así que deduje que no había llegado de improviso o había conseguido la ropa en el futuro.

Efectivamente la ropa la había tomado “prestada” de un museo de su presente allá 500 años más adelante. “Vine a verte”, me dijo con una sonrisa que hubiera derretido el témpano con el que chocó el Titanic. Yo también me derretí por dentro y la invité a tomar un café en el bar de la esquina. “Y tu trámite en el banco”, me dijo Alba. “Puede esperar, no 500 años, pero puede esperar”, le respondí.

Alba se había quedado enganchada con mi visita al futuro y no había podido olvidarme. Tanto que violó algunas leyes para poder llegar hasta mi presente. Lo tenían prohibido en su rango. Otros si nos visitaban pero de incógnitos sin nunca darse a conocer. Eran los que mejor conocían el pasado y venían a estudiarlo. Para eso se aprovechaban de los portales del tiempo. En su presente había logrado ubicar a esos portales y podían conocer de antemano cuando se abrirían, incluso a que hora.

“Yo ya soy un viejo”, le dije a Alba. “Y eso que importa”, me respondió. Alba parecía ser la misma joven mujer que había conocido en aquella noche de 1973. “El tiempo pasa diferente de donde vengo. Además vivimos muchos años más que en este tiempo”, me respondió. “Soy más vieja que vos, aunque no lo parezca”, me dijo Alba. Estaba por cumplir los 90 y parecía una mujer de 30.

Cada vez entendía menos. “No solo volví para verte”, me dijo Alba. “Vine también para que me enseñes a manejar el 504”, me soltó. Me puse a reír. “¿Qué te causa gracia?”, me preguntó. Entonces le dije que pase el tiempo que pase el encanto de manejar un clásico nunca desaparece. Se rió conmigo y esa mañana de otoño se iluminó para siempre.

Ahora una vez por semana Alba se escapa de su tiempo y viene al mío para que le enseñe a manejar el Yeyo. Así que si ven a un viejo al lado de una pelirroja despampanante en un Peugeot 504 celeste metalizado no digan nada. Saluden si quieren. Somos Alba y yo en el Yeyo con las clases de manejo del presente para alguien que vive en el futuro. Simplemente un día como todos o al menos eso aparenta.

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace: http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html


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Saturday, March 28, 2015

Calle sin salida

Mi abuelito siempre me decía “nene, no apuestes. Yo sé porque te lo digo”. Él fue un jugador empedernido que lo perdió todo por apostar el dinero que no tenía a los caballos. Por eso era su advertencia ante mi marcada inclinación, desde muy chico a apostar a todo lo que fuera. Primero fue en la escuela primaria, a las figuritas. A veces ganaba y mucho, pero otras perdía más de lo que había ganado.



Pero con el correr de los años logré perfeccionar mis apuestas a todo lo que se me pusiera adelante. Apostaba a ver qué marca de auto pasaba. Lo hacíamos en el barrio donde me crié con calles empedradas y paso cansino de los vecinos. Barrio de tanos con camiseta blanca tomando fresco en la vereda con la silla al revés. Casi una pintura del dibujante Calé. Aquel que publicaba sus obras maestras en la vieja revista Patoruzú, la que venía en tamaño tabloide.

En ese barrio, casi de caricatura, apostaba con los vecinitos del barrio bolitas o figuritas, luego pasaría a dinero contante y sonante. Pero en la adolescencia el dinero fácil me ganaría el corazón. Malo, muy malo. Volviendo a esos años de barrio tranquilo y niñez plácida les tengo que contar que era imbatible. Ya nadie de las cercanías quería apostar conmigo porque les ganaba todo lo que podía.

Había desarrollado un sexto sentido para saber que pasaría antes que sucediera. “El te apuesto a que…” era una muletilla en mi persona. Mi abuelito, que solía estar sentado en una silla en la vereda, igual que el Tano Pascual, de enfrente, había notado mi clara tendencia a ser un jugador compulsivo. No hay nada que hacer lo que está en la doble hélice del ADN es imposible de doblegar. Al menos por ahora.

Mi vida siguió con estudios y carrera terciaria, pero las apuestas nunca me abandonaron. No me terminé de convertir en un jugador compulsivo, un ludópata, pero estaba así de cerca de serlo. De más grande las apuestas crecieron como mi edad. Muchas veces me vi en serias dificultades para afrontar una apuesta perdida. Pero siempre zafé. Ahora las cosas están un poco más complicadas. Si bien he desarrollado a pleno ese sexto sentido creo que estoy metido en un serio problema que me puede costar la vida.

Las vueltas de la vida me llevaron a conocer al Gordo Mario. Todo un personaje con contactos con la mafia local. De eso me enteraría mucho más tarde para mi desgracia. Pero como siempre digo “todo se sabe tarde o temprano”. Lo cierto que el Gordo Mario un día se apareció por el barrio con un Mehari rojo cero kilómetro. Se lo había ganado en una apuesta, en una picada de autos en la avenida López, la principal del barrio. Un pobre tipo no tuvo la mejor idea que apostar su nuevo Mehari a un auto que no iba a ganar nunca. Claro eso lo sabíamos los del barrio. Era una trampa que siempre usaba el Gordo Mario para ganar mucha, pero mucha guita.

Verlo todo rojo al Mehari me impactó. Fue amor a primera vista. A mis veinticinco años ver un cero kilómetro tan de cerca era emocionante. Además el Mehari era un auto ganador en ese momento. Aunque su hermano 3 CV fuera un utilitario. Pero eso de ser descapotable y con lugar de sobra para llevar a toda la barra de la esquina tenía su encanto. “¿Me llevas a dar una vuelta Gordo?”, fue mi súplica de cachorro con hambre. La lacónica respuesta del Gordo Mario fue un cuchillo en medio de mi pecho: “¡No!”. Eso me devolvió a la realidad de la vida del barrio. Sabía cómo era el Gordo Mario: una basura de persona.

El Mehari rojo no me dejó dormir en toda la noche. Se convirtió en una obsesión peor que mi compulsión a apostar a todo lo que fuera. Tan mal estaba que un día mi abuelito me dijo, “¿qué te pasa que hace días que no apostas a nada?”. Le conté lo del Mehari y la cara de mi abuelo lo dijo todo. No era para nada bueno mi interés por el auto ganado por el Gordo Mario. “No te conviene estar cerca de esa mierda”, fue la tajante sentencia de mi abuelito. Una vez más no escuché sus sabias palabras.

Buscaba por todos los medios que el Gordo Mario me dejara dar una vuelta en el Mehari rojo, aunque fuera de acompañante. El Gordo sabía de mi debilidad y me hacía cumplir con todo tipo de tareas. Se convirtió en una situación humillante la cual yo permití y todo por el Mehari rojo. Pero las cosas cambiarían de un día para otro.

El Gordo Mario también era un apostador compulsivo, pero tramposo, muy tramposo. Para eso contaba con cómplices que le ayudaban en la tarea como el Flaco Gonzalo que manejaba el auto de las picadas. A propósito perdían las picadas para quedarse con la guita de los incautos. Claro que en el barrio todos los pibes sabíamos como eran las cosas y nunca se nos ocurría apostar con ellos. Aunque solíamos ir los viernes a la noche a ver qué salames caían en la trampa. En parte éramos cómplices indirectos. Pero el Gordo Mario tenía a Jorge que era el encargado de “arreglar” las cosas que salían mal.

Ese “arreglo” incluía golpes, patadas, puñetazos y hasta exhibición de arma de fuego, pero no pasaban de ahí. Al menos hasta que apareció el Mehari rojo en la vida de todos nosotros en el barrio. Ese auto fue un dolor de cabeza para muchos de nosotros. Y sigue siéndolo aunque pasó mucho tiempo. Corrían los meses y no me podía sacar de la cabeza al Mehari. “Es solo un auto, pibe”, me decía una y otra vez el sabio de mi abuelito, pero seguía sin hacerle el menor de los casos.

El Mehari se convirtió en un berretín. Como dicen los tangueros. Pasó a ser una cuestión de honor sin tener nada que ver. En definitiva el auto no era mío y el Gordo Mario se lo había ganado en una apuesta. Una apuesta trucha, pero una apuesta al fin. Cuando logré entender eso comenzó a gestarse dentro de mí un plan que sería el que me trajo todos los demás problemas. Se me metió en la cabeza que el Mehari sería mío. Que se lo ganaría al Gordo Mario en una apuesta. Una locura conociendo de antemano cómo operaba él. Pero el refrán dice “el que le roba a un ladrón, tiene cien años de perdón”. Lo que no entiendo que perdón buscaba sino no iba a robar nada.

Mi idea peregrina era usar mi sexto sentido para realizar una apuesta que obligara al Gordo Mario a darme legalmente el Mehari rojo. Pero cómo cuernos iba a lograr convencer al Gordo de apostar ese auto del cual él también se había enamorado. No lo dejaba un minuto solo. Si no lo manejaba él se lo dejaba en custodia a Jorge y sabemos claramente cómo “arreglaba” las cosas ese tipo. Mejor no meterse cuando Jorge estaba cerca del Mehari.

Pensé mucho tiempo cómo convencer al Gordo Mario a apostar el Mehari en algo que lo hiciera sentirse ganador de antemano. Quería que estuviera convencido que sería como robarle los caramelos a un pibe en la vereda. Meses estuve pensando la forma de convencerlo de esa apuesta gloriosa. En la que se me iría la vida, según la visión del Gordo Mario. Pero para mí sería ganarme en buena ley el Mehari rojo.

Un día de casualidad descubrí que pasaba por la calle empedrada, que vivía, un Messerschmitt de los años cincuenta que parecía escapado de una calesita. Conocía bien a ese modelo porque lo había visto en una vieja revista que conservaba mi abuelo. Lo que nunca había visto era uno en la calle y menos que pasara por la puerta de mi casa. Lo hacía casi al caer la tarde. Solo los días jueves. En el resto de la semana no pasaba. Tampoco sabía de dónde venía, ni a dónde iba. Esa iba a ser mi apuesta con el Gordo Mario.

Descabellada de cabo a rabo y como tal sería la excusa perfecta para que el Gordo me creyera rematadamente loco y perdedor de antemano. Pero había que montar la escena. Yo conocía la apuesta y mi triunfo de antemano. Así que había que hacer un trabajo fino con el Gordo Mario para hacerle el entre. Entre medio rogar para que el Messerschmitt azul no dejara de pasar los jueves a la tardecita con su clásico sonido de dos tiempos.

Comencé un viernes con la tarea psicológica del Gordo diciéndole que si no apostaría el Mehari. “¡Estás loco pibe! ¡No sabes lo que me costó!”, me dijo en una risotada. “Pero si se lo ganaste con la ayuda del Flaco Gonzalo”, dije viendo que la risa se transformaba en un rictus. “¿Quién te dijo eso?”, me preguntó casi en un grito. Le dije que todo el barrio lo sabe. Entonces como nervioso comenzó a mirar a derecha e izquierda. “Pero no tiene que salir del barrio”, me dijo. No se porque pero algo lo inquietó. Y ver al Gordo Mario asustado era más difícil que al Messerschmitt azul pasando por la puerta de mi casa.

Esta es la mía pensé. Le encontré un lado flaco al Gordo, digo sin metáfora alguna. Porque de flaco no tenía nada. Desde ese viernes las cosas con el Gordo Mario cambiaron. Me comenzó a tratar con respeto y hasta diría que con cierta deferencia. Temía que hablara por ahí de cómo había conseguido el Mehari rojo. Tardaría mucho tiempo en saber a quién le había “robado” el Mehari. Tarde, muy tarde.

Durante el fin de semana las cosas con el Gordo Mario mejoraban diría que hora tras hora. El domingo por la tarde, como siempre estábamos con mi abuelito sentados en la vereda cuando dobla por la esquina el Gordo con el Mehari y se para en la puerta de casa. “Hola. ¿No querés dar una vuelta?”, dijo desde el inclinado Mehari. No lo dudé y en un salto estaba al lado del Gordo tratando en vano de compensar la inclinación de la suspensión. En mi cabeza una pregunta tonta me asaltó. “¿Para que querrá un auto que parece un barco escorado cuando se sienta dentro él?”. El Gordo Mario daba más para un Ford Falcon o un Chevrolet 400, pero no para un Citroën Mehari con sus características suspensiones.

Dimos unas vueltas y el Gordo me trataba como a un sobrino. “Di en el blanco”, pensaba dentro de mi cabeza. Era evidente que no quería que se supiera que había ganado el Mehari en una apuesta arreglada y que el Flaco Gonzalo trabajaba para él. Su prestigio de apostador se iba por la cloaca si alguien sabía de eso. Aunque, por su actitud, alguien más estaba al tanto y lo estaba esperando para hacerlo pagar por sus fechorías.

Justo a mí se me tenía que ocurrir apostarle el Mehari. La verdad que soy un salame, pero que le voy hacer nací para apostar y no puedo evitarlo. Para el lunes éramos como chanchos con el Gordo Mario. “Pibe, no sabes cómo te quiero”, me decía el Gordo y juro solemnemente que no estaba borracho. Luego me enteraría que el Gordo no probaba una gota de alcohol. Su padre alcohólico lo había maltratado mucho cuando era un chico. Para él un vaso de vino era el demonio hecho líquido.

El martes por la tarde le dije al Gordo “te quiero apostar el Mehari”. Y me quedé muy serio mirándolo. Se río. Pensé se va todo a la mierda, pero no fue así. “Y con que me vas a pagar”, me dijo. Daba por descontado que ganaría no sabía de mi Messerschmitt azul. Ese era mi caballo del comisario. “Por dos años te lavo todas las semanas el Mehari. Con sol o con lluvia”, le dije. En realidad no había pensado que le apostaría. Por supuesto que no tenía un auto para ofrecer en oposición. Por unos instantes pensé que mi plan fracasaba, pero increíblemente el Gordo aceptó.

Más raro fue que aceptara mi apuesta. Le dije que apostaríamos que pasaría un auto de tres ruedas por la puerta de mi casa el jueves a las seis de la tarde. “Pibe, vas a lavar el Mehari por dos años”, me dijo el Gordo. Me dio la mano y aceptó la apuesta. No podía creer lo que había hecho. El Gordo Mario casi me estaba regalando el Mehari. Claro eso decía porque sabía lo que sucedería dos días más tarde. Eso es la parte tramposa de todo este asunto. Casi como una de las apuestas del Gordo. Pero tardaría tiempo en darse cuenta. Siempre hay alguien que habla de más.

A las cinco y media de la tarde tenía al Gordo Mario con el Mehari estacionados en la puerta de mi casa. “Falta media hora”, le dije. “Vine a tomar unos mates con el lava autos del Mehari”, me dijo mientras largaba una sonora carcajada. Mi abuelito de mala gana le convidó con un mate. Tomamos algunos hasta que mi abuelito se hartó del Gordo y se fue para adentro. Quedamos solos los dos esperando las seis de la tarde. El caer ese día de otoño algo fresco, pero lindo.

“Bueno pibe son las seis de la tarde y no veo ningún auto de tres ruedas”, me dijo dándome palmadas en la espalda. En ese momento escucho el clásico sonido del motor de dos tiempos. Era el Messerschmitt azul que venía traqueteando por el empedrado de la calle. Lo miré al Gordo Mario y la mandíbula se le cayó. Seguía con la mirada a ese autito, casi de juguete, que se estaba llevando su amado Mehari rojo. Lo siguió con la vista hasta que se perdió en el horizonte empedrado.

“Me ganaste”, me dijo de una forma que me estrujó el corazón. Era un hombre abatido que le había ganado un pibe de 25 años, a un mañoso apostador del doble de edad. Algo honorable quedaba dentro suyo porque se metió la mano derecha en el pantalón y extendió las llaves del Mehari. “Pibe, es tuyo. Te lo ganaste en buena ley. Mañana por la mañana firmamos todos los papeles”, me dijo totalmente derrotado. “Te llevo a tu casa”, le dije en todo triunfante. Y así lo hice. El Gordo Mario no dijo nada en todo el viaje a su casa.

Volví y guardé “mi” Mehari rojo en el garaje que antes albergara la Rambler Cross Country que supo tener mi abuelito antes que lo apostara en una carrera de caballos. Ahora era el feliz propietario de mi propio auto sin gastar un solo peso. Pero las cosas se complicarían mucho y en poco tiempo. El Gordo Mario cayó en una depresión profunda y nada, ni nadie lograban sacarlo del pozo que le produjo la pérdida del Mehari rojo.

Un día apareció en el barrio un tipo preguntando por el Gordo Mario. Le dijeron donde vivía y allá fue. El tipo era un matón a sueldo de Gómez el anterior dueño del Mehari rojo. Al que el Gordo Mario y el Flaco Gonzalo le había birlando con artimañas en las apuestas. El Gordo después de unos cuantos golpes confesó que había hecho trampa, pero que el auto lo había perdido en una apuesta legal. No le dio mi nombre y el Mehari no estaba a la vista. Así que el matón dejó el barrio con unos cuantos huesos quebrados en las humanidades del Gordo y el Flaco. Y no era chiste. Para nada.

Pasaron lo meses y las aguas se aquietaron y mis salidas con el Mehari rojo eran un placer. Las chicas del barrio se me tiraban dentro y yo no podía evitarlo, ni quería. Pero la dicha dura poco y como dije siempre hay alguien que habla de más. El Gordo se enteró que el Messerschmitt azul pasaba por delante de mi casa mucho antes que le propusiera la apuesta. Fue Jorge el bocón.

También él lo había visto al Messerschmitt azul pasar todos los días jueves a la tardecita, incluso seguía pasando. Para mí las cosas se pusieron feas. Cuando el Gordo y el Flaco se recuperaron de sus quebraduras vinieron hechos una furia a la puerta de mi casa. Querían el Mehari. “Si se entera Gómez te mata”, le dije detrás de la mirilla de la puerta. “Al que te voy a matar es a vos”, me gritó el Gordo Mario. “Me hiciste trampa sabías que el auto iba a pasar”, gritaba del otro lado de la puerta de calle. Del fondo mi abuelito me decía “te dije que no te metieras con ese tipo”. Pero ya era tarde.

Un día bien temprano antes que el barrio despertara abrí el portón del garaje de casa y salí con el Mehari. Era un viaje de ida y lo sabía. Lo que no sabía era cómo terminaría y adónde. Salí despacio sin hacer mucho ruido, pero el barrio tiene ojos y oídos por todos lados y el Gordo Mario se enteró de mi salida de mi guarida. Las cosas comenzaron a acelerarse como en una película de acción. Cuando me quise dar cuenta tenía al Gordo y el Flaco detrás de mí y no precisamente para desearme buen día.

Estoy jugado así que hagamos lo que sea por salvar el pellejo y al Mehari rojo. Comencé a escabullirme dentro del tránsito matutino de la mejor forma que podía. Buscaba las calles con más tránsito para frenar la carrera de mis perseguidores que por supuesto venían en un auto más rápido que el mío: un Falcon verde. Malos recuerdos del pasado. Pero el Mehari era lo suficientemente ágil para poder meterme en lugares que el Falcon tenía restringido.

Como descubrir esa calle salvadora. En el barrio se contaban historias de pibes. Una era que había una calle en la ciudad que terminaba en escalera. “No puede ser”, les decía. “Es cierto Juan”, estuvo ahí. Juan afirmaba que los padres lo había llevado de paseo a un parque de diversiones y a la vuelta se toparon con esa rara calle con escalera. Siempre creí que Juan mentía. Hoy estaba a punto de descubrir el mejor escape a la libertad.

Doblé como venía por una calle en bajada y empedrada. Atrás tenía al Falcon casi tocándome el paragolpes trasero, o ese remedo que tienen los Mehari. Fueron los cien metros más largos de mi vida. A medida que aceleraba me daba cuenta que esa calle no tenía salida y no podría dar la vuelta en redondo por los autos estacionados a 90º en la vereda. Pisé el acelerador hasta el fondo y rogué a los dos cilindros del motor que me sacaran de esta situación.

Por suerte no había ningún auto estacionado en la vereda al final de la calle. Era la calle que había visto Juan con sus padres cuando era un chico. La calle que termina en escalera. Mi vía de escape. Cuando me di cuenta de la situación me aferré al volante y rogué que el Mehari aguantara la bajada por la escalera a toda velocidad. Las ruedas delanteras protestaron al subir la vereda. Pero el ruido de la suspensión al bajar por los escalones a toda velocidad no lo olvidaré mientras viva.

Tampoco olvidaré la frenada del Falcon verde y la puteada del Gordo Mario cuando me le escapé de entre las manos. Mientras traqueteaba por la escalera buscaba un hueco para llegar a la calle transversal en la ancha vereda. Lo encontré en la salida de un estacionamiento de un edificio del lado izquierdo. Una vez en la vereda encaré hacia ese hueco sin dejar de acelerar el Mehari. Doblé como venía y ya estaba en la otra calle, también empedrada, que me sacaría de la persecución.

Me fugué por una avenida muy concurrida en la cual desembocaba la calle que había tomado. Para que el Gordo y el Flaco lograran alcanzarme tenía que pasar un milagro. Me escondí entre la enorme cantidad de colectivos de la avenida y pude escaparme. Con las cuadras recuperé el control de mi corazón y mis nervios y comencé a pensar en un lugar seguro para escondernos. Hablo en plural porque somos un todo con el Mehari. No se el tiempo que anduve vagando. Lo cierto era que ya no estaba en el barrio y menos en la ciudad donde me vio nacer.

Recorrí muchos kilómetros y ya en ruta abierta traté de buscar refugio en un lugar seguro en algún pueblo perdido. Lo encontré a la vera de la ruta. Un camino de tierra me llevó a un pueblito perdido en el tiempo. Conseguí alquilar una casita muy modesta con galponcito donde duerme el Mehari rojo, lejos de las miradas de los que pasan. Me enteré que el matón volvió por el Gordo Mario y el Flaco Gonzalo. Esta vez la cosa fue mucho peor. El matón de Gómez se enteró de mi apuesta y que el Mehari no estaba en el barrio. El Gordo y el Flaco descansan en sendos nichos en el cementerio. Tuvieron un “accidente” con el Falcon verde. Se les prendió fuego con ellos adentro…

Ahora termino de escribir estas líneas desde un pueblito perdido en alguna parte de este planeta. No puedo dar más precisiones. Desde la ventana veo si no aparecerá el matón de Gómez para buscar mi Mehari rojo. Si lo hace espero tener a mano una calle sin salida.

Mauricio Uldane


Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace: http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html


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Saturday, March 14, 2015

Vida moderna

El insistente trino del zorzal, y lo digo en singular, me despertó aquella mañana de finales del verano. Hablo en singular, porque ése zorzal, pernocta en el árbol que está plantado, en la vereda, justo frente a la ventana de mi dormitorio. Comienza a cantar cuando las hojas, en la noche, las mece el viento, y logran dejar pasar la luz de la columna de alumbrado público. Pero no era el caso cuando logré despegar un ojo y advertir que ya era de día.



Busqué con la mirada el reloj digital de mi mesita de luz y este estaba apagado. “¡La puta madre otra vez se cortó la luz!”, exclamé ya despierto y con bronca. Manoteé mi celular, que también descansa por las noches sobre la mesita de luz y me sorprendió encontrarlo apagado. “¿Pero si lo dejé encendido y con el cargador puesto?”, pensé para mis adentros. Al menos si está cortada la luz, el celular, debería estar encendido. No me digas que se le murió la batería ¡con lo que cuestan!

A tientas, y sin querer levantarme de la cama, localicé el interruptor de la lámpara, que está encima de la mesita de luz. Como para confirmar que el corte de energía era el culpable de todo, pero la luz inmediatamente me confirmó que la energía no se había cortado. “¿Pero qué carajos está pasando?”, mascullé con otro poco de bronca acumulada. Como esa que vamos juntando, antes de salir de casa, cuando nos intoxicamos con el canal de noticias junto a las tostadas con mermelada del desayuno.

Ya me levanté, había juntado el suficiente coraje para hacerlo, y me encaminé hacia el comedor. Iba decidido a encender el televisor y saber qué estaba pasando. Pero ese día traería una sorpresa tras otra. El televisor no encendió. Nada como si estuviera muerto. Tampoco el equipo de música encendió. Luz había en toda la casa, es decir que energía no faltaba, pero parece que algunos equipos estaban de huelga.

Algo dentro de mí comenzó a sospechar lo peor y trató en vano de hacer arrancar el horno a microondas. El motor de la heladera funcionaba, pero eso no me dejaba para nada tranquilo. Era un modelo viejo heredado de mi padre y no tenía la menor cuota de electrónica. Para todo eso no sabía la hora real en que me había despertado y el tic-tac del viejo reloj de péndulo de mi abuelo me volvió a la realidad. Me dirigí hasta donde estaba en el comedor y advertí con sorpresa que eran algo más de las 8 de mañana.

Lo terminó de confirmar el ronroneo de los seis cilindros del Chevrolet 400 de mi vecino: Rodríguez. El tipo es un alto ejecutivo de una empresa en la zona de Catalinas y un buen día se hartó de su BMW nuevo y lo vendió. Al otro día se apareció con el 400 de color verde en un estado impecable. Según sus propias palabras se lo cambió mano a mano al dueño. Un viejito que lo tenía de cero kilómetro desde el año 1967. El Chevrolet parece salido de la concesionaria y hasta creo tiene kilómetros reales. Lo cierto que Rodríguez sale todos los días, de lunes a viernes, a las ocho y cinco rumbo a su trabajo de ejecutivo a bordo de un clásico.

Se negó a colocarle gas, así que lo camina solo a nafta, como en las viejas épocas. Me dijo que lo cansó la tecnología de los autos nuevos y tantos accesorios. Quería volver a lo primitivo, incluso un auto sin aire acondicionado, ni dirección hidráulica. “Me va hacer bien a los brazos”, me dijo Rodríguez. Por supuesto que ya fueron varios los que le quisieron comprar el Chevrolet Super Sport, pero no lo vende. Dice, “es mi transporte personal”.

Pero lo que me llamó la atención fue que solo escuché el motor del 400 perderse en la calle. Ningún otro auto en la calle, ni colectivo, ni nada que se le parezca. Raro, muy raro. O no. En eso se me pasó una idea por la cabeza y descolgué las llaves de mi auto nuevo y me encaminé al garaje, creo que sabía lo que iba a pasar. Este nuevo modelo ya no tiene cerradura en la puerta, la llave es solo para ponerlo en marcha y abrir la tapa del baúl, pero esta se abre desde adentro también. Como lo esperaba ningún beep sonó y la alarma no solo no se desactivó sino que el auto permanecía cerrado a cal y canto.

Sin más trámite volví para adentro, colgué las llaves en su lugar y me dispuse a desayunar tranquilamente. Mientras lo hacía acompañado por un coro de zorzales, mis viejos amigos, calandrias y horneros reflexioné sobre los sucesos ocurridos en estos primeros quince minutos del día. ¿Por qué carajos nada electrónico funciona? Porque de eso se trataba todo el asunto nada que tuviera electrónica parecía responder a sus mandos naturales. Es decir nosotros los humanos.

Los pájaros me alegraron el desayuno y para mi sorpresa me descubrí siguiendo sus melodías al compás de mis dedos sobre la mesa de la cocina. Unos rayos de luz iluminaban la escena y hasta parecía bucólica. “Parece que estuviera me medio del campo”, dije en voz alta. Claro no había ruido de motores, de ningún tipo, salvo el 400 de Rodríguez, pero ya se había ido a su trabajo. No había noticias alarmantes y trágicas en la tele, ni en la radio, que a veces me dan ganas de refugiarme nuevamente en mi cama. Nada de nada. Solo el canto de los pájaros, el crunch-crunch de las tostadas con mermeladas y algunos gritos de chicos del otro lado de la calle.

Una imagen idílica. Pero que en el fondo dejaba algo de preocupación. ¿Qué pasó? Era la pregunta reiterada una y otra vez en medio del coro de pájaros en la mañana de un verano que comenzaba a agonizar. En medio de esas reflexiones estaba cuando sonó el teléfono, pero el viejo de línea, ese que está en la mesita a la entrada, después de la puerta, porque el inalámbrico había pasado a mejor vida como todo lo demás. Cuando atiendo era mi vecina que estaba alarmada porque le sucedía lo mismo que a mí, lo electrónico estaba muerto.

Desde hace años tengo dos cosas que forman una parte importante de mi vida. Un pequeño comercio de piezas artesanales hechas todas a mano exclusivamente y una Rambler Cross Country modelo 1967, la que venía con el motor del Torino. El negocio lo forjé con mi trabajo y la Cross Country la heredé de mi viejo, que la tenía de cero kilómetro y fue durante décadas el auto de la familia. Esas dos pertenencias eran, son, para mí los pilares donde me apoyo para poder transitar esta vida moderna. No es que no tenga un auto nuevo, que lo conseguí, en parte con mi trabajo, pero tener un auto clásico es un estilo de vida. Por eso lo entiendo a mi vecino Rodríguez y en algún momento me decidiré a usar la Ramblercomo transporte personal. Aunque me puteen en los estacionamientos del centro.

Así que si llegaba tarde al trabajo no sería problema. No tengo empleados, ni patrón, me manejo solo. Dolores, mi vecina al teléfono estaba desesperada porque su auto nuevo tampoco arrancaba. “Es que nada que tenga electrónica funciona en este día”, le dije del otro lado del teléfono. Ahí se dio cuenta que mi nuevo auto rojo no funcionaba. “No. Ya intenté y ni siquiera abre las puertas”, le respondí a Dolores. “¿Y ahora que hago?”, me gritó desde su casa.

Intenté calmarla pero no me escuchaba. Cuando logró escucharme, porque se calmó, le hice el siguiente planteamiento: si nada de electrónica funciona tu computadora no estará encendida en todo el día. Dolores trabajaba en uno de esos centros de llamadas que torturan por teléfono a todo el mundo. Call Center, los llaman. No entiendo esa manía de ponerle a todo nombres en inglés y eso que no me considero un nacionalista a ultranza. Lo que digo es que defendamos el idioma que tenemos que es uno de los mejores del planeta. Pero quién mierda, con el perdón de ustedes, me va a escuchar, o leer en este caso.

El jefe de Dolores era un tipo déspota. Tiburcio se llamaba. Cuando me dijo cómo se apellidaba me dio un ataque de risa. “¿De qué te reís?”, me preguntó. Le conté que mi abuela me leía un cuento infantil donde el protagonista era el capitán de un pequeño remolcador y se llamaba Tiburcio. Tan bien conocía los diálogos, sin saber leer, que cuando mi abuela cambiaba algo la corregía diciéndole la frase correcta. Cosas de niños. Pero lo de Tiburcio siempre me causa gracia. Claro que a Dolores no le parece que su jefe sea gracioso.

Me insistía con llegar temprano a su trabajo. Ya estaba al borde de terminar mi desayuno cuando se me iluminó el cuarto superior, es decir mi mente. La iba a llevar con la Rambler. Totaltenía nafta suficiente, aunque hacía días que la había puesto en marcha, pero de todas formas arrancaba al instante. “Dolores tranquilízate que te alcanzo con la rural”, le dije por teléfono y me dispuse a terminar mi desayuno y me fui a lavar los dientes.

Me cambié rápido y manoteé las llaves de la Cross Country que sí iba arrancar como lo hizo el 400 de Rodríguez. Allí estaba hermosa en el garaje como diciéndome, “viste ahora me necesitas”. Abrí el portón del garaje y ya tenía paradita, toda arregladita, a Dolores hecha un puñado de nervios. “Tranquila, que hoy no vas a trabajar”, le dije mientras le abría la puerta del acompañante. Subí del otro lado y le di arranque. El Tornado respondió con un ronquido de fiera salvaje debajo del capot. “¡Qué lindo que suena este motor!”, dijo Dolores. Me quedé mirándola. Desde cuando mi vecina sabía de motores viejos. Pero no era hora de averiguarlo sino de llevarla a su trabajo.

Lentamente saqué a la vereda a la Rambler y volví para cerrar el portón del garaje. Al darme vuelta tenía parados delante de mí a cuatro vecinos más de la cuadra. Los cuales conozco pero no tengo un trato más allá del saludo cortés. A todos les había pasado lo mismo. Lo electrónico no les funcionaba. “Los puedo llevar a todos, pero primero tenemos que dejar a Dolores en su laburo”, les aclaré de entrada. Ninguno tenía problemas. Todos seguramente irían al pedo a sus trabajos plagados de equipos que usan electrónica. Parecían chicos del secundario que saben que ese día van de fiesta o de paseo al colegio.

Acomodamos a Vanesa en el asiento delantero junto con Dolores. Atrás iban Fabián, Carlos y Alberto. Distintas edades, diferentes vidas y muy diversos trabajos. Pero los seis salimos en marcha con la vieja y querida Rambler hacia el trabajo de Dolores. Que entre paréntesis no queda a más de 20 cuadras y bien que las podría caminar todos los días para compensar las horas que tiene su culo en la silla del Call Center, pero todavía no le cayó la ficha.

La dejamos en la puerta del edificio de su trabajo donde una multitud de personas se había acercado, la mayoría a pie, o en bicicleta y hasta algunos en motos, claro que un modelo viejo sin electrónica en su haber. “¿Y ahora dónde vamos?”, dije como si se tratara del chofer de un remis. “Vamos a una estación de servicio”, dijo Carlos del asiento trasero. “¿Para qué?”, fue mi respuesta. En ese momento Carlos cayó en la cuenta que tampoco los surtidores funcionarían. Claro electricidad hay, pero no funciona la parte electrónica de los surtidores.

“Pero de todas formas tenemos que pasar igual por una que está a cinco cuadras por esa avenida”, les dije a mis pasajeros. “¡Vamos!”, corearon como chicos en una excursión. Esto va a ser divertido pensé. Pero también seguía imaginando las causas del apagón electrónico. “¡Si al menos la radio funcionara!”, me dije para mis adentros e instintivamente encendí la radio de la Rambler.¡Funcionaba!. Claro que lo único que emitía era estática en todo el dial. “Las emisoras de radio están plagadas de PC y otros equipos electrónicos”, dijo Fabián que trabajaba en una FM local y conocía muy bien el tema. “Estamos incomunicados”, dijo. Y contó que había hablado por teléfono de línea con un amigo que trabajaba en un diario. Ninguno había salido hasta el momento.

El tema era cómo funcionaban los teléfonos si estos también tenían servidores y centrales digitales. “Tal vez quedan partes analógicas y estas con electricidad funcionan”, arriesgó Alberto, que no había proferido palabra en todo el corto viaje. En la manzana siguiente estaba la Esso que les había mencionado. Como era de prever nadie estaba cargando combustible.

Entramos en la estación de servicio y el playero vino corriendo agitando los brazos. “No funcionan, no funcionan”, gritaba. “Tranquilo”, le dije mientras me bajaba de la rural y a la cual le había apagado el motor. Le explicamos lo que sabíamos de los equipos electrónicos y él nos contó los sucesos que ocurrieron durante la noche. Estaba en servicio desde la 3 de la mañana y lo había visto todo, o eso creía él.

“Vi todo”, dijo el playero que se llamaba Nicolás. Nos contó, a todos, que a eso de las cuatro de la mañana se hizo de día por unos instantes y se vio un resplandor intenso desde el este. O sea desde el lado del Río de la Plata.“Cayó en el río”, dijo Nicolás. “¿Qué cayó?”, le preguntó Vanesa, la única mujer del grupo y la vecina joven de la cuadra. “No sé”, respondió Nicolás. “Pero algo cayó en el río”, afirmó. Luego que cayó “eso” del cielo unos segundos más tarde los surtidores se apagaron. Como la computadora de la estación de servicio, el postnet y todos los celulares que había en el lugar. “Nada electrónico volvió a funcionar desde ese momento”, dijo Nicolás.

Ahora sabíamos algo al menos. “Eso” del cielo había producido el apagón electrónico. ¿Pero qué era “eso” que había caído del cielo? “Porque no vamos hasta la Costanera a ver que pasa, dijo Alberto en un rapto de locuacidad. “Total no creo que nos echen de menos en nuestros laburos con el flor de quilombo que hay. Además no podremos fichar en el equipo lector de las huellas digitales”, sostuvo con una lógica a prueba de balas. “Vamos”, les dije a mis pasajeros y los invité a subir a la Rambler.

En eso veo a Nicolás que venía con un bidón de nafta lleno. “Lo había llenado para un mecánico que viene todas las mañanas a buscarlo para lavar piezas. Pero hoy no va a trabajar. Es el que labura con las inyecciones electrónicas”, me dijo guiñándome un ojo. “¿Cuánto es?”, le pregunté. “Hoy invita la casa”, me respondió mientras le cargaba los diez litros del bidón al tanque de la Cross Country. La verdad que no le venía nada mal, si bien el tanque estaba casi lleno. “Se llenó”, dijo alborozado Nicolás. Ahora teníamos combustible para ir hasta la Costanera y volver cómodos y de paso averiguar qué había pasado en el río.

Subimos todos y arrancamos hacia el río. Autos, camiones y colectivos parados por todas partes. A los colectivos del servicio nocturno, el apagón, los había tomado por sorpresa a mitad de su recorrido, incluso con algunos pasajeros a bordo. Pero ya a esa hora, más de las nueve y media de la mañana, estaban desiertos. Solo quedaba el chofer esperando que algo o alguien vieran a buscarlo.

La cantidad de camiones parados cerca del puerto era increíble. Muchos de ellos esperando su turno nocturno de entrada a descargar, o cargar, mercaderías que merecían transportarse. Nada de eso estaba sucediendo en el día de hoy. Había movimiento de personas cerca de la Costanera. Personalde Prefectura Nacional, a pie, andaba de un lado para otro desorientados como las hormigas cuando se les desarma el hormiguero. Despacio sin que lo notaran, por la gran cantidad de camiones detenidos, logramos escabullirnos en busca de “eso” que había caído del cielo.

A muy poco de circular por la Avenida Costaneravimos “eso”, era inmenso y de un fuerte color amarillo dorado. Con el resplandor del sol matutino brillaba con una intensidad que cegaba los ojos. Busqué un lugar donde estacionar la Rambler y nos bajamos a ver “eso” sumergido a medias en el Río de la Plata.“¡Qué lástima que no traje la cámara!”, gritó Fabián. Todos nos dimos vuelta para mirarlo. “¡Qué estúpido!”, se dijo cuando cayó en la cuenta que si no era una cámara de rollo, como las viejas, no funcionaría.

Parado y apoyado en la baranda de cemento de la Costanera estaba un tipo algo mayor que no apartaba la vista de “eso” que estaba en el río. Despacio me acerqué a él. Me puse a su lado y comencé a mirar “eso”. Al rato de estar en silencio comencé a notar que el color amarillo dorado iba variando de colores y nunca volvía a pasar por el mismo tono.

“Hace cinco horas, creo que más, que lo miro y todavía no repitió un color”, dijo el tipo de la Costanera. “Estaba acá cuando cayó”, me dijo mirándome por primera vez a la cara. Entonces como si necesitara contarle a alguien lo vivido comenzó su narración. El tipo vivía en un pequeño departamento que se calentaba como horno en el verano y buscando algo de fresco solía, en las noches, subirse a su bicicleta y pedalear hasta el río. Ahí se pasaba muchas horas buscando una brisa fresca que lo refrescara. Cuando lo lograba se montaba en su bicicleta y se volvía a su diminuto departamento a tratar de conciliar el sueño. Cosa que no lograba porque la ciudad comenzaba a despertarse a su regreso a casa.

Estaba en eso de retornar al hogar cuando oyó a sus espaldas un bramido y al darse vuelta vio “eso” que caía del cielo directo al río. Buscó refugio porque se imagino lo peor. Un estallido y un posterior incendio. Pero nada de eso pasó. Solo que una ola barrió la avenida a todo su ancho y lo hizo sopa. Así que quedó mojado de la cabeza a los pies junto a su bicicleta a punto de emprender el regreso a casa.

“Pero hace tanto calor que ya me sequé. Además me quedé mirando 'eso' que cayó del cielo y no sabes la paz que me transmitió. Al poco tiempo se produjo un silencio en toda la costa. Fue, es, una experiencia increíble. Noté algo raro cuando todos los vehículos se pararon”, dijo el tipo de la Costanera.“Claro si no funciona nada que tenga electrónica”, le dije. “Pero no así lo que tiene electricidad. Porque ustedes vinieron en la Rambler”, dijo mientras apuntaba con un dedo a mis pasajeros y a la rural estacionada en la Costanera. Le dije que era cierto y que hasta la radio de la Cross Countryfuncionaba normalmente.

“¡La radio funciona!”, exclamó y salió al trote para donde estaba estacionada. Atrás, como pude, lo seguí. Mientras trotaba detrás de él pensaba qué querrá este tipo. Se paró en seco al lado de la Rambler y me dijo, “encendé la radio”, casi como una orden. Le dije que solo se escuchaba estática, pero insistió. Me subí del lado del acompañante y giré la perilla de encendido. Algo cambió en ese mismo instante.

Una voz de mujer anunciaba las noticias de las siete y media de la mañana. “¿La mañana?”, pensé para mis adentros mientras miraba la cara del tipo de la Costanera. “La temperatura a esta hora es de 22 grados y la humedad del 75%. Es la hora 7 y 33 minutos en la ciudad de Buenos Aires”, anunció la locutora de la radio. Pero si es más tarde. Deben ser como las diez… El trino de un zorzal me devolvió a la realidad. Su canto era persistente, insistente diría en esa mañana de los últimos días de verano. Eran las siete y media de la mañana de un día como cualquier otro donde todo funcionaba a la perfección. Incluso todo lo electrónico. El día recién comenzaba para mí y todo, absolutamente todo, funcionaba normalmente.

Mauricio Uldane


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