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Saturday, January 17, 2015

Rodando por la vida

Cuando nací no sabía cómo sería mi vida. No tenía idea a dónde iría a parar. Claro eso te lo da el camino recorrido y el desgaste del rodamiento. Pero ahora les voy a contar qué pasó y cómo terminé mis días.



Comencemos desde mucho tiempo atrás. Tuve un abuelo flaco al que le decían el colorado y a mi abuela, que también era delgada la conocían como la blanca. Eran cosas de principios del siglo pasado, aunque debo reconocer que también soy del siglo pasado.

Mis abuelos tuvieron caminos muy duros que recorrer, eran tiempos difíciles y las cosas son eran como son ahora. Algunas se han facilitado mucho y en cambio otras se complejizaron. Eso lo veo ahora que tengo mucho tiempo para pensar y meditar sobre la vida. Antes solo me preocupaba rodar por la vida. Pero no era a tontas y locas, sino que tenía un trabajo que cumplir, un destino prefijado desde el nacimiento en esta sociedad consumista y capitalista que nos toca vivir.

Les hablé de los años duros de mis abuelos, que en consecuencia no lograron mucha sobrevivencia, pese a las visitas para que los recompusieran. Terminaron sus días arrumbados en un lugar que no recuerdo. Si siquiera se donde fueron a parar sus cuerpos.

La historia de mis abuelos me la contaron mis padres, que tampoco la tuvieron fácil. No señor. Tuvieron que laburar de sol a sol para poder sobrevivir en esta jungla de asfalto. Con calores agobiantes en el terrible verano en la ciudad o con lluvia hasta las orejas cuando San Pedro decidía abrir las compuertas del cielo, si es que San Pedro está en el cielo.

Pero lograr vivir mejor que mis abuelos, tanto es así que mis padres ya no eran tan delgados como aquellos. Todo lo contrario. Sus cuerpos eran más anchos y durables, cosas de la ciencia, dicen algunos. Otros dicen que es porque la tecnología mejora. Mis padres trabajaron duro, muy duro. Mi mamá en una camioneta y mi papá en un camión. Ambos en el transporte de mercaderías. Aunque mi madre siempre volvía a casa a la noche en cambio mi padre tardaba, a veces, semanas en volver. Y volvía cansado del viaje. Pero al menos ambos tenían trabajo y no estaban tirados por ahí. Como les pasó algunos parientes cercanos.

Conozco el caso de conocidos que acabaron su vida útil por un accidente en la ruta. Un chófer que se durmió, o que venía borracho, y listo, te fuiste de este mundo. Por suerte mi padre tuvo una larga vida, con paradas para reparaciones pero nada grave. A mi madre le pasó lo mismo, pero el suyo era un trabajo mucho más descansado.

Mientras tanto yo estaba en proceso de creación y me faltaba poco para ver la luz de la calle. Donde nací era un lugar enorme donde muchos de nosotros estábamos esperando nuestro destino. Que en algunos casos era el definitivo. En otros pasaba algún tiempo para que comenzaran a rodar por la vida. Son cosas que pasan y uno no puede evitarlas. Es como si alguien digitara nuestro destino final.

Como hijo de obreros del transporte tuve el honor de trabajar en un taxi. Uno de aquellos míticos Siam Di Tella que llenaron las calles de la ciudad de Buenos Aires. Era un trabajo de sol a sol. Pero estaba contento y orgulloso de servir para algo. Ahora, ya viejo, también sirvo para algo, pero no nos adelantemos al final de la historia.

Si habré recorrido calles adoquinadas, ¡cómo rebotábamos! Pero me divertía. Lo que no me divertía para nada eran las viejas vías del tranvía en los días de lluvia, más de una vez tuve una cortada que no pasó a mayores. ¡Lo resbaladizas que se podían esas vías con agua encima! Frenar ahí arriba era un acto suicida.

Frenadas. Muchas. Salvadas de accidentes. A miles. Pero siempre brindando un servicio al pasajero porteño. Día y noche. Con frío que calaba los huesos o calor que me ponía a punto de derretirme en ese asfalto caliente en un verano porteño. Casi como la suite tanguera de Astor Piazzolla. Eso era el Siam taxi, tango puro en ebullición.

Una vez nos tomó una parejita, la piba estaba a punto de dar a luz. Salimos de raje para la guardia de la Maternidad AlbertoPeralta Ramos. Esa que queda en el barrio paquete de Recoleta, pero es pública y gratuita, al menos lo era en esa época. ¡Qué barrio bacán! Llegamos volando. Creo que nunca el Di Tella anduvo tan rápido. Parecía que salían chispas de los neumáticos. ¡Me lo van a decir a mí que estaba presente!

La piba, muy jovencita ella, se quejaba mucho. “¡Ya llegamos!”, le decía el marido, también un pibe que no tendría más de 20 años. Estaba aterrorizado que le pasara algo a su mujer. Por supuesto era su primer hijo y creo que recordarían toda la vida ese viaje de noche por Buenos Aires y atravesando los barrios a toda velocidad.

Hasta que en una avenida, creo que era cerca de Plaza Italia, una motocicleta de la policía nos comenzó a seguir haciendo aullar la sirena. Cuando el policía se puso a la par del taxi le hacía señas para que detuviera la marcha. Ahí fue cuando vio a la parejita a punto de dar a luz. “¿A dónde van?”, preguntó. “Al Peralta Ramos”, fue la respuesta de adentro del taxi. “Seguime que les abro paso”, y salió disparado delante del Siam. Ahí aumentamos más la velocidad y dimos la vuelta a Plaza Italia como un Turismo Mejorado de aquellos años de Grandes Premios por todo el país.

Lo que corrimos por la Avenida Las Heras. Los árboles del Jardín Botánico pasaban como figuras borrosas por la velocidad del taxi. Ni un semáforo en rojo nos detuvo, la motocicleta del policía nos abría paso. Llegando a la Penitenciaria, todavía estaba en la intersección de las Avenidas Las Heras y Coronel Díaz. Se nos sumaron dos motocicletas más y un patrullero nos seguía de cerca. ¡Toda una escolta camino a un nacimiento!

La curva de Sánchez de Bustamante fue apoteótica para el Di Tella, hasta la gente en la calle aplaudía, muchos con algunos gramos más de alcohol dada la alta hora de la madrugada. Semejante escolta despertó la curiosidad de los vecinos del barrio que comenzaron a ver a dónde íbamos.

Faltaba poco. Justo en la esquina de la calle Austria con la Avenida LasHeras estaba la guardia de la maternidad. Parece que los de la guardia estaban alertados de nuestra llegada porque nos esperaban en la vereda. La frenada del Di Tella se hizo oír en toda la cuadra.

Enseguida entraron los enfermeros con la parejita directo a tener ese bebé que antes de nacer ya corrió su primera carrera. La verdad que no se si fuimos los tíos del algún corredor futuro, pero bien podría serlo. Estacionamos un rato y le agradecimos al policía de la motocicleta su trabajo para llegar a la maternidad. “Es mi trabajo servir a los ciudadanos”, dijo. Hoy nos parece cosa del pasado cuando la policía estaba para cuidarnos.

Una vez repuestos averiguamos cómo habían sido las cosas con el parto. Salió el muchachito para agradecernos y pagarnos el viaje. “Está todo pago. Lo importante que la criatura esté bien”. Así fue, era un varón de 3,400 kilos, sano y fuerte. Pensé si alguna vez ese chico tendría algo que ver con los autos. Tal vez si, pero la verdad no lo sé.

Trabajé algunos años con el taxi hasta que me llegó el momento de jubilarme. Ya no podía trabajar más. Cosas del desgaste y el progreso. Pero no me quejo. Bien vale la vida haber ayudado a traer un pibe a este mundo. Y no fue el único. No señor. Ese fue el primero. Para los otros ya estábamos mucho más cancheros.

Ahora tengo un lugar tranquilo donde vivir. Aunque los fines de semana se pone ruidoso, pero no me quejo. Es como revivir mis días de gloria con el taxi. Al menos estoy cerca de otros autos que ruedan en un circuito. Un circuito no muy grande de kartings. Se llena de pibes, porque hay una escuela que les enseña a manejarlos.

Que mejor lugar para un viejo neumático cómo yo, que ya no puede ser recapado. Terminé con medio cuerpo en la tierra a modo de muro de contención para que los chicos no se salgan con los kartings. Tengo ruido de motores, veo a los autitos correr por la pista y recuerdo los días que estuve en las ruedas del querido Siam Di Tella. Más no puedo pedir y es como no morir nunca y seguir ligados a los autos que tanto me necesitaron.

Hasta de vez en vez alguno de los pibes se sienta encima de mí y es como volver a tener pasajeros que llevar algún sitio. Pero ahora no puedo porque estoy medio enterrado y viejo. Pero sigo sirviendo para algo. Eso ya es mucho para mí, un viejo neumático con muy poco dibujo, pero con una vida encima para recordar siempre.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación o publicidad de ningún tipo.

Friday, January 16, 2015

La Respuestita del Sábado

Pista peraltada


La respuesta correcta, porqué el hombre estaba inclinado, es porque está en una pista peralta para probar neumáticos. El ganador fue: Luis Trucco. Felicitaciones porque no se dejó llevar por el comentario de que el auto estaba inclinado por el tipo de motor.

Pista peraltada de la empresa Goodyear en Texas en Estados Unidos.


La empresa Goodyear Tire and Rubber Co. de Estados Unidos había construido, a mediados de los años cincuenta, en la localidad San Angelo del estado de Texas una pista para probar neumáticos. Y ahí es donde nuestro hombre inclinado estaba parado, en una pista peraltada, junto a un Valiant.

Pero esa inclinación de 45º nada tenía que ver con el motor Slant Six, que muchos seguidores, se empeñaron, en señalar. Esa no era la incógnita, ni siquiera se hacía mención a la marca del automóvil de la fotografía. Solo se pedía que me dijeran por qué el señor tejano estaba inclinado. Ahora con la fotografía girada, a su ángulo correcto, verán de qué se trataba la pregunta.

Esa pista estaba bautizada como “El Nido de las Víboras” por el sitio donde se la había construido. Allí la empresa Goodyear maltrataba los neumáticos para comprobar su resistencia en determinadas condiciones de uso. Por ejemplo: la pista peraltada simulaba que un automóvil circulara en una ruta llana a unos 250 kilómetrospor hora.

Además tenían otros tramos de la pista texana donde la superficie estaba recubiertas de afiladas salientes que hacían estragos en los neumáticos de un determinado automóvil. Todas eran pruebas de resistencia para determinar las mejoras a realizar a un neumático, o para comprobar hasta donde resistía.

Por último les dejo el nombre del señor inclinado de la foto, ahora ya en su posición normal, A. E. Ferris, que era un ingeniero de la empresa de neumáticos Goodyear.

La fotografía de la pista peraltada y el ingeniero tejano apareció publicada en la revista Parabrisas número 25 del mes de diciembre del año 1962.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación o publicidad de ningún tipo.

Saturday, May 10, 2014

Un viaje a Rosario

En los años ochenta trabajé en una redacción donde conocí a compañeros que realizaron un viaje de fin de semana a la ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe. Hoy les doy a contar lo que les sucedió en aquella oportunidad.



Ni bien terminé mis estudios de periodista conseguí trabajo en una editorial que se dedicaba a publicar revistas dedicadas a las microcomputadoras, que por aquellos años, de mitad de la década del ’80, estaba totalmente de moda. De hecho aprendí a usar una computadora con una primitiva Czerweny CZ 1500  que era la licencia nacional de una Sinclair inglesa de 16 kbytes.

Como lector de la revista “K64” comencé a mandar cartas, porque en aquellos años no había mail. El tema es que como les descubrí errores en los programas en lenguaje BASIC que publicaban terminaron llamándome para que fuera colaborador de la Editorial Proedi, que era la que publicaba las revistas “Load Sinclair”, “Load Drean Commodore”, “Load MSX” y la mencionada “K64”.

Así que de lector pasé a ser integrante de la redacción de la revista que leía y para el año 1987 ya estaba cobrando mi sueldo en blanco. Ahí es donde conocí a los protagonistas de la historia que les voy a contar este domingo.

El secretario de redacción, Ariel, había entablado una amistad con Eduardo y Andrea, ambos redactores de la editorial. Además eran novios por aquellos años y en verdad de periodistas no tenían nada ya que eran grandes conocedores de computadoras por haber realizado estudios de analistas de sistemas.

En los comienzos en que las computadoras iniciaron su ingreso en el mundo del trabajo los primeros en realizar notas y comentarios eran técnicos y no periodistas. Todo era muy nuevo en esos primeros años de la informática y un adolescente podía saber mucho más que sus mayores en cuanto al uso de la computadora. Mucho más notable que en estos tiempos que corren.

Un fin de semana mis compañeros decidieron hacer un viaje a la ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe. Ariel estaba casado con Patricia que era oriunda de Rosario así que el viaje a la ciudad era para visitar a parientes y amigos. Andrea y Eduardo se prendieron en el viaje, ya que Andrea era la propietaria del Citroën 3 CV que los llevaría al destino marcado para ese fin de semana.

El viaje nació por diferentes motivos, uno de ellos, fue que ya estaba concluida la Autopista Buenos Aires-Rosario. Por entonces una flamante vía de acceso a la ciudad de la provincia de Santa Fe. Por eso la excusa era probar esa ruta nuevita. Así que un sábado por la mañana, creo, partieron rumbo a Rosario, los cuatro a bordo del 3 CV.

El viaje de ida hacia Rosario no mereció más que elogios, aunque advirtieron que no eran muchas las estaciones de servicio que había a la vera del camino. Algo que jugaría un papel protagonista en el regreso a Buenos Aires. Pero para que adelantarse a los acontecimientos si ahora disfrutaban del lisito pavimento en las suspensiones del 3 CV.

Ariel y Patricia visitaron parientes mientras que Andrea y Eduardo recorrían Rosario con sus atractivos turísticos. Todo eran rosas y alegría. Luego de la visita a los parientes había que regresar a casa para el lunes ir a trabajar a la editorial. El domingo al caer la tarde emprendieron el regreso. Lo hicieron temprano por el tránsito, no tan abundante como es ahora en el siglo XXI, y por un amenazador frente de tormenta que se perfilaba sobre el río Paraná.

“Te imaginas si se nos pincha una goma bajo la lluvia”, mencionó al pasar Eduardo al arrancar el viaje de regreso a Buenos Aires. Acababa de convocar a al diablo o las malas ondas o a la mala suerte o a lo que quieran que se llame desgracia. Ni bien dejaron atrás el Parque de la Independencia y tomaron la flamante autopista una lluvia torrencial se descargó sobre el frágil 3 CV. Ni los limpiaparabrisas lograban evacuar el agua que caía sobre el pequeño parabrisas.

Pero como todos los fierreros de alma sabemos ese no es un impedimento para el 3 CV siga un marcha sin fatiga alguna. Estos nobles autos han salido de situaciones muchísimo más complicadas. Pero la pinchadura de un neumático frena al mejor automóvil del mundo, a menos que se quiera destruir la llanta involucrada. Y eso déjemelo para una competencia deportiva, pero no para un auto de calle en un viaje de placer.

Aunque de placer nada tuvo el regreso a casa para nuestros cuatro protagonistas. Tuvieron que mojarse para cambiar el neumático pinchado, en especial Andrea que era la dueña del 3 CV y una gran conocedora del auto. Tanto que lo repara ella misma. Algo no habitual en aquellos años y tampoco tan frecuente en la actualidad. Cambiado el neumático la marcha se reanudó. Nada raro, lo que sí un poco húmedo. Pero el camino a casa se reemprendió.

La convocatoria a la desgracia estaba hecha y el camino era largo y lleno de sorpresas. Como una nueva pinchadura en plena noche de tormenta. Parecía que solo caía agua sobre la Autopista Rosario-Buenos Aires. Como en algunos dibujos animados donde la nueve persigue al protagonista, esta gran nube seguía el trayecto de nuestro 3 CV. ¿Se acuerdan de la falta de estaciones de servicio en la autopista que notaron los pasajeros del 3 CV de ida a Rosario? Bueno ahora la padecieron hasta caminar kilómetros bajo la lluvia hasta dar con una que reparara el neumático para regresar a casa. Y digo neumático en singular porque le tocó a Eduardo hacer el camino de ida y vuelta con la llanta del 3 CV. Dos neumáticos no eran pesados de cargar en su viaje buscando la reparación necesaria, bajo la lluviosa noche en la autopista.

Claro imagino que habrá caminado puteando la mención a pinchar una goma en el inicio de un viaje de regreso a casa. Tal vez aprendió la lección y no solo no lo dijo más sino que ni siquiera lo pensó al iniciar un viaje en auto hacia cualquier lugar. De regreso al 3 CV a seguir mojándose y colocar el neumático reparado y rogar que no se pinchara otro hasta llegar a Buenos Aires a un lugar caliente y seco. Porque a esta altura el 3 CV no era el lugar seco que uno hubiera deseado.

Cuando el lunes vi las caras de los cuatro pensé que la habían pasado mal en el fin de semana. Y no me equivoqué. Pero lo que yo creía que era por falta de sueño por haber regresado tarde desde Rosario en realidad era el agotador viaje hasta altas horas de la noche del domingo, ya entrada la madrugada del lunes. Porque salieron, de Rosario, como a las 6 de la tarde y llegaron a Buenos Aires, como a las 2 de la madrugada del lunes. A las 9 de la mañana entrábamos a la redacción de “K64”. Con lo cual no pudieron dormir casi nada. Pero ese viaje a Rosario no l0 olvidarían por años. Tanto que yo que no fui protagonista lo recuerdo a casi 30 años de sucedido.

La moraleja de este relato es: “no digas nada negativo que pueda afectar tu viaje en automóvil. Ni siquiera lo pienses, a menos que quieras que se vuelva realidad”.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

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