Showing posts with label 1114. Show all posts
Showing posts with label 1114. Show all posts

Saturday, May 9, 2015

Autos en la calle

Ahí estaba sentado frente al teclado de la computadora con la pantalla en blanco del procesador de texto. Lo único animado era el cursor que titilaba como diciéndome, "dale pibe, cuándo empezas a escribir". Se habla del síndrome del papel en blanco cuando la creación no toca nuestras mentes. Hoy tenemos que hablar del síndrome del archivo vacío. Vacía estaba mi cabeza de historias, esas que aparecen domingo por vez.



La verdad que no sabía que escribir. "Tiene que ser algo más o menos bueno. Para no defraudar a los lectores", pensaba mientras veía titilar el cursor en la blanca pantalla. Estaba en esos pensamientos cuando por el rabillo del ojo veo pasar un Mehari rojo seguido por un Ford Falcon a toda velocidad desde mi ventana que da a la calle.

"Qué raro", pensé. Pero seguí encerrado en mis pensamientos. Que fueron interrumpidos por el estrépito de una potente bocina de aire. Un verdadero estruendo en la tranquila mañana de mi barrio. "¿Quién será el energúmeno que toca de esa forma la bocina?", me pregunté cuando un instante más tarde pasó por mi ventana un 1114 desbocado en una loca carrera seguido por un patrullero de más de 40 años.

"¡No puede ser!", exclamé y busqué las llaves de la puerta de calle. Una vez en la calle llegué a ver la cola de un 504 celeste que se alejaba. "No puede ser", me repetía. Don Mario mi vecino de enfrente estaba en la vereda y me hacía señas para que cruce. Don Mario es un hombre mayor que tiene tiempo para conocer todos los movimientos del barrio, de día y de noche. No puede conciliar bien el sueño así que suele andar desvelado por las noches.

"Anoche vi al 600 que se prendió fuego y llamé a los bomberos", me dijo. "¿Qué 600?", le pregunté con voz temblorosa, temía la respuesta de Don Mario. "Está a la vuelta de la esquina. No quedó nada. Ardió como Juana de Arco", me respondió. No le quise decir a Don Mario que parece que Juana de Arco no murió en la hoguera, pero no era hora, ni momento. "Lo vi desde mi cuarto y llamé a los bomberos. Pero llegaron tarde y no hubo nada que hacer", me relató los sucesos.

Estaba en la cama leyendo cuando algo naranja le llamó la atención. Era la Bolita que ardía como una fogata de San Juan y San Pedro. No podía creer que la Bolita estuviera a la vuelta de la cuadra de mi casa. Así que caminé la media cuadra y al llegar a la esquina, a mi derecha, efectivamente estaba la Bolita incendiada. En eso pasó nuevamente el Mehari rojo con un Ford Falcon detrás a toda velocidad.

Del otro lado venía el 504 celeste esta vez vi a la colorada y puede constatar que tenía ojos verdes. Algo estaba pasando y no sabía qué. Volví donde estaba Don Mario y este me preguntó, "¿sigue el 600 ahí?", le asentí con la cabeza ya no tenía fuerzas para hablar. Cuando detrás de mí pasó un Valiant azul con tres muchachos en su interior. "Es la quinta vez que pasan esta mañana", me dijo Don Mario. 

"¿El Valiant?", le pregunté. A lo que mi vecino me contestó que sí. "No sé que buscan", me dijo Don Mario. "El río", le respondí en forma automática. Don Mario me miró como si estuviera loco. Estábamos, en el barrio, muy lejos de cualquier cauce de agua. Al darme vuelta veo pasar una Cross Country cargada de personas que iban cantando no sé que. "No puede ser", me dije nuevamente. Me puse a caminar por el barrio para ver qué pasaba en otras cuadras.

Al dar vuelta en la esquina de mi casa para la izquierda veo pasar un colectivo de la línea 105. Ahí terminé de confirmar todas mis sospechas. Los relatos se habían vuelto realidad. Por algún extraño fenómeno estaban corporizándose, materializándose, ficciones que habían salido de mi cabeza y que había dado forma en el teclado de una computadora. Ni siquiera habían estado escritas en papel, solo eran entes digitales.

Como si de repente los autos y personajes creados en una computadora en mi casa se hubieran escapado para tomar vida. Pero de mi computadora no habían salido. A esta altura de los acontecimientos me tranquilizó la idea que todo fuera un sueño y que en breve me despertaría. Pellizcarme me pareció poco, o muy visto, le encajé una soberana patada al árbol que tenía enfrente de mí. ¡La puta como duele! No estaba dormido. Ahora dormidos tenía los dedos de los pies por el patadón al árbol.

Seguro que iba a renguear todo el día. Doña María, otra vieja vecina, pasó a mi lado y me dijo, "¿qué le pasó?". Le dije que había tropezado con la raíz de un árbol. No le iba a contar la verdad para que me creyera loco, como Don Mario. "¿Vio ese 105? ¿Qué raro que pase por acá? ¿No?, me dijo Doña María. Me lo dijo con un tono y una mirada como si sospechara que era el culpable de todo lo que parecía estar pasando en el barrio.

El Mehari rojo seguía su loca carrera con el Falcon detrás. Por cuarta o quinta vez vi pasar al 504 y a la colorada. Ni hablar del 1114 con la bocina estruendosa y lleno de pasajeros. Todos, absolutamente todos, los autos de la calle estaban desquiciados. Y no sabía cómo habían llegado ahí, ni porqué. Caminé hasta la plaza del barrio en búsqueda de paz, verde y pajaritos. Pero los autos estaban por todas partes y alrededor de la plaza. Igualmente en adentré en la plaza y me senté a respirar un poco de aire más oxigenado. Mis neuronas lo pedían a gritos.

Estando sentado es cuando me acordé de la película "La Rosa Púrpura del Cairo" donde los personajes escapa de la pantalla en los cines donde se proyectaba la película. Ahí estaba el inicio de todo este entuerto. Los autos y los personajes se habían fugado de las miles de pantallas que leen los relatos publicados en Internet. Y la red es lo suficiente extensa para que esto pueda reproducirse en cualquier lugar. Eso me estremeció un poco. "¿Estará pasando lo mismo en otras partes?", me interrogué a mi mismo.

Salí disparado para la casa de artículos para el hogar que suele tener un LCD gigante en la vidriera sintonizado en un canal de noticias, todas malas por cierto. Llegué corriendo y sin aliento. Nada, todo normal. Un embotellamiento en tal lado, un choque en tal otro y un corte en aquel puente. El quilombo de tránsito de todas las mañanas. Pero nadie hablaba, o mostraba, que autos del pasado estuvieran correteando por ahí.

Era evidente que el problema estaba circunscripto al barrio donde vivo. Menos mal que mis vecinos no saben que escribo estos relatos. Pero Doña María algo sospechaba. Tal vez es una seguidora con un nic o un seudónimo. Como Fierra Gómez. No estoy pensando bien. Esto de los autos dando vueltas enderedor mío me está enloqueciendo.

Debo encontrarle una solución rápida o más autos y personajes se van a escapar de algún otro monitor. De vuelta a casa me crucé con un 3 CV verde con una gorda adentro. Espero que la puedan sacar del asiento, pensé con una sonrisa dibujada en los labios. El primer rasgo de humor en esta loca mañana. Un Torino rojo pasó volando con los vidrios bajos y la radio a todo volumen. "Allá va otro", pensé y seguí rumbo a mi casa. No quise levantar la cabeza de la vereda. Era levantar la vista para ver pasar un personaje o un auto de uno de los relatos ya escritos y publicados.

Una verdadera pesadilla que no le encontraba la forma de solucionarla. Y no era un sueño. El pie me dolía como el demonio. "Cuando llegue a casa me pongo una bolsa de hielo. Esa que tengo en el congelador que sirve para cuando me hoy de camping", me dije a mi mismo con un ligero rengueo. Otra vez el 1114 con la bocina a todo lo que da. Creo que es el más molesto de todos. Porque la verdad que el 504 con la colorada no me molesta que pase a cada rato. Más si la colorada me quiere dar un beso en la mejilla.

Pero eso no iba a suceder porque no está escrito. Al menos yo no lo escribí de esa forma. Seguía sin saber cómo iba a terminar esta historia. Tiene que tener un final porque si no, el final, lo tendré yo. Pero cómo lo finalizo. Eso pensaba cuando el dolor del pie me lo permitía. "¿Por qué se me habrá ocurrido patear el árbol?", pensaba mientras acortaba la distancia desde la plaza a mi casa.

Llegué a la puerta de mi casa. Entré y fui en busca del hielo en el congelador. Lo saqué y luego de quitarme la zapatilla me puse el hielo sobre la medida para que no fuera tan directo. Mientras esperaba que pasaran los quince minutos de la sección congelativa, pensaba cómo resolver este entuerto. Entuerto que ni siquiera había armado. ¿O sí? Al crear todas esas historias estas se creyeron reales y se materializaron.

El dolor menguaba y las neuronas comenzaban a preocuparse de otros menesteres. "¿Y si escribo un relato donde logre juntar a todos los personajes y los lleve a un lugar? ¿Eso no los devolverá dentro de las miles de computadoras de donde salieron?", pensaba. Tal vez podría funcionar, o no. Total no tenía ninguna idea para el relato del próximo domingo. Eso al menos sería una buena historia. Mezcla de ficción con realidad con algo sobrenatural, o sobredigital, para ser más precisos.

Me puse nuevamente la zapatilla, no sin antes putearme un poco por haber pateado el árbol de la vereda. Me encaminé hacia la computadora. Al sentarme frente al monitor veo que hay un texto escrito en el procesador. "¿Quién escribió esto?", dije en voz alta. No podía creer lo que veía en la pantalla del monitor. Estaba leyendo, lo que ustedes, están leyendo en este preciso momento. Estas líneas que hablan de autos en la calle. La pregunta que me hago es: "¿quién las escribió? Si yo no fui porque estaba en la calle viendo pasar los autos.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Han pasado unos días del extraño suceso. Mis vecinos, casi, lo han olvidado. Espero que no lean estas líneas publicadas en alguna parte. En general son personas mayores que no usan la computadora. Don Mario me dijo que el 600 ya no está más quemado a la vuelta de la esquina y que los demás autos no pasaron más.

Otros vecinos, como Doña María, no me miran con recelo. Doña María parece que se olvidó de todo, creo que no es una seguidora de la página, y está preocupada por el frío que se vino de golpe en este otoño. Yo no puedo olvidar lo que pasó esa mañana. Los autos en la calle y por culpa mía. ¿Quién escribió este relato? Buena pregunta, que no sé si algún día lo sabré, como otras tantas que nos pasaron. Pero quién sabe si en un próximo relato dominguero todo este entuerto se resuelve, o no.

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace:  http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html 

Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación de ningún tipo.

Saturday, April 25, 2015

Arriba del bondi

Salí corriendo de casa, como casi todos los días, sino no llegaba a la facultad. Eran años de estudios para mejorar los conocimientos. Años de aprendizajes que tontamente creía que tendrían un final. La vida me ha enseñado que el aprendizaje nunca termina y que cuando dejamos de aprender, comenzamos a morir. Todavía creo estar lejos de eso. Y aquel día aprendería algo más aunque fuera un joven universitario.



Llegué corriendo a la parada del bondi y este casi arrancaba, fui el último de la cola en subir. "Cuidado que arranco", fue el grito del chofer. Eran años que los colectivos circulaban con las puertas abiertas sin grandes cuestionamientos por nadie. Como casi todos los días el bondi estaba repleto. "Un pasito que en el fondo hay lugar", dijo el chofer mirando para el fondo del colectivo por el enorme espejo encima de su cabeza.

Esa frase la habré escuchado ciento de veces y en algunas oportunidades no había donde correrse. Pero el chofer la tenía como una muletilla. "¿A dónde querés que me corra?", gritó desde la mitad del bondi un tipo que parecía un obelisco encerrado. La verdad que el colectivo, en ese momento, debería de haberse construido en goma… para estirarse un poco más.

Saqué mi boleto y el chofer me dio el vuelto. Algo que no siempre solía pasar y te decía "cuando bajes pedime el vuelto". Monedas y billetes eran los necesarios para poder pagar el boleto de papel que te daba el chofer mientras manejaba, puteaba a un automovilista y te abría o cerraba la puerta. Coleccionaba boletos capicúas justo como el que me acababa de dar el chofer. "Hoy va a ser un gran día", me dije para mis adentros.

Era importante para mí porque tenía un parcial bravo en la facultad y me había preparado estudiando mucho. Así que tenía que salir todo bien. El día me diría si estaba equivocado o no. Pero las cosas siempre las pensamos de una forma para luego, puestas en el correr del día, salgan disparadas para cualquier lado, menos el que planeamos.

Apretados pero no tanto para no poder respirar seguíamos en marcha hacia nuestros destinos. Éramos tantos en el bondi que el chofer había dejado de cargar pasajeros. Solo bajaban, por atrás, los que podían. Los otros lo hacían por adelante y ahí podían subir los pasajeros que estaban en las paradas.

Todo seguía sobre ruedas. Pero las cosas no siempre son como las planeamos, como dije antes. Una de las cosas que me llamó la atención del colectivo era que tenía una estruendosa bocina de aire, que el chofer la hacia sonar de vez en cuando. Llegamos a una parada y el bondi se quedó parado más de la cuenta. Pensé que estaban bajando por la puerta delantera y subiendo más pasajeros. No podía ver porque estaba a la mitad del colectivo.

Un murmullo de los pasajeros de la parte delantera me sacó del sopor matutino. "El chofer se desmayó", gritó una mujer desde adelante. Así parecía. Al llegar a la parada el tipo se desplomó sobre el volante del bondi. El alboroto que se armó fue grande hasta que alguien pidió paso. Era un médico que estaba abordo y se pudo acercar hasta el chofer. Lo revisó y dijo, "tuvo un ataque. Parece un infarto. Tenemos que llevarlo a la guardia de un hospital", dijo el médico.

"Hay que llamar a una ambulancia", dijo otro pasajero. Aquellos años de mí juventud eran escasos de tecnología electrónica, así que los teléfonos celulares eran solo para las películas de James Bond. Había que hablar por un teléfono público en la calle o comercio. "Llamemos al CIPEC", dijo otro pasajero desde el fondo. El médico dijo que iban a tardar mucho en llegar y eso podía ser fatal para el chofer.

Lo pensé unos segundos y dije "yo lo puedo llevar". "¿En qué?", me preguntó el médico. "En este colectivo", le respondí. La cara de asombro de todos fue enorme. Un joven de unos veinte años estaba dispuesto a manejar el colectivo hasta la guardia del hospital. "¿Vas a poder manejar el colectivo?", me preguntó con cara de asombro el médico. Les expliqué que confiaran en mí que sabía manejarlo.

El verano anterior nos habíamos ido de vacaciones con la familia a bordo de un 1114 que mi padre había comprado con el fin de hacer una casa rodante autopropulsada. Pero nos fuimos de campamento a la playa así como colectivo con todos los asientos. Tuve la oportunidad de manejarlo sobre una ruta desolada. Esa era mi experiencia al mando de un colectivo. Eso no lo sabía el médico.

Otra cosa era mover esa ballena dentro del tránsito porteño. Ahí estaba el pequeño problemita, pero con el porte del 1114 seguro que me iban hacer lugar. "Entonces movete y vamos a la guardia del Rivadavia", ordenó el médico. Corrimos al pobre chofer hacia el piso del bondi donde le pusieron pulóveres a modo de almohada. Mientras el médico lo asistía. También se había sumado una enfermera que era pasajera del colectivo.

"Nos vamos al Rivadavia. Así que los que estén apurados se bajan acá", ordené al mando del colectivo. Algunos se bajaron, pero muy pocos el resto optó por quedarse arriba del bondi. "Vamos a llevar a este pobre hombre", dijo con voz temblorosa una viejita que estaba sentada detrás del conductor. Todos asintieron.

Me senté al mando del 1114, que seguía en marcha y por suerte en punto muerto. Sino hubiera sido un desastre para todos nosotros. Pensé para mis adentros "esto no va a ser fácil", pero veamos que puedo hacer. "Arrancamos. Y agárrense porque vamos a viajar rápido", dije. Algunos sensatamente se sentaron en el piso del colectivo por lo que pude ver por el espejo de arriba del puesto de conducción.

El tema era que había que dar vuelta el colectivo porque el Hospital Rivadavia quedaba para atrás, cerca de mi casa. Ya habíamos pasado la Avenida Callao y volver para atrás no sería tan sencillo. Seguí derecho hasta la plaza que desembocaba la Avenida Las Heras y le di la vuelta. No se imaginan cómo di la vuelta. Les dije que el colectivero hacía sonar una bocina a aire. Bueno la usé para abrirme paso. En realidad abusé de la bocina.

Sonaba como un barco. Muchas veces las había visto colocadas en la columna de dirección con una fina varilla de metal rematada en una perilla de plástico. Era como un chico con un dulce. Tanto hice sonar la bocina para abrirme paso que pronto llamé la atención de un policía en motocicleta. Más que los pasajeros comenzaron a sacar pañuelos por las ventanillas del colectivo. Además comenzaron a gritar y eso era llamativo en ese paquete barrio de Recoleta. 

La calle Vicente López siempre era un tapón de tránsito pero a fuerza de la bocina, los gritos de los pasajeros y la mole del 1114 nos abrimos paso. Un policía en moto se había puesto a la par, ya lo había visto por el espejo retrovisor. "¿Qué pasa?", me dijo por la ventanilla del conductor. "Tenemos descompuesto al chofer y lo llevamos a la guardia del Rivadavia", le grité. Se convenció cuando vio al médico que afirmaba detrás de mí mis palabras.

"Yo les abro paso", dijo y salió disparado delante del colectivo para cortarme el tránsito de las calles transversales. Ahí comenzó una loca carrera por llegar a la guardia del hospital. Doblamos como veníamos en la Avenida Callao, que era doble mano. Hasta doblar nuevamente por Avenida Las Heras. Un "oohh" de los pasajeros acompañaron los dos giros. Nunca pensé que el 1114 iba a doblar de esa forma.

Pisé a fondo el acelerador por la bajada de la Avenida Las Heras buscando llegar lo más rápido posible al Rivadavia. Ya para entonces un patrullero de la comisaría 17ª se había sumado al convoy. Claro pasamos por la puerta de la comisaría ante el asombro de todos los canas que estaban en la puerta. Estaban avisados por el policía de la moto.

Así que ya eran dos motos las que nos cortaban el tránsito y por delante el patrullero anunciada nuestro paso a toda velocidad rumbo al hospital. Ya faltaba poco. Acabábamos de cruzar la Avenida Pueyrredón y con el semáforo en rojo. Nunca pensé que un colectivo podía correr tanto dentro de la ciudad el velocímetro había pasado de los 90 kilómetros por hora y parecía lanzado en un loca carrera. "¿Cómo lo voy a frenar?", pensé cuando me faltaban pocas cuadras para llegar a la calle Austria.

Ya a mitad de cuadra antes del cruce con Austria comencé a frenar para poder doblar a la izquierda y entrar por el portón del Hospital Rivadavia, que estaba abierto de par en par esperando nuestro arribo. El tránsito de la Avenida Las Heras estaba cortado para poder doblar sin problemas gracias a las dos motos de la policía. 

La sacudida que pegó el colectivo cuando subió la vereda en la entrada de la guardia fue impresionante. "Uhh", se escuchó dentro del colectivo y la frenada del bondi. Los frenos a aire resoplaron como un búfalo enojado. Pero paramos. Abrí las dos puertas para que bajaran al chofer descompuesto y los pasajeros, que no iban a olvidar el viaje alocado por mucho tiempo.

Dos camilleros y un médico esperaban en la rampa de la guardia para trasladar al chofer para hacerle los auxilios necesarios. El médico del bondi se fue con ellos para adentro. Los pasajeros comenzaron a aplaudirme y dar vítores por la llegada tan rápido al Hospital Rivadavia. Algunos se excusaron y se fueron para sus trabajos y otros se quedaron para ver la suerte corrida por el chofer.

Mientras tanto acomodé en un lugar donde no molestara el colectivo y lo paré. "¿Qué íbamos hacer con ese bicho?", pensé mientras detenía su motor. Saqué las llaves del tablero. Cuando veo uno de los policía de la moto que se me acerca a la puerta. "Lo hiciste bien pibe. ¿Quién te enseñó a manejar el 1114?", me preguntó. "La verdad que nadie. Mi viejo me puso a manejar uno arriba de una ruta", le contesté. Asintió con la cabeza mientras le alcanzaba las llaves del colectivo.

Me dijo que ellos se iban de encargar de comunicarse con la empresa del chofer para ponerlos al tanto de todo y para que viniera alguien a retirar la unidad. Me bajé del colectivo y encaré para la guardia para ver cómo estaba el chofer. Me encontré con el médico que lo había asistido en el bondi.

"Muy bien pibe. Lo salvamos al chofer", me dijo con alegría en el rostro el médico. Me contó que había sufrido un infarto y que gracias a mi rápido viaje a la guardia lo salvamos de un mal mayor. Incluso ya estaba mejor y consciente. "La sacó barata", me dijo el médico mientras me palmeaba la espalda.

Todos en la guardia sabían que era el "pibe" que había traído al chofer en el colectivo. Pasé a ser una celebridad. Mientras mi parcial en la facultad se iba por la cloaca. Todo no se puede en la vida. O salvaba la vida de un pobre tipo o salvaba la materia de la facultad. Elegí lo primero era más valioso, lo otro tendría una segunda oportunidad. Como tenía ahora el chofer del colectivo. Claro que ahora tendría que hacer buena letra después de este aviso que le dio la vida.

Al salir de la guardia del Rivadavia una nube de periodistas ya se habían enterado y los móviles de canales de televisión y radio estaban en la puerta. Se ve que alguien les dijo que era "el pibe" que había manejado el colectivo, que seguía estacionado al lado de la guardia. Tuve que decir algunas palabras. Se me ocurrió mencionar que tenía un parcial en la facultad y que ya no iba a llegar a darlo. Pero salvar la vida de una persona era más importante que un examen.

Antes las noticias no tenían la velocidad que ahora. No había celulares, ni Internet y la televisión por cable comenzaban a caminar en el país. Pero si había móviles "en vivo y en directo", como anunciaban los canales de televisión. Así que a la noche muchos me vieron en las noticias del día. Un muchacho arrojado que manejó un colectivo a toda velocidad por las calles de Buenos Aires.

Al otro día todo fue normal o no tanto. Al llegar a la facultad mis compañeros comenzaron a vitorearme por la hazaña del día anterior. La verdad que me sentí un poco héroe, pero en realidad no había hecho otra cosa que la correcta. Al menos eso creía. "Te perdiste de dar el parcial", me dijo una compañera. Una colorada de ojos verdes impresionantes, que solía traerla en un tipo más grande que ella en un 504 celeste metalizado. La verdad que todos nos babeamos un poco con la colorada. Era rara como si no fuera de nuestro tiempo.

"Si. Pero la verdad que le salvé la vida a un hombre. Eso vale más que un parcial", le dije. La respuesta de la colorada fue un sonoro beso en la mejilla. "Ya está", pensé que más puedo pedirle a la vida. Que esto dure un tiempo más, así mi ego se mantenía gordo. Pero siempre hay algo más. Y estaba por ocurrir en poco tiempo más.

Seguí rumbo a la comisión que me tocaba ese día con un sabor algo amargo por la pérdida del parcial del día anterior. Cuando me cruzo a la profesora de la materia que me dice, "ayer no viniste a dar el parcial. Era crucial para que te quedes en el curso". Eso lo sabía de antemano. "Si. Pero no pude. Tuve algo más importante que hacer", le dije. No iba a explicarle. Era una tipa difícil de tratar.

Pero la sorpresa fue lo que me dijo a continuación, "lo sé. Le salvaste la vida a un hombre. Sin tu ayuda se hubiera muerto". Me quedé helado. La tipa estaba al tanto de todo. "Lo vi anoche en el noticiero de la tele", me dijo. "Me parece que bien valía la pena perderse el parcial", siguió diciéndome. No podía creer los que me decía. "Lo hablé con el rector y decidimos, como única vez, que rindas el parcial solo. Lo tenes que hacer ahora", me dijo.

"Claro", le respondí. Me llevó a un aula vacía donde me dio una hoja con las preguntas del mismo parcial que habían hecho mis compañeros. A solas, los dos en ese aula vacía rendí mi parcial escrito que salvó mi materia y la vida de un chofer de colectivo. Aprendí que la profesora no era tan dura como parecía y que podía salvar una materia esforzándome en estudiar. La relación con esa profesora cambió radicalmente por el resto del año y de la carrera.

Pero lo más importante fue que me demostré a mi mismo que podía manejar un bondi en forma enloquecida por la ciudad, claro que con cierta ayuda policial. En el fondo de mi mente tenía el sueño de manejar un colectivo y sentir el poder del tamaño frente al resto de los vehículos del tránsito porteño. Lo hice y lo mejor de todo que le salvé, perdón le salvamos, la vida a un tipo. Eso nunca me lo olvidé. Lo aprendí para siempre.

Mauricio Uldane


Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace:  http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html 

Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación de ningún tipo.

Popular Posts