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Saturday, October 11, 2014

Una camioneta llamada Mercedes

Era de segunda mano, esas que se armaron en el país, una cosa rara que solo se vendieron por acá. Hoy son buscadas por los coleccionistas de Europa por ser un vehículo que en su país de origen, Alemania, no existen. No sé si el señor Eduardo sabía todo esto, pero igualmente la compró: una camioneta Mercedes-Benz modelo 1971, o tal vez 1972.



Blanca como la nieve que estaba en muy buenas condiciones. La compra fue para su estancia, esa de cuyo nombre no me quiero acordar, como le pasaba al hidalgo de la península ibérica. El nombre de la estancia y la marca de yerra irían a parar a las puertas de la Mercedes, eso fue una mala idea que luego comprobaría in situ.

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos de la camioneta llamada Mercedes. Vayamos por parte como decía el célebre inglés, ese que por hobby se dedicaba a descuartizar personas, ¡la gente no sabe como entretenerse! Lo cierto es que la Mercedes estaba en buenas condiciones. Tuve la oportunidad de verla en un garaje de Buenos Aires, el cual mantendremos en el anonimato.

Mi padre supo acompañar al señor Eduardo en un viaje, previo a los acontecimientos que más tarde les narraré. En ese viaje iniciático, digo para la Mercedes, se adentraron por los caminos de la provincia de Córdoba buscando el norte, allí donde la lluvia no abunda, pero cuando cae ¡mamita mía!

Eso fue lo que pasó en el camino rumbo a la estancia del hermano del señor Eduardo. Comenzó a llover como si el pronóstico del tiempo lo hubiera escrito el mismísimo Noé. Claro que la Mercedes no era un arca y menos aún llevaba animales a bordo. Salvo los dos pasajeros…

La lluvia no se hizo esperar y luego de una parada técnica en la estación de servicio en la ruta reanudaron la marcha en búsqueda del campo. A esta altura del partido debo decirles que la Mercedes era diésel, porque fueron los únicos motores que equiparon a esas camionetas. Es fundamental conocer ese dato técnico para tener en cuenta en la parte que viene del relato.

Como dije es una zona en la que llueve poco, pero cuando lo hace ¡busquen los botes! Eso precisamente es lo que pasó en el camino hacia la estancia del hermano del señor Eduardo. Literalmente el camino era un río, pero el suelo era firme aunque de tierra.

Ahí comenzó a “nadar” la Mercedes primero un poco de agua, luego un poco más hasta llegar a la mitad de las puertas. Por último lo único que se veía de la trompa de la camioneta era la estrella del capot que parecía flotar en medio de la ruta anegada.

Mi padre miró para la caja de la Mercedes y lo único que vio fue agua y las cosas que llevaban flotaban graciosamente dentro. Por suerte las valijas estaban en la parte de atrás del asiento de la cabina. La Mercedes seguía en marcha como si se tratara de una lancha con las burbujas saliendo del caño de escape.

Más de una vez tuvieron que darle marchas atrás por alguna encajadura. Y nuevamente para adelante. Para atrás y para adelante. En el camino de tierra, perdón de agua, esa acción la tuvieron que repetir varias veces. De bajarse ni hablar, no se podía solo era seguir hacia la estancia y rogar que el agua bajara. Cosa que pasó y lentamente esa inmensa laguna, que era la ruta, se fue secando.

Cuando llegaron a la estancia la pregunta del millón era “¿cómo lo hicieron. Porque nosotros ni nos animamos con la F-100?”. Claro era la Mercedes la que había caminado bajo, o sobre, el agua de la ruta. A la vuelta el tiempo estuvo seco y que de ida era una laguna ahora era una ruta de tierra. Así es el tiempo por esos parajes cordobeses.

Una vez retornados a Buenos Aires se procedió a pintar el nombre de la estancia y la marca de yerra en las puertas de la Mercedes, como para que todos supieran de dónde venía aquella camioneta blanca. Pero fue una mala idea que en un viaje de vacaciones se haría muy manifiesto.

El señor Eduardo, vaya a saber en que sueño o borrachera, se le ocurrió que podría llevar a su esposa y sus dos hijos de vacaciones en casa rodante tirada por la Mercedes. El destino: las cataratas del Iguazú. Nada menos que un viaje de unos 3.500 a 4.000 kilómetros.

No es algo que no han hecho otras familias, pero una burguesa acomodada dueña de una estancia era como bajar a la plebe para ver cómo vivían. Pero lo hicieron. Alquilaron una casa rodante por un mes o más, no recuerdo ese dato con exactitud, colocaron el gancho para poderla remolcar en las vacaciones y partieron.

No hay partida sin dolor, pero ellos iban alegres. La alegría se iría transformando con los kilómetros y las provincias dejadas detrás. No es nada fácil para una familia acomodada vivir casi un mes en una casa rodante para cuatro personas. Aquellos que alguna vez lo hicieron saben a que me refiero.

El contacto físico es como en el rugby, intenso y puede llegar a ser doloroso. O pero aún si le sacamos la letra “d”… Porque ese fue lo que pasó cada vez que el señor Eduardo necesitaba de los servicios esenciales del baño. Esos servicios sanitarios que no se pueden eludir por más que hagamos fuerza… perdón no era esa la palabra. Por más que nos esforcemos… peor. No por más que pongamos empeño, ¡eso sí!

Empeño tuvo que poner el resto de la familia ante la concurrencia al baño del señor Eduardo para desalojar por completo la casa rodante y retornar luego de pasada la baranda, que no voy a describir por buen gusto y apego a las tradiciones de la mejor estirpe.

Casa chica, problemas grandes. Recuerdan que les dije lo del contacto físico, esto era parte de esas acciones. Pero como estaban de vacaciones diferentes todo se toleró y la meta era llegar a las cataratas para contemplar su espectáculo. Por suerte no les tocó sequía como alguno que conozco, que luego de ahorrar por años, para pagar el viaje, cuando llegó solo había un hilo de agua.

La Mercedes se portó de maravillas, si lo había hecho bajo el agua en Córdoba, como no se iba a portar bien en la Mesopotamia. La humedad le sentaba bien. Porque si quieren humedad vayan a Misiones. Tanta era la que había que la cámara réflex constantemente tenía la lente empañada. Vi fotos como tomadas en nebulosa, o con un filtro, por esa humedad que hay en el medio ambiente.

El único problema grave lo tuvieron con las inscripciones en las puertas de la Mercedes. En todos lados les preguntaban dónde quedaba la estancia y si eran los dueños y demás. Era como si le hubieran pintado un cartel que dijera “miren aquí estoy”. El señor Eduardo se arrepintió más de la cuenta por haber pintado el nombre de la estancia en las puertas de la camioneta blanca. Ni hablar de su esposa que se lo recriminó en otros términos y con epítetos que no mencionaré por el uso de las buenas costumbres.

Pero todo tiene su lado bueno. La familia tuvo un contacto del tercer tipo con la naturaleza, la gente preguntona, la casa rodante y la vida familiar estrecha, todo conducido por nuestra Mercedes testigo muda de toda estas vacaciones en Misiones y sus aledaños.

Si el señor Eduardo tenía la fantasía de cumplir un viaje en casa rodante, lo logró, pero no entusiasmó al resto de su familia. Para muestra basta y sobra un botón. Debut y despedida. Menos mal que no compró la casa rodante, porque se la tendría que haber metido en el… justamente de donde salían aquellos efluvios nocivos que obligaban al resto de la familia a abandonarla cada vez que él concurría al baño.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Friday, August 8, 2014

Por fin me la quité de encima

Tal vez eso fue lo que pensó el señor que manejaba el automóvil que viene arrastrando la casa rodante. Es una pequeña historieta que muchos conductores les gustaría hacer realidad.



Cuatro dibujos de Siulnas fueron suficientes para hacer realidad el sueño de muchos automovilistas que se quieren sacar de encima a esposas latosas. O al menos es lo que nos reseña la breve historieta.

Una colina le sirvió al protagonista para deshacerse de la casa rodante con su esposa en el interior. Aunque si nos atenemos a la realidad y la legislación no es posible que una persona viaje en una casa rodante de un solo eje. Eso está expresamente prohibido por la ley de tránsito.

Pero esto es un dibujo dentro de una historieta y todo está permitido. Al igual que “perder” a la esposa en una subida en un camino que nos lleva, seguramente, a pasar unas vacaciones en las sierras.

La pequeña historieta dibujada por Siulnasapareció en la revista Parabrisas número 74 del mes de febrero de 1967.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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Thursday, May 29, 2014

Una casa rodante que flota

¿Se acuerdan de la Boyita? Si se acuerdan es que tienen más de 40 años de vida. Sino no tienen idea de esa casa rodante de PRFV (Fibra de Vidrio de Plástico Reforzado) que tenía la capacidad de flotar y hasta de ser propulsada por un motor fuera de borda.

Publicidad de la Boyita aparecida en la revista Auto Club en el número 55.


Revisando unas viejas revistas Auto Club, la publicación para los socios del ACA (Automóvil Club Argentino), me topé con una publicidad de la recordada casa rodante llamada Boyita. Que hasta fue protagonista de una película argentina en los últimos años. ¿Pero cuántos seguidores de Archivo de autos la recuerdan o la conocen?

Por eso me motivó a publicar esta vieja publicidad de esta casa rodante anfibia a la cual se le podía adosar un motor fuera de borda de 5 a 15 HP y tan sólo pesaba 350 kilogramos. Con lo cual la podía remolcar casi cualquier automóvil del mercado argentino de aquellos años ’70.

Lo que si recordaba eran sus faros traseros del Fiat 1500, incluso en la publicidad vemos uno de estos automóviles fabricados por Fiat Concord, en Argentina, remolcando una Boyita. Y también la vemos flotando en un río con su correspondiente motor.

¿Cuántas Boyitas habrán sobrevivido el paso de los años? Sería muy llamativo concurrir a un encuentro de automóviles con una Boyita de tiro. Y lo útil que sería para algunos predios donde se desarrollan los encuentros que reúnen automóviles clásicos y antiguos.

Un recuerdo para esa rara casa rodante que se fabricó en Argentina entre los años sesenta y setenta, que se distinguió por ser anfibia y única en el mercado local.

La publicidad apareció en la revista Auto Club número 55 de noviembre-diciembre de 1970.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


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