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Saturday, August 9, 2014

El elástico del 400

Mi padre compró un Chevrolet 400 usado hace unos 30 años. No recuerdo que modelo era exactamente, pero tal vez era de 1967 o 1968. Un domingo a la noche nos pasó algo que merece ser contado en estas historias con autos, que cada tanto aparecen en Archivo de autos, el sitio de los autos viejos que supimos conseguir.



Nací y me crié en el barrio porteño de Recoleta, pero eso no impedía que todos los fines de semanas lo pasáramos, en familia, en San Miguel, en el Gran Buenos Aires, donde vivo a la hora de escribir estas líneas.

La casa de mi abuela paterna era el lugar que nos cobijaba esos fines de semana fuera de la ciudad de Buenos Aires. Salvo algún raro acontecimiento los sábados y domingos era miguelinos. Ni la lluvia o el frío impedían que no pasáramos esos dos días en la casa de mi abuela Adelina.

Así que para mí los domingos eran raros en Buenos Aires. Para mí, desde chico, el barrio de Recoleta lo conocía de lunes a sábado. Como era extraña la vida durante la semana en San Miguel. Todos los negocios los veía cerrado, porque cuando era chico pocos comercios abrían sus puertas un domingo, salvo las panaderías y las casas de pastas.

Casi siempre tuvimos algún vehículo para trasladarnos de Recoleta a San Miguel, aunque hubo años que viajamos en colectivo, en especial en mis primeros años de la adolescencia. Era tomar el colectivo 108 hasta la esquina de Avenida Corrientes y Dorrego para subirnos al colectivo 176 que nos depositaba en San Miguel, a dos cuadras de la casa de mi abuela.

Pero en las épocas que mi viejo tenía auto la cosa era mucho más cómoda. Como aquella vez que había comprado el Chevrolet 400 de segunda mano. Como dije salíamos de Recoleta el sábado, a la tarde, después del almuerzo, ya que mi madre era la cocinera de la casa donde vivíamos y mi padre el chofer del patrón que era un abogado.

Llegábamos a la tardecita a la casa de mi abuela justo para la hora del mate. Al otro día, el domingo, partíamos por la tardecita, en los primeros años, cuando era mi chico. Pero con el correr de los años y el aumento del parque automotor comenzamos a volver a Recoleta luego de la cena. Era mejor para viajar porque el tránsito era menor y regresábamos más rápido que si lo hiciéramos a las 7 de la tarde.

Subimos todos al 400 con todos nuestros bártulos y emprendimos el regreso a casa y la semana laboral y estudiantil. Como siempre mi padre tomaba la vieja ruta 202, hoy ruta 23, para llegar a la Panamericana y de ahí hasta la Avenida GeneralPaz para llegar a Recoleta por el bajo, Avenida Lugones, Avenida Sarmiento y Avenida del Libertador hasta llegar a casa, muy cerca de donde hoy se encuentra la Biblioteca Nacional.

Todo iba de maravillas hasta antes de subir a la Panamericana. Justoen ese momento el 400 hace un ruido y se inclina hacia la derecha en su parte trasera. “Qué se rompió”, dijo mi viejo mientras trataba de acercarse a la vereda y buscando un lugar para parar.

Paramos justo delante de la comisaría de Don Torcuato, esa que está a unas tres cuadras sobre la ruta 202. Qué puntería que se rompa la hoja Uniflex trasera derecha, porque eso fue lo que pasó, delante de las fuerzas del orden. Hacía poco que la democracia había retornado, pero algunas “cositas” seguían dándonos dudas, muchas dudas, y algunas todavía persisten pese a que han pasado más de 30 años.

Bajamos con mi viejo para ver cómo solucionar el problema. Un grueso taco cuadrado, que por suerte, mi viejo tenía en el baúl fue la solución para levantar la cola del 400 y hacer de elástico rudimentario. En eso volvieron algunos canas a la comisaría haciéndose los graciosos con las Itakas. Uno a otro se la revoleó delante del auto estacionado en la puerta del destacamento policial.

Esa acción no la vimos con mi viejo abocados a solucionar el problema. Pero si la observaron mi madre, mi tía abuela y mi hermana que se habían quedado dentro del 400. Una vez “arreglada” la suspensión proseguimos la marcha a paso muy lento dado que el elástico estaba roto y las irregularidades del camino se hacían sentir en todo su esplendor.

Así subimos a la Panamericana a paso lento y por el carril de la derecha. A la altura de Bancalari el taco de madera se corrió de su posición y otra vez el auto se cayó de cola del lado derecho. A la banquina y nuevamente a buscar la solución. Un poco más de alambre de fardo y el taco de madera quedó mejor asegurado, tanto que aguantó el viaje hasta Recoleta.

Pero ahí no terminan la historia. En el ínterin nos vimos rodeados de policías bonaerenses. Cuál era el motivo. Seguro que nada tenía que ver con la rotura del Uniflex. Claro que no. Nuestro Chevrolet 400 azul era muy parecido a uno que tenía orden de captura por un ilícito, vieron como hablan los policías cuando están de servicio.
Cuando rodearon el auto y comprobaron que era una familia en plan de regreso a casa un domingo a la noche, casi ya en la madrugada del lunes, nos dejaron tranquilos y encima mi viejo, un poco caliente, les contó que nos habíamos quedados parados frente a la comisaría de Don Torcuato y nadie nos había dicho nada.

La bronca por la rotura del elástico pasó, por un momento, a un segundo plano por el susto del despliegue policial. Por suerte para todos nosotros no pasó a mayores, solo fue una leve confusión. La rotura del elástico tal vez fue nuestro salvoconducto. Imaginen que hubiera pasado si el auto seguía circulando por la Panamericana a su velocidad normal sin ningún inconveniente.

Tal vez este relato incluiría algún impacto de bala, por aquello de disparo primero y pregunto después, o algo peor. Pero el destino o la vida o vaya a saber qué no quiso que nada de eso pasara y hoy les puedo contar una anécdota tragicómica en los inicios de una democracia que comenzaba a gatear.

Todo este recuerdo lo disparó mi padre unos domingos atrás cuando, en un almuerzo familiar, se acordó que se había roto la hoja de elástico de ese Chevrolet 400 y porque estábamos hablando de los viejos autos y los nuevos que nos ha traído este siglo XXI.

No solo los viejos autos que supimos conseguir eran parte de la familia, hasta algunos tenían nombre o apodo, sino que nos han dejado anécdotas que contar a nuestros hijos, sobrinos, nietos o seguidores de un sitio como Archivo de autos. ¿Qué nos dejarán los modernos y computarizados autos del siglo XXI?

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Saturday, May 10, 2014

Un viaje a Rosario

En los años ochenta trabajé en una redacción donde conocí a compañeros que realizaron un viaje de fin de semana a la ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe. Hoy les doy a contar lo que les sucedió en aquella oportunidad.



Ni bien terminé mis estudios de periodista conseguí trabajo en una editorial que se dedicaba a publicar revistas dedicadas a las microcomputadoras, que por aquellos años, de mitad de la década del ’80, estaba totalmente de moda. De hecho aprendí a usar una computadora con una primitiva Czerweny CZ 1500  que era la licencia nacional de una Sinclair inglesa de 16 kbytes.

Como lector de la revista “K64” comencé a mandar cartas, porque en aquellos años no había mail. El tema es que como les descubrí errores en los programas en lenguaje BASIC que publicaban terminaron llamándome para que fuera colaborador de la Editorial Proedi, que era la que publicaba las revistas “Load Sinclair”, “Load Drean Commodore”, “Load MSX” y la mencionada “K64”.

Así que de lector pasé a ser integrante de la redacción de la revista que leía y para el año 1987 ya estaba cobrando mi sueldo en blanco. Ahí es donde conocí a los protagonistas de la historia que les voy a contar este domingo.

El secretario de redacción, Ariel, había entablado una amistad con Eduardo y Andrea, ambos redactores de la editorial. Además eran novios por aquellos años y en verdad de periodistas no tenían nada ya que eran grandes conocedores de computadoras por haber realizado estudios de analistas de sistemas.

En los comienzos en que las computadoras iniciaron su ingreso en el mundo del trabajo los primeros en realizar notas y comentarios eran técnicos y no periodistas. Todo era muy nuevo en esos primeros años de la informática y un adolescente podía saber mucho más que sus mayores en cuanto al uso de la computadora. Mucho más notable que en estos tiempos que corren.

Un fin de semana mis compañeros decidieron hacer un viaje a la ciudad de Rosario en la provincia de Santa Fe. Ariel estaba casado con Patricia que era oriunda de Rosario así que el viaje a la ciudad era para visitar a parientes y amigos. Andrea y Eduardo se prendieron en el viaje, ya que Andrea era la propietaria del Citroën 3 CV que los llevaría al destino marcado para ese fin de semana.

El viaje nació por diferentes motivos, uno de ellos, fue que ya estaba concluida la Autopista Buenos Aires-Rosario. Por entonces una flamante vía de acceso a la ciudad de la provincia de Santa Fe. Por eso la excusa era probar esa ruta nuevita. Así que un sábado por la mañana, creo, partieron rumbo a Rosario, los cuatro a bordo del 3 CV.

El viaje de ida hacia Rosario no mereció más que elogios, aunque advirtieron que no eran muchas las estaciones de servicio que había a la vera del camino. Algo que jugaría un papel protagonista en el regreso a Buenos Aires. Pero para que adelantarse a los acontecimientos si ahora disfrutaban del lisito pavimento en las suspensiones del 3 CV.

Ariel y Patricia visitaron parientes mientras que Andrea y Eduardo recorrían Rosario con sus atractivos turísticos. Todo eran rosas y alegría. Luego de la visita a los parientes había que regresar a casa para el lunes ir a trabajar a la editorial. El domingo al caer la tarde emprendieron el regreso. Lo hicieron temprano por el tránsito, no tan abundante como es ahora en el siglo XXI, y por un amenazador frente de tormenta que se perfilaba sobre el río Paraná.

“Te imaginas si se nos pincha una goma bajo la lluvia”, mencionó al pasar Eduardo al arrancar el viaje de regreso a Buenos Aires. Acababa de convocar a al diablo o las malas ondas o a la mala suerte o a lo que quieran que se llame desgracia. Ni bien dejaron atrás el Parque de la Independencia y tomaron la flamante autopista una lluvia torrencial se descargó sobre el frágil 3 CV. Ni los limpiaparabrisas lograban evacuar el agua que caía sobre el pequeño parabrisas.

Pero como todos los fierreros de alma sabemos ese no es un impedimento para el 3 CV siga un marcha sin fatiga alguna. Estos nobles autos han salido de situaciones muchísimo más complicadas. Pero la pinchadura de un neumático frena al mejor automóvil del mundo, a menos que se quiera destruir la llanta involucrada. Y eso déjemelo para una competencia deportiva, pero no para un auto de calle en un viaje de placer.

Aunque de placer nada tuvo el regreso a casa para nuestros cuatro protagonistas. Tuvieron que mojarse para cambiar el neumático pinchado, en especial Andrea que era la dueña del 3 CV y una gran conocedora del auto. Tanto que lo repara ella misma. Algo no habitual en aquellos años y tampoco tan frecuente en la actualidad. Cambiado el neumático la marcha se reanudó. Nada raro, lo que sí un poco húmedo. Pero el camino a casa se reemprendió.

La convocatoria a la desgracia estaba hecha y el camino era largo y lleno de sorpresas. Como una nueva pinchadura en plena noche de tormenta. Parecía que solo caía agua sobre la Autopista Rosario-Buenos Aires. Como en algunos dibujos animados donde la nueve persigue al protagonista, esta gran nube seguía el trayecto de nuestro 3 CV. ¿Se acuerdan de la falta de estaciones de servicio en la autopista que notaron los pasajeros del 3 CV de ida a Rosario? Bueno ahora la padecieron hasta caminar kilómetros bajo la lluvia hasta dar con una que reparara el neumático para regresar a casa. Y digo neumático en singular porque le tocó a Eduardo hacer el camino de ida y vuelta con la llanta del 3 CV. Dos neumáticos no eran pesados de cargar en su viaje buscando la reparación necesaria, bajo la lluviosa noche en la autopista.

Claro imagino que habrá caminado puteando la mención a pinchar una goma en el inicio de un viaje de regreso a casa. Tal vez aprendió la lección y no solo no lo dijo más sino que ni siquiera lo pensó al iniciar un viaje en auto hacia cualquier lugar. De regreso al 3 CV a seguir mojándose y colocar el neumático reparado y rogar que no se pinchara otro hasta llegar a Buenos Aires a un lugar caliente y seco. Porque a esta altura el 3 CV no era el lugar seco que uno hubiera deseado.

Cuando el lunes vi las caras de los cuatro pensé que la habían pasado mal en el fin de semana. Y no me equivoqué. Pero lo que yo creía que era por falta de sueño por haber regresado tarde desde Rosario en realidad era el agotador viaje hasta altas horas de la noche del domingo, ya entrada la madrugada del lunes. Porque salieron, de Rosario, como a las 6 de la tarde y llegaron a Buenos Aires, como a las 2 de la madrugada del lunes. A las 9 de la mañana entrábamos a la redacción de “K64”. Con lo cual no pudieron dormir casi nada. Pero ese viaje a Rosario no l0 olvidarían por años. Tanto que yo que no fui protagonista lo recuerdo a casi 30 años de sucedido.

La moraleja de este relato es: “no digas nada negativo que pueda afectar tu viaje en automóvil. Ni siquiera lo pienses, a menos que quieras que se vuelva realidad”.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

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