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Saturday, May 9, 2015

Autos en la calle

Ahí estaba sentado frente al teclado de la computadora con la pantalla en blanco del procesador de texto. Lo único animado era el cursor que titilaba como diciéndome, "dale pibe, cuándo empezas a escribir". Se habla del síndrome del papel en blanco cuando la creación no toca nuestras mentes. Hoy tenemos que hablar del síndrome del archivo vacío. Vacía estaba mi cabeza de historias, esas que aparecen domingo por vez.



La verdad que no sabía que escribir. "Tiene que ser algo más o menos bueno. Para no defraudar a los lectores", pensaba mientras veía titilar el cursor en la blanca pantalla. Estaba en esos pensamientos cuando por el rabillo del ojo veo pasar un Mehari rojo seguido por un Ford Falcon a toda velocidad desde mi ventana que da a la calle.

"Qué raro", pensé. Pero seguí encerrado en mis pensamientos. Que fueron interrumpidos por el estrépito de una potente bocina de aire. Un verdadero estruendo en la tranquila mañana de mi barrio. "¿Quién será el energúmeno que toca de esa forma la bocina?", me pregunté cuando un instante más tarde pasó por mi ventana un 1114 desbocado en una loca carrera seguido por un patrullero de más de 40 años.

"¡No puede ser!", exclamé y busqué las llaves de la puerta de calle. Una vez en la calle llegué a ver la cola de un 504 celeste que se alejaba. "No puede ser", me repetía. Don Mario mi vecino de enfrente estaba en la vereda y me hacía señas para que cruce. Don Mario es un hombre mayor que tiene tiempo para conocer todos los movimientos del barrio, de día y de noche. No puede conciliar bien el sueño así que suele andar desvelado por las noches.

"Anoche vi al 600 que se prendió fuego y llamé a los bomberos", me dijo. "¿Qué 600?", le pregunté con voz temblorosa, temía la respuesta de Don Mario. "Está a la vuelta de la esquina. No quedó nada. Ardió como Juana de Arco", me respondió. No le quise decir a Don Mario que parece que Juana de Arco no murió en la hoguera, pero no era hora, ni momento. "Lo vi desde mi cuarto y llamé a los bomberos. Pero llegaron tarde y no hubo nada que hacer", me relató los sucesos.

Estaba en la cama leyendo cuando algo naranja le llamó la atención. Era la Bolita que ardía como una fogata de San Juan y San Pedro. No podía creer que la Bolita estuviera a la vuelta de la cuadra de mi casa. Así que caminé la media cuadra y al llegar a la esquina, a mi derecha, efectivamente estaba la Bolita incendiada. En eso pasó nuevamente el Mehari rojo con un Ford Falcon detrás a toda velocidad.

Del otro lado venía el 504 celeste esta vez vi a la colorada y puede constatar que tenía ojos verdes. Algo estaba pasando y no sabía qué. Volví donde estaba Don Mario y este me preguntó, "¿sigue el 600 ahí?", le asentí con la cabeza ya no tenía fuerzas para hablar. Cuando detrás de mí pasó un Valiant azul con tres muchachos en su interior. "Es la quinta vez que pasan esta mañana", me dijo Don Mario. 

"¿El Valiant?", le pregunté. A lo que mi vecino me contestó que sí. "No sé que buscan", me dijo Don Mario. "El río", le respondí en forma automática. Don Mario me miró como si estuviera loco. Estábamos, en el barrio, muy lejos de cualquier cauce de agua. Al darme vuelta veo pasar una Cross Country cargada de personas que iban cantando no sé que. "No puede ser", me dije nuevamente. Me puse a caminar por el barrio para ver qué pasaba en otras cuadras.

Al dar vuelta en la esquina de mi casa para la izquierda veo pasar un colectivo de la línea 105. Ahí terminé de confirmar todas mis sospechas. Los relatos se habían vuelto realidad. Por algún extraño fenómeno estaban corporizándose, materializándose, ficciones que habían salido de mi cabeza y que había dado forma en el teclado de una computadora. Ni siquiera habían estado escritas en papel, solo eran entes digitales.

Como si de repente los autos y personajes creados en una computadora en mi casa se hubieran escapado para tomar vida. Pero de mi computadora no habían salido. A esta altura de los acontecimientos me tranquilizó la idea que todo fuera un sueño y que en breve me despertaría. Pellizcarme me pareció poco, o muy visto, le encajé una soberana patada al árbol que tenía enfrente de mí. ¡La puta como duele! No estaba dormido. Ahora dormidos tenía los dedos de los pies por el patadón al árbol.

Seguro que iba a renguear todo el día. Doña María, otra vieja vecina, pasó a mi lado y me dijo, "¿qué le pasó?". Le dije que había tropezado con la raíz de un árbol. No le iba a contar la verdad para que me creyera loco, como Don Mario. "¿Vio ese 105? ¿Qué raro que pase por acá? ¿No?, me dijo Doña María. Me lo dijo con un tono y una mirada como si sospechara que era el culpable de todo lo que parecía estar pasando en el barrio.

El Mehari rojo seguía su loca carrera con el Falcon detrás. Por cuarta o quinta vez vi pasar al 504 y a la colorada. Ni hablar del 1114 con la bocina estruendosa y lleno de pasajeros. Todos, absolutamente todos, los autos de la calle estaban desquiciados. Y no sabía cómo habían llegado ahí, ni porqué. Caminé hasta la plaza del barrio en búsqueda de paz, verde y pajaritos. Pero los autos estaban por todas partes y alrededor de la plaza. Igualmente en adentré en la plaza y me senté a respirar un poco de aire más oxigenado. Mis neuronas lo pedían a gritos.

Estando sentado es cuando me acordé de la película "La Rosa Púrpura del Cairo" donde los personajes escapa de la pantalla en los cines donde se proyectaba la película. Ahí estaba el inicio de todo este entuerto. Los autos y los personajes se habían fugado de las miles de pantallas que leen los relatos publicados en Internet. Y la red es lo suficiente extensa para que esto pueda reproducirse en cualquier lugar. Eso me estremeció un poco. "¿Estará pasando lo mismo en otras partes?", me interrogué a mi mismo.

Salí disparado para la casa de artículos para el hogar que suele tener un LCD gigante en la vidriera sintonizado en un canal de noticias, todas malas por cierto. Llegué corriendo y sin aliento. Nada, todo normal. Un embotellamiento en tal lado, un choque en tal otro y un corte en aquel puente. El quilombo de tránsito de todas las mañanas. Pero nadie hablaba, o mostraba, que autos del pasado estuvieran correteando por ahí.

Era evidente que el problema estaba circunscripto al barrio donde vivo. Menos mal que mis vecinos no saben que escribo estos relatos. Pero Doña María algo sospechaba. Tal vez es una seguidora con un nic o un seudónimo. Como Fierra Gómez. No estoy pensando bien. Esto de los autos dando vueltas enderedor mío me está enloqueciendo.

Debo encontrarle una solución rápida o más autos y personajes se van a escapar de algún otro monitor. De vuelta a casa me crucé con un 3 CV verde con una gorda adentro. Espero que la puedan sacar del asiento, pensé con una sonrisa dibujada en los labios. El primer rasgo de humor en esta loca mañana. Un Torino rojo pasó volando con los vidrios bajos y la radio a todo volumen. "Allá va otro", pensé y seguí rumbo a mi casa. No quise levantar la cabeza de la vereda. Era levantar la vista para ver pasar un personaje o un auto de uno de los relatos ya escritos y publicados.

Una verdadera pesadilla que no le encontraba la forma de solucionarla. Y no era un sueño. El pie me dolía como el demonio. "Cuando llegue a casa me pongo una bolsa de hielo. Esa que tengo en el congelador que sirve para cuando me hoy de camping", me dije a mi mismo con un ligero rengueo. Otra vez el 1114 con la bocina a todo lo que da. Creo que es el más molesto de todos. Porque la verdad que el 504 con la colorada no me molesta que pase a cada rato. Más si la colorada me quiere dar un beso en la mejilla.

Pero eso no iba a suceder porque no está escrito. Al menos yo no lo escribí de esa forma. Seguía sin saber cómo iba a terminar esta historia. Tiene que tener un final porque si no, el final, lo tendré yo. Pero cómo lo finalizo. Eso pensaba cuando el dolor del pie me lo permitía. "¿Por qué se me habrá ocurrido patear el árbol?", pensaba mientras acortaba la distancia desde la plaza a mi casa.

Llegué a la puerta de mi casa. Entré y fui en busca del hielo en el congelador. Lo saqué y luego de quitarme la zapatilla me puse el hielo sobre la medida para que no fuera tan directo. Mientras esperaba que pasaran los quince minutos de la sección congelativa, pensaba cómo resolver este entuerto. Entuerto que ni siquiera había armado. ¿O sí? Al crear todas esas historias estas se creyeron reales y se materializaron.

El dolor menguaba y las neuronas comenzaban a preocuparse de otros menesteres. "¿Y si escribo un relato donde logre juntar a todos los personajes y los lleve a un lugar? ¿Eso no los devolverá dentro de las miles de computadoras de donde salieron?", pensaba. Tal vez podría funcionar, o no. Total no tenía ninguna idea para el relato del próximo domingo. Eso al menos sería una buena historia. Mezcla de ficción con realidad con algo sobrenatural, o sobredigital, para ser más precisos.

Me puse nuevamente la zapatilla, no sin antes putearme un poco por haber pateado el árbol de la vereda. Me encaminé hacia la computadora. Al sentarme frente al monitor veo que hay un texto escrito en el procesador. "¿Quién escribió esto?", dije en voz alta. No podía creer lo que veía en la pantalla del monitor. Estaba leyendo, lo que ustedes, están leyendo en este preciso momento. Estas líneas que hablan de autos en la calle. La pregunta que me hago es: "¿quién las escribió? Si yo no fui porque estaba en la calle viendo pasar los autos.

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Han pasado unos días del extraño suceso. Mis vecinos, casi, lo han olvidado. Espero que no lean estas líneas publicadas en alguna parte. En general son personas mayores que no usan la computadora. Don Mario me dijo que el 600 ya no está más quemado a la vuelta de la esquina y que los demás autos no pasaron más.

Otros vecinos, como Doña María, no me miran con recelo. Doña María parece que se olvidó de todo, creo que no es una seguidora de la página, y está preocupada por el frío que se vino de golpe en este otoño. Yo no puedo olvidar lo que pasó esa mañana. Los autos en la calle y por culpa mía. ¿Quién escribió este relato? Buena pregunta, que no sé si algún día lo sabré, como otras tantas que nos pasaron. Pero quién sabe si en un próximo relato dominguero todo este entuerto se resuelve, o no.

Mauricio Uldane

Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace:  http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html 

Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación de ningún tipo.

Saturday, November 29, 2014

Los diferentes Valiant argentinos

La empresa Fevre y Basset Ltda. SA y Chrysler Argentina, que estaban asociadas, la primera en la venta y la distribución de los vehículos de la marca Dodge y la segunda en la fabricación en la planta de San Justo en la provincia de Buenos Aires desde el año 1950, cuando trasladaron la armaduría desde la ciudad de Buenos Aires. Presentan en febrero de 1962 el primero de los Valiant que conoceríamos en Argentina.

El Valiant V-200 o Valiant II visto de perfil delantero y trasero.
Las fotografías son de la revista Parabrisas

número 74 de febrero de 1967.


Los Valiant se vendieron, y fabricaron, en Argentina en cuatro versiones: el V-200, o Valiant a secas, también conocido como Valiant I, el II, el III y el IV. Los dos primeros modelos de Valiant tenían una carrocería totalmente diferente a los modelos III y IV. Y eso era porque el diseño correspondía a la División Plymouth de la Chrysler Corporationde Estados Unidos. Eso se veía reflejado en el emblema de la marca Valiant.

En cambio los modelos III y IV derivaban del Dodge Dart de la Chryslery con esa marca fueron conocidos en España y algunos países de América Latina. Pero para Argentina siempre fueron Valiant, que no se correspondían con los Valiant estadounidenses a partir de 1963. Eso lo veremos en algunas fotografías de la época.

Valiant III visto de perfil, trompa y cola. 
Las fotografías son de la revista Parabrisas 
número 74 de febrero de 1967.

Las diferencias entre el Valiant III y IV eran en la trompa, la cola, el capot y la tapa del baúl. En esencia era el mismo casco para ambos modelos, aunque el IV era un poco más largo. En cuanto a los motores hubo dos cilindradas con diferentes potencias según los modelos ofrecidos a lo largo de los años que se fabricó en Argentina. Eso sucedió entre 1962 y 1968 cuando es presentado el Dodge Polara y el Dodge Coronado.

El primer Valiant fue el V-200 con un motor de seis cilindros en línea, inclinado 30º a la derecha, llamado Slant Six, con una cilindrada de 2.788 centímetros cúbicos con una potencia de 101 HP a 4.400 revoluciones por minuto con una relación de compresión de 8.2:1.

Valiant IV visto de perfil, trompa y cola. 
Las fotografías son de la revista Parabrisas 
número 74 de febrero de 1967.

En enero de 1963 se aumenta la cilindrada del Valiant a 3.687 centímetros cúbicos con una potencia de 137 HP y una compresión de 7,3:1. Con este aumento de potencia y cilindrada el modelo se comercializa como Valiant II, mientras sigue conservando la misma carrocería que el modelo anterior.

El Valiant III es lanzado al mercado argentino en abril de 1964 con el mismo motor, pero con un cambio sustancial en la carrocería que derivaba del Dodge Dart estadounidense. En junio de 1965 se introducen dos modelos más a la línea Valiant III que eran el Valiant Gran Turismo y Valiant Coronado. El primero una versión más deportiva con mayor potencia y cuatro butacas con palanca de cambios al piso. En cambio el modelo Coronado era la versión lujosa de la línea Valiant que hasta venía con levanta vidrios eléctricos.

El Valiant IV ve la luz en el mercado argentino en el mes de mayo de 1966. Los modelos Coronado y Gran Turismo se siguen fabricando con los cambios de carrocerías antes mencionados. Hay fotografías comparativas entre los Valiant III y IV para aprecien las diferencias en las dos carrocerías. Lo mismo que el Valiant II era tenía una carrocería derivaba de los automóviles de la marca Plymouth.

Valiant II tomado de una vieja publicidad de la época. La fotografía es
de la revista Panorama de noviembre de 1963.

Los Valiant fueron uno de los autos argentinos más largos que se fabricaron. El Valiant V-200 tenía un largo de 4.699 milímetros, que conservó el Valiant II. Pero a partir del cambio de carrocería, y modelo del cual derivaba, se alargó a 4.976 milímetros en el Valiant III. El sucesor, el Valiant IV, era aún más largo, 5.040 milímetros y de esta forma se convirtió en el automóvil argentino más largo que se fabricó en el país.

La suspensión delantera se mantuvo, casi sin variantes, a lo largo de los cuatro modelos. Todos tuvieron las barras de torsión longitudinales. Algunos leves cambios y una diferencia de despeje en el Valiant IV, que fue el mayor despeje con casi 4 centímetros más que sus antecesores. También la tenida había sido mejorada entre el III y el IV.

Valiant III tomado de una vieja publicidad de la época. La fotografía es
de la revista Visión del día 13 de noviembre de 1964.

La suspensión trasera era de arquitectura tradicional en los autos que venían de Estados Unidos con el sistema Hotchkiss, elásticos semielípticos más amortiguadores hidráulicos telescópicos.

Todos los Valiant tuvieron freno a tambor en sus cuatro ruedas a lo largo de los modelos ofrecidos en el mercado argentino. Salvo que los modelos Coronado y Gran Turismo, a partir del Valiant III, ofrecían el servo freno de serie.

La diferencia notable entre el modelo Gran Turismo con las demás versiones es que la potencia había sido llevada a 180 HP a 4.800 revoluciones por minuto y para eso el motor Slant Six estaba alimentado con dos carburadores marca Holley. El Valiant Gran Turismo se fabricó en los modelos III y IV. Se diferencia de las otras versiones por tener la parte delantera del techo con tela vinílica de color negro.

Valiant IV tomado de la tapa de la revista Automundo
número 101 del día 11 de abril de 1967.
En cambio el Valiant Coronado, también en sus modelos III y IV, tenía la parte delantera del techo pintada en color plateado metalizado y la parte trasera recubierta con tela vinílica de color negro. Presentaba las mismas tazas de las ruedas que el modelo más básico. En cambio el Gran Turismo tenía tazas diferentes y tres adornos en la parte baja de la carrocería desde el guardabarros delantero.

El interior del Valiant Gran Turismo tenía la marcada diferencia de presentar dos butacas delanteras, con consola con cuenta vueltas y palanca de cambios al piso. El asiento trasero también tenía la forma de dos butacas. Así que solo era para cuatro pasajeros, en cambio de sus otros hermanos, que gracias a la palanca de cambios al volante, podía transportar hasta 6 pasajeros, tres adelante y tres atrás.

La distancia entre ejes era de 2.705 milímetros, para los Valiant V-200 y II y en los Valiant III y IV subió a 2.820 milímetros. El peso era de 1.325 kilogramos para el Valiant III y IV, valor aproximado que variaba según la versión, más o menos equipada.

El Valiant estadounidense y el Dodge Dart, del mismo origen, 
ambos en sus versiones cupé y convertible respectivamente del año 1964. 
Las fotografías fueron tomadas de una publicidad de la 
revista Visión el 24 de enero de 1964.
Hace poco vimos la primera de las versiones del Valiant que armó primero, y luego fabricó, en Argentina. Un comentario de un seguidor de Archivo de autos me motivó a realizar esta nota con todos los modelos de Valiant que se fabricaron en Argentina. De esta forma tienen un pantallazo de las algunas de las diferencias entre cada uno de los modelos que se fabricaron entre 1962 y 1968, cuando fue reemplazado por el Dodge Coronado, el modelo de lujo, y el Dodge Polara, la versión más básica.

Con el correr del tiempo iremos viendo cada uno de los Valiant producidos en el país, como fue con el Valiant V-200. Lo mismo con los Dodge Polara y Coronado. Solo habrá que tener un poco de paciencia y bajar los niveles de ansiedad virtual. Recuerden que detrás de la pantalla del monitor solo hay una persona que cumple con todas las tareas de mantener en Internet a Archivo de autos, el sitio que se dedica a los viejos autos que supimos conseguir.

Las fotografías que acompañan esta nota histórica fueron tomadas de la revista Parabrisas número 74 de febrero de 1967 y que nos ilustra las diferencias entre cada uno de los Valiant. La foto del Valiant II es un extracto de una publicidad de la revista Panorama de noviembre de 1963; la foto del Valiant III, también, es parte de una publicidad de la revista Visión del día 13 de noviembre de 1964 y la del Valiant IV fue tomada de la tapa de la revista Automundo número 101 del día 11 de abril de 1967. En cambio el Valiant y el Dart de Estados Unidos pertenecen a una publicidad de la empresa Chrysler International a parecida en la revista Visión el 24 de enero de 1964. Todas estas imágenes fueron sacadas del archivo que nutre diariamente a Archivo de autos y que es una recopilación efectuada muchos años atrás y que estuvo guardada por más de 20 años.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación o publicidad de ningún tipo.

Thursday, November 6, 2014

Valiant IV, un gran auto

Los recuerdos que tengo de un Valiant IV son muy viejos. Han pasado más de 45 años y todavía tengo la sensación de estar acostado en el asiento trasero durmiendo. Eso era en plena década del sesenta cuando era un niño y cavia perfectamente a lo largo del asiento trasero sin tocar las puertas traseras.

Publicidad de la revista Análisis del año 1966.


Por el año 1968 miabuelo paterno enfermó y solíamos ir a su casa en la noche, después de la cena, desde el barrio de Recoleta, en la ciudad de Buenos Aires, hasta San Miguel, en el noroeste del Gran Buenos Aires, desde donde escribo todo lo publicado en Archivo de autos.

Así que muchas noches las pasé durmiendo de ida y vuelta en el asiento trasero del Valiant IV, del cual era chofer mi padre. Lo único que el color del Valiant, que manejaba mi viejo era azul noche y no rojo como el publicitado en la publicidad que nos toca hoy.

También recuerdo que mi bicicleta roja, el mismo color que el Valiant de la publicidad, entraba perfectamente en el inmenso baúl del Valiant IV, casi otro dormitorio como vimos en una vieja publicidad del Valiant III, hace unas semanas atrás.

Cómo explicarles a nuestros jóvenes del siglo XXI que se sentía en la inmensidad trasera, toda para uno solo, de ese asiento del Valiant. Con ese característico olor de los tapizados sintéticos. Ese olor a nuevo que no se nos quita de la cabeza aunque pasen más de 50 años.

Y eso que ese auto, el Valiant que manejaba mi padre, estuvo sumergido en una laguna en la provincia de Buenos Aires porque el cabeza dura del dueño, un abogado de la ciudad de Buenos Aires quiso hacerlo pasar, manejado por mi viejo, por un camino que tenía varias encajaduras de camiones.

Recuerdos que son olores e imágenes que me acompañaran hasta que muera, y tal vez sigan conmigo a donde vaya luego del paso por este mundo. Todo eso me despertó esa vieja publicidad del Valiant IVdel año 1966.

Hoy nos les hablé de nada técnico, ni histórico, ni tampoco les conté una historia. Hoy les hablé desde el corazón guiado por los recuerdos de la niñez. Creo que no es poco para recordar otro de los clásicos que dio la industria automotriz argentina.

La publicidaddel Valiant IV apareció publicada en la revista Análisis número 278 del 11 de julio de 1966 y pertenece al archivo de imágenes y datos que alimenta las notas diarias que se publican por todos los sitios que dispone Archivo de autos. Ese lugar en Internet que habla de los viejos autos que supimos conseguir, para que los conozcan las nuevas generaciones.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Saturday, September 13, 2014

La urna verde

María sabía que ese nuevo día no sería nada fácil. Mientras desayunaba pensaba que tendría que encontrarse con sus primos, esos tarados. Pero había que respetar la última voluntad del tío Juan. Se lo había prometido en el hospital cuando lo cuidó en su larga agonía. Así que no le quedaba otra opción que ver a sus primos, Susana y Pedro.



María se encaminó hacia el estacionamiento donde la esperaba el Valiant IV azul que fuera del tío Juan y que ella había heredado porque sus primos no estaban a la altura del auto, según palabras de su tío. “El Valiant te lo dejo a vos porque los tarados de tus primos lo van a cagar vendiendo. Vos en cambio lo vas a cuidar”, sentenció el tío desde la cama del hospital.

Le firmó todos los papeles para que María fuera la propietaria del querido Valiant IV antes de morir y de esa forma alejar la mínima posibilidad de que Susana y Pedro estuviera cerca de ser sus dueños. María había viajado con su tío Juan en ese auto cuando era una niña, al igual que sus primos, pero ella disfrutaba mucho más de las inmensidades de ese auto.

Las siestas que durmió en su asiento trasero o las veces que el tío Juan le llevó su bicicleta en el baúl cuando viajaban al campo formaban parte de esos dulces recuerdos de la infancia. Era un disfrute ese Valiant con el que había rendido su examen de manejo. El tío Juan le enseñó a manejar con el Valiant y a estacionarlo, toda una proeza para la diminuta María.

Ya dentro del Valiant fue girar la llave de encendido y oír el ronroneo del motor. Nunca fallaba, siempre arrancaba con la misma suavidad desde cuando el tío Juan lo compró en 1968. Pasaron más de 45 años y el auto siempre respondía como cuando salió de fábrica. Eso le daba mucha tranquilidad a María.

Unos instantes para templar el motor y María salió despacio del estacionamiento con rumbo hacia el cementerio. Allí se encontraría con los tarados de sus primos. La cita, con ellos, era en el crematorio, otras de las voluntades del tío Juan. Donde el Valiant era otro de los protagonistas de esa mañana.

María llegó con tiempo al crematorio. Susana y Pedro llegarían tarde como siempre. Eran unos latosos, que siempre tenían una excusa a mano para justificar sus acciones. María se acercó a la recepción para anunciarse. Allí le dijeron que estaban retrasados y que tendría que esperar al menos unos veinte minutos. “Zafaron mis primos”, pensó María, que por supuesto no habían llegado aún.

A los quince minutos aparecieron Susana y Pedro con las excusas de siempre, pero María los abarajó con la novedad que los del crematorio estaban retrasados. Diez minutos de espera en la sala y un empleado les anuncia que en un instante más les alcanzarán la urna con las cenizas del tío Juan. El tío en su última voluntad les había dicho que quería que lo cremaran y que sus cenizas las tiraran en el río Tigre, donde él iba a pescar. La condición era que fueran los tres primos con las cenizas a bordo del Valiant IV, por eso era que también le había dejado el auto a María. Sabía muy bien que era la única responsable para cumplir con la tarea.

El empleado del crematorio les acercó una urna verde con las cenizas del tío Juan. “¿Verde?”, pensó para sus adentros María, pero nada le dijo a los tarados de sus primos, que no vieron nada anormal en una urna verde. María tomó en sus manos la urna, porque no confiaba en sus primos que la siguieron detrás en busca del Valiant que aguardaba en la playa de estacionamiento del crematorio.

María se ubicó al volante, como era lógico, Susana en el asiento delantero y Pedro se acomodó solo atrás. La urna verde con las cenizas del tío Juan iría adelante en entremedio de María y Susana. Nuevamente el ronroneo del motor y el Valiant que sale del cementerio en busca del río Tigre. Por suerte para los primos era un día de semana, esa mañana, y por lo tanto el tránsito no sería tan complicado como lo es en un fin de semana en la zona de Tigre.

En menos de una hora de viaje estaban llegando a Tigre. Enfilaron hacia ese recodo del río donde el tío Juan iba a pescar. María muchas veces había ido a pescar con su tío, así que conocía muy bien el lugar. Lugar que era tranquilo todavía pese a todo el desarrollo edilicio que había sufrido el lugar. Además era media mañana y los lugareños estaban abocados a sus tareas cotidianas.

María les preguntó a sus primos si dirían algunas palabras de despedida. Sus primos dudaron, como siempre. María entonces solo se le ocurrió decir “hasta siempre tío”, mientras daba vuelta la urna con las cenizas de Juan, que lentamente el agua se llevaba río abajo. En eso estaban los tres, un poco acongojados por la pérdida de ese tío piola, cuando suena el celular de María.

“Sí, soy yo. ¿Cómo? Sí, la tengo. Ahora volvemos. Más o menos en una hora”, dijo María al interlocutor del otro lado del celular. Mientras hablaba dio vuelta la urna verde y para su sorpresa vio escrita la palabra “Teo” con marcador negro en la base. Para cuando sonó su celular estaba pensando seriamente en quedarse con la urna verde, que estaba muy linda. Incluso pensaba decírselo a sus primos, que seguramente no estarían interesados en quedársela.

“¿Quién era?”, preguntó Susana. “Del cementerio”, dijo María. “Tenemos que volver. Se equivocaron y nos dieron una urna que no tenía las cenizas del tío Juan, sino las de un gato. Que creo se llamaba Teo, por lo escrito en la urna”. El estupor en las caras de sus primos que no podían creer que habían tirado las cenizas de un gato al río. Encima toda la ceremonia había sido al pedo. “Pero no tenemos las cenizas”, atinó a decir Pedro en un rapto de sentido común.

“Me abataté y les dije que todavía teníamos las cenizas”, le respondió María. “¿Y ahora que hacemos?”, acotó Susana. Lo que hicieron fue “crear” nuevas cenizas para completar la urna verde. Un poco de arena de la costa del río, algo de cemento de una obra en construcción y las cenizas de una parrilla, de las tantas que hay a la vera del río Tigre, fueron las que se encargaron de rellenar la urna de verde de Teo.

En una hora estaban, los tres primos, de vuelta en el crematorio. Una empleada se deshizo en disculpas y les comentó que había sido un error de un nuevo empleado que les entregó la urna verde. Pero los restos del tío Juan no estarían hasta dentro de dos días. Había mucho retraso con las cremaciones. “Pero yo pedí el día en mi trabajo. No voy a poder volver en dos días”, le manifestó María a la empleada acongojada por la situación irregular. “Yo puedo venir”, dijo Pedro inesperadamente para María. “Bueno si venís vos después vemos cuando llevamos las cenizas al río”, le dijo María a su primo.

Pedro volvió a buscar la urna con las cenizas del tío Juan, a los dos días. Ahora la urna era de color marrón, más acorde con las cenizas de un humano. Pero los del crematorio lo interrogaron y Pedro confesó que las cenizas del gato Teo las había arrojado al río. Había sospechas que las cenizas de la urna verde no eran las de Teo.

La que confirmó las sospechas fue la dueña de Teo, la jueza en lo Civil y Comercial del Juzgado de San Martín, la doctora Vidal y Obes. “Estas no son las cenizas de Teo”, dijo la jueza al abrir la urna cuando los empleados del crematorio le confesaron el error en la equivocada entrega. Más tarde se enteraría del destino final de las cenizas de Teo. Ante esto la jueza dijo en un sollozo, “con lo que odiaba el agua el pobre Teo”. Que paradoja de la vida un gato arrojado al agua en su última morada. La jueza Vial y Obes les inició un juicio por adulteración de cenizas al crematorio, que todavía dura.

María tiene en una repisa, de su departamento, las cenizas del tío Juan en una urna marrón. Se las acercó su primo Pedro. Tanto Susana como Pedro no quisieron saber nada de tirar las cenizas del tío Juan en el río Tigre. Los tarados, según María, quedaron choqueados por toda la situación de las cenizas del gato. “¿Pero y la última voluntad del tío?, le preguntó María a su primo. “Hacelo vos sola”, dijo Pedro. Susana era de la misma opinión desligándose, ambos, de toda la responsabilidad de cumplir con la última voluntad del tío Juan. María pensó que ya tendrían tiempo de rendirle cuentas al tío Juan, pero ese no era su problema.

“Esta bien. Lo voy hacer sola”, pensó María. Mientras miraba esa mañana las cenizas en la urna marrón se dijo que el próximo fin de semana largo se llevaría al tío Juan, o lo que quedaba de él, en el Valiant a otro lugar. Un lugar que el tío Juan amó profundamente y del cual siempre hablaba. Ese lugar era el que había elegido para vivir cuando se jubilara, pero la vida le había jugado una mala pasada y no lo pudo concretar.

Ese lugar era Reta, el balneario bonaerense, casi perdido en la costa del Mar Argentino. María, el tío Juan y el Valiant marcharían hacia el mar en el próximo fin de semana largo, eso sería dentro de dos semanas. El tío Juan tendría un mejor destino final: el inmenso mar azul, como el color del Valiant.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Friday, May 30, 2014

La Respuestita del Sábado

Un Valiant IV en el autódromo de 9 de Julio


La verdad que muchos seguidores de Archivo de autos se desconcertaron con la incógnita de esta semana. Varios buscaron en otras latitudes la respuesta que estaba en casa, Argentina, el automóvil de la fotografía no es otra cosa que un Valiant IV con el agregado de dos ópticas delanteras. En verdad nunca vi una versión así en la calle y si la vi no lo recuerdo. Tampoco tengo idea que concesionario, porque todo indica que ahí fue realizada la modificación, hacía el trabajo. El ganador fue: Eugenio Boiardi. Felicitaciones para todos él porque la versión era altamente confusa.

Artículo publicado en la revista Auto Club número 42.


Lo cierto es que ese Valiant IV, con doble faros, llevaba al gobernador de la provincia de Buenos Aires, general Francisco Imaz, que estaba recorriendo el trazado del nuevo circuito de carreras del autódromo de 9 de Julio. Para demostrar que la foto es en Argentina vean al Torino4 puertas blanco que viene detrás,  y ni hablar del Ford Falcon en tercer lugar.

Así que la foto también es histórica porque fue tomada antes que se pavimentaran el autódromo, ya que la comitiva de autos circulaba por la compactación de la recta principal del circuito. Esa fotografía apareció publicada en la revista Auto Clubnúmero 42 del bimestre agosto-septiembre de 1968. La publicación era exclusiva para los socios de la institución.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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