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Saturday, April 25, 2015

Arriba del bondi

Salí corriendo de casa, como casi todos los días, sino no llegaba a la facultad. Eran años de estudios para mejorar los conocimientos. Años de aprendizajes que tontamente creía que tendrían un final. La vida me ha enseñado que el aprendizaje nunca termina y que cuando dejamos de aprender, comenzamos a morir. Todavía creo estar lejos de eso. Y aquel día aprendería algo más aunque fuera un joven universitario.



Llegué corriendo a la parada del bondi y este casi arrancaba, fui el último de la cola en subir. "Cuidado que arranco", fue el grito del chofer. Eran años que los colectivos circulaban con las puertas abiertas sin grandes cuestionamientos por nadie. Como casi todos los días el bondi estaba repleto. "Un pasito que en el fondo hay lugar", dijo el chofer mirando para el fondo del colectivo por el enorme espejo encima de su cabeza.

Esa frase la habré escuchado ciento de veces y en algunas oportunidades no había donde correrse. Pero el chofer la tenía como una muletilla. "¿A dónde querés que me corra?", gritó desde la mitad del bondi un tipo que parecía un obelisco encerrado. La verdad que el colectivo, en ese momento, debería de haberse construido en goma… para estirarse un poco más.

Saqué mi boleto y el chofer me dio el vuelto. Algo que no siempre solía pasar y te decía "cuando bajes pedime el vuelto". Monedas y billetes eran los necesarios para poder pagar el boleto de papel que te daba el chofer mientras manejaba, puteaba a un automovilista y te abría o cerraba la puerta. Coleccionaba boletos capicúas justo como el que me acababa de dar el chofer. "Hoy va a ser un gran día", me dije para mis adentros.

Era importante para mí porque tenía un parcial bravo en la facultad y me había preparado estudiando mucho. Así que tenía que salir todo bien. El día me diría si estaba equivocado o no. Pero las cosas siempre las pensamos de una forma para luego, puestas en el correr del día, salgan disparadas para cualquier lado, menos el que planeamos.

Apretados pero no tanto para no poder respirar seguíamos en marcha hacia nuestros destinos. Éramos tantos en el bondi que el chofer había dejado de cargar pasajeros. Solo bajaban, por atrás, los que podían. Los otros lo hacían por adelante y ahí podían subir los pasajeros que estaban en las paradas.

Todo seguía sobre ruedas. Pero las cosas no siempre son como las planeamos, como dije antes. Una de las cosas que me llamó la atención del colectivo era que tenía una estruendosa bocina de aire, que el chofer la hacia sonar de vez en cuando. Llegamos a una parada y el bondi se quedó parado más de la cuenta. Pensé que estaban bajando por la puerta delantera y subiendo más pasajeros. No podía ver porque estaba a la mitad del colectivo.

Un murmullo de los pasajeros de la parte delantera me sacó del sopor matutino. "El chofer se desmayó", gritó una mujer desde adelante. Así parecía. Al llegar a la parada el tipo se desplomó sobre el volante del bondi. El alboroto que se armó fue grande hasta que alguien pidió paso. Era un médico que estaba abordo y se pudo acercar hasta el chofer. Lo revisó y dijo, "tuvo un ataque. Parece un infarto. Tenemos que llevarlo a la guardia de un hospital", dijo el médico.

"Hay que llamar a una ambulancia", dijo otro pasajero. Aquellos años de mí juventud eran escasos de tecnología electrónica, así que los teléfonos celulares eran solo para las películas de James Bond. Había que hablar por un teléfono público en la calle o comercio. "Llamemos al CIPEC", dijo otro pasajero desde el fondo. El médico dijo que iban a tardar mucho en llegar y eso podía ser fatal para el chofer.

Lo pensé unos segundos y dije "yo lo puedo llevar". "¿En qué?", me preguntó el médico. "En este colectivo", le respondí. La cara de asombro de todos fue enorme. Un joven de unos veinte años estaba dispuesto a manejar el colectivo hasta la guardia del hospital. "¿Vas a poder manejar el colectivo?", me preguntó con cara de asombro el médico. Les expliqué que confiaran en mí que sabía manejarlo.

El verano anterior nos habíamos ido de vacaciones con la familia a bordo de un 1114 que mi padre había comprado con el fin de hacer una casa rodante autopropulsada. Pero nos fuimos de campamento a la playa así como colectivo con todos los asientos. Tuve la oportunidad de manejarlo sobre una ruta desolada. Esa era mi experiencia al mando de un colectivo. Eso no lo sabía el médico.

Otra cosa era mover esa ballena dentro del tránsito porteño. Ahí estaba el pequeño problemita, pero con el porte del 1114 seguro que me iban hacer lugar. "Entonces movete y vamos a la guardia del Rivadavia", ordenó el médico. Corrimos al pobre chofer hacia el piso del bondi donde le pusieron pulóveres a modo de almohada. Mientras el médico lo asistía. También se había sumado una enfermera que era pasajera del colectivo.

"Nos vamos al Rivadavia. Así que los que estén apurados se bajan acá", ordené al mando del colectivo. Algunos se bajaron, pero muy pocos el resto optó por quedarse arriba del bondi. "Vamos a llevar a este pobre hombre", dijo con voz temblorosa una viejita que estaba sentada detrás del conductor. Todos asintieron.

Me senté al mando del 1114, que seguía en marcha y por suerte en punto muerto. Sino hubiera sido un desastre para todos nosotros. Pensé para mis adentros "esto no va a ser fácil", pero veamos que puedo hacer. "Arrancamos. Y agárrense porque vamos a viajar rápido", dije. Algunos sensatamente se sentaron en el piso del colectivo por lo que pude ver por el espejo de arriba del puesto de conducción.

El tema era que había que dar vuelta el colectivo porque el Hospital Rivadavia quedaba para atrás, cerca de mi casa. Ya habíamos pasado la Avenida Callao y volver para atrás no sería tan sencillo. Seguí derecho hasta la plaza que desembocaba la Avenida Las Heras y le di la vuelta. No se imaginan cómo di la vuelta. Les dije que el colectivero hacía sonar una bocina a aire. Bueno la usé para abrirme paso. En realidad abusé de la bocina.

Sonaba como un barco. Muchas veces las había visto colocadas en la columna de dirección con una fina varilla de metal rematada en una perilla de plástico. Era como un chico con un dulce. Tanto hice sonar la bocina para abrirme paso que pronto llamé la atención de un policía en motocicleta. Más que los pasajeros comenzaron a sacar pañuelos por las ventanillas del colectivo. Además comenzaron a gritar y eso era llamativo en ese paquete barrio de Recoleta. 

La calle Vicente López siempre era un tapón de tránsito pero a fuerza de la bocina, los gritos de los pasajeros y la mole del 1114 nos abrimos paso. Un policía en moto se había puesto a la par, ya lo había visto por el espejo retrovisor. "¿Qué pasa?", me dijo por la ventanilla del conductor. "Tenemos descompuesto al chofer y lo llevamos a la guardia del Rivadavia", le grité. Se convenció cuando vio al médico que afirmaba detrás de mí mis palabras.

"Yo les abro paso", dijo y salió disparado delante del colectivo para cortarme el tránsito de las calles transversales. Ahí comenzó una loca carrera por llegar a la guardia del hospital. Doblamos como veníamos en la Avenida Callao, que era doble mano. Hasta doblar nuevamente por Avenida Las Heras. Un "oohh" de los pasajeros acompañaron los dos giros. Nunca pensé que el 1114 iba a doblar de esa forma.

Pisé a fondo el acelerador por la bajada de la Avenida Las Heras buscando llegar lo más rápido posible al Rivadavia. Ya para entonces un patrullero de la comisaría 17ª se había sumado al convoy. Claro pasamos por la puerta de la comisaría ante el asombro de todos los canas que estaban en la puerta. Estaban avisados por el policía de la moto.

Así que ya eran dos motos las que nos cortaban el tránsito y por delante el patrullero anunciada nuestro paso a toda velocidad rumbo al hospital. Ya faltaba poco. Acabábamos de cruzar la Avenida Pueyrredón y con el semáforo en rojo. Nunca pensé que un colectivo podía correr tanto dentro de la ciudad el velocímetro había pasado de los 90 kilómetros por hora y parecía lanzado en un loca carrera. "¿Cómo lo voy a frenar?", pensé cuando me faltaban pocas cuadras para llegar a la calle Austria.

Ya a mitad de cuadra antes del cruce con Austria comencé a frenar para poder doblar a la izquierda y entrar por el portón del Hospital Rivadavia, que estaba abierto de par en par esperando nuestro arribo. El tránsito de la Avenida Las Heras estaba cortado para poder doblar sin problemas gracias a las dos motos de la policía. 

La sacudida que pegó el colectivo cuando subió la vereda en la entrada de la guardia fue impresionante. "Uhh", se escuchó dentro del colectivo y la frenada del bondi. Los frenos a aire resoplaron como un búfalo enojado. Pero paramos. Abrí las dos puertas para que bajaran al chofer descompuesto y los pasajeros, que no iban a olvidar el viaje alocado por mucho tiempo.

Dos camilleros y un médico esperaban en la rampa de la guardia para trasladar al chofer para hacerle los auxilios necesarios. El médico del bondi se fue con ellos para adentro. Los pasajeros comenzaron a aplaudirme y dar vítores por la llegada tan rápido al Hospital Rivadavia. Algunos se excusaron y se fueron para sus trabajos y otros se quedaron para ver la suerte corrida por el chofer.

Mientras tanto acomodé en un lugar donde no molestara el colectivo y lo paré. "¿Qué íbamos hacer con ese bicho?", pensé mientras detenía su motor. Saqué las llaves del tablero. Cuando veo uno de los policía de la moto que se me acerca a la puerta. "Lo hiciste bien pibe. ¿Quién te enseñó a manejar el 1114?", me preguntó. "La verdad que nadie. Mi viejo me puso a manejar uno arriba de una ruta", le contesté. Asintió con la cabeza mientras le alcanzaba las llaves del colectivo.

Me dijo que ellos se iban de encargar de comunicarse con la empresa del chofer para ponerlos al tanto de todo y para que viniera alguien a retirar la unidad. Me bajé del colectivo y encaré para la guardia para ver cómo estaba el chofer. Me encontré con el médico que lo había asistido en el bondi.

"Muy bien pibe. Lo salvamos al chofer", me dijo con alegría en el rostro el médico. Me contó que había sufrido un infarto y que gracias a mi rápido viaje a la guardia lo salvamos de un mal mayor. Incluso ya estaba mejor y consciente. "La sacó barata", me dijo el médico mientras me palmeaba la espalda.

Todos en la guardia sabían que era el "pibe" que había traído al chofer en el colectivo. Pasé a ser una celebridad. Mientras mi parcial en la facultad se iba por la cloaca. Todo no se puede en la vida. O salvaba la vida de un pobre tipo o salvaba la materia de la facultad. Elegí lo primero era más valioso, lo otro tendría una segunda oportunidad. Como tenía ahora el chofer del colectivo. Claro que ahora tendría que hacer buena letra después de este aviso que le dio la vida.

Al salir de la guardia del Rivadavia una nube de periodistas ya se habían enterado y los móviles de canales de televisión y radio estaban en la puerta. Se ve que alguien les dijo que era "el pibe" que había manejado el colectivo, que seguía estacionado al lado de la guardia. Tuve que decir algunas palabras. Se me ocurrió mencionar que tenía un parcial en la facultad y que ya no iba a llegar a darlo. Pero salvar la vida de una persona era más importante que un examen.

Antes las noticias no tenían la velocidad que ahora. No había celulares, ni Internet y la televisión por cable comenzaban a caminar en el país. Pero si había móviles "en vivo y en directo", como anunciaban los canales de televisión. Así que a la noche muchos me vieron en las noticias del día. Un muchacho arrojado que manejó un colectivo a toda velocidad por las calles de Buenos Aires.

Al otro día todo fue normal o no tanto. Al llegar a la facultad mis compañeros comenzaron a vitorearme por la hazaña del día anterior. La verdad que me sentí un poco héroe, pero en realidad no había hecho otra cosa que la correcta. Al menos eso creía. "Te perdiste de dar el parcial", me dijo una compañera. Una colorada de ojos verdes impresionantes, que solía traerla en un tipo más grande que ella en un 504 celeste metalizado. La verdad que todos nos babeamos un poco con la colorada. Era rara como si no fuera de nuestro tiempo.

"Si. Pero la verdad que le salvé la vida a un hombre. Eso vale más que un parcial", le dije. La respuesta de la colorada fue un sonoro beso en la mejilla. "Ya está", pensé que más puedo pedirle a la vida. Que esto dure un tiempo más, así mi ego se mantenía gordo. Pero siempre hay algo más. Y estaba por ocurrir en poco tiempo más.

Seguí rumbo a la comisión que me tocaba ese día con un sabor algo amargo por la pérdida del parcial del día anterior. Cuando me cruzo a la profesora de la materia que me dice, "ayer no viniste a dar el parcial. Era crucial para que te quedes en el curso". Eso lo sabía de antemano. "Si. Pero no pude. Tuve algo más importante que hacer", le dije. No iba a explicarle. Era una tipa difícil de tratar.

Pero la sorpresa fue lo que me dijo a continuación, "lo sé. Le salvaste la vida a un hombre. Sin tu ayuda se hubiera muerto". Me quedé helado. La tipa estaba al tanto de todo. "Lo vi anoche en el noticiero de la tele", me dijo. "Me parece que bien valía la pena perderse el parcial", siguió diciéndome. No podía creer los que me decía. "Lo hablé con el rector y decidimos, como única vez, que rindas el parcial solo. Lo tenes que hacer ahora", me dijo.

"Claro", le respondí. Me llevó a un aula vacía donde me dio una hoja con las preguntas del mismo parcial que habían hecho mis compañeros. A solas, los dos en ese aula vacía rendí mi parcial escrito que salvó mi materia y la vida de un chofer de colectivo. Aprendí que la profesora no era tan dura como parecía y que podía salvar una materia esforzándome en estudiar. La relación con esa profesora cambió radicalmente por el resto del año y de la carrera.

Pero lo más importante fue que me demostré a mi mismo que podía manejar un bondi en forma enloquecida por la ciudad, claro que con cierta ayuda policial. En el fondo de mi mente tenía el sueño de manejar un colectivo y sentir el poder del tamaño frente al resto de los vehículos del tránsito porteño. Lo hice y lo mejor de todo que le salvé, perdón le salvamos, la vida a un tipo. Eso nunca me lo olvidé. Lo aprendí para siempre.

Mauricio Uldane


Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace:  http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html 

Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación de ningún tipo.

Sunday, November 30, 2014

Bedford, un camión inglés en Argentina

La General MotorsArgentina importó los camiones Bedford desde la empresa inglesa Vauxhall-Bedford, integrante de la General Motors Corporation desde el año 1926, y enseguida se ganaron el beneplácito del público argentino. Como camión noble y duradero, aunque algo lento.

Camión Bedford volcador del año 1962. La fotografía es de
la revista Parabrisas número 25 de diciembre de 1962.


A partir del año 1959 General Motors Argentina comienza a fabricar los camiones Bedford en el país en dos versiones: naftero y diésel. Ambos motores de 6 cilindros en línea con una cilindrada de 4.927 centímetroscúbicos. Esto es una curiosidad, al menos para el que escribe estas líneas. No es frecuente que un vehículo automotor tenga motores de la misma cilindrada, siendo uno naftero y otro gasolero.

El motor naftero tenía una potencia de 133 HP y el par motor era de 36,9 kilográmetros a 1.200 revoluciones por minuto. El diámetro de los cilindros era de 98,42 milímetros y la carrera de los pistones de 107,95 milímetros, estas medidas era exactamente igual para el motor diésel. La relación de compresión era de 6,6:1.

En cambio el motor diésel tenía una par motor de 30 kls a 1.400 revoluciones por minutoy la relación de compresión era de 17:1. El cigüeñal estaba apoyado en siete bancadas y las camisas eran cambiables.

Camión Bedford furgón del año 1962. La fotografía es
de la revista Parabrisas número 25 de diciembre de 1962.

La caja de velocidades era de cuatro marchas adelante, que tenía sincronizadas la segunda, tercera y cuarta velocidad. Las relaciones de las diferentes marchas eran las siguientes: primera, 6,500:1; segunda, 3,332:1; tercera, 1,711:1; cuarta, 1:1 y marcha atrás, 6,500:1. También, ciertos modelos del camión Bedford podía venir con la caja de relaciones cercanas y era para usos extremos. La relaciones eran las siguientes: primera, 6,500:1; segunda, 2,860:1; tercera, 1,576:1; cuarta, 1:1 y marcha atrás, 6,500:1. El embrague era del tipo monodisco seco con resortes de amortiguación en la maza. La relación estándar del diferencial era de 5,83:1. En el cuadro de las características se describen las otras posibilidades de relaciones de diferencial.

Los frenos era por el sistema Hydrovac con tambores en todas las ruedas y el servo freno era de gran diámetro. La suspensión, tanto delantera como trasera era por eje rígido con elásticos semielípticos con amortiguadores hidráulicos. En el cuadro adjunto se especifica la cantidad de hojas principales y auxiliares según el modelo del camión Bedford.

Los modelos de camión Bedford para el año 1962 eran J4L largo, J6S corto y J6L largo que se podían aplicar a diferentes carrozados como se pueden apreciar en las diferentes fotografías: volcador, furgón, semi remolque o colectivo.

Camión Bedford semi remolque cisterna de YPF 
(Yacimientos Petroleros Fiscales) del año 1962.  La fotografía es 
de la revista Parabrisas número 25 de diciembre de 1962.

Los Bedford que venían con dos velocidades en su eje trasero le permitían al conductor realizar el cambio con solo apretar un botón. La alta relación era usada para los buenos caminos y la baja relación para tránsito difícil o pesado. Esto permitía tener ocho relaciones con la caja de velocidades de cuatro marchas. El mencionado botón, para el cambio de relación, accionaba una línea doble al vacío que hacia el cambio sobre el eje trasero.

Otra ventaja que presentaban los camiones Bedford era el tipo de palieres flotantesque hacían que la carga la soportara la cañonera. De esta forma los palieres solo transmitían la fuerza a las ruedas traseras. Se podían sacar y reemplazar sin quitar la rueda o la maza. Ni siquiera era necesario levantar al Bedford para realizar esta tarea de mantenimiento. La gran ventaja de este sistema era que en caso de rotura la rueda no se salía de su lugar. Pero para ser remolcado había que retirar el palier del lado contrario para no dañar el conjunto del diferencial.

El sistema eléctrico contaba de dos baterías de 6 volts conectadas en serie para rendir 12 volts con una capacidad de 185 amperes por hora. El generador de 12 volts tenía un rendimiento de 270 vatios y en el modelo SB subía a 500 vatios.

Colectivo Bedford del año 1962. La fotografía es de la revista
Parabrisas número 25 de diciembre de 1962.

Los camiones Bedford de 1962 se presentaban con tres medidas diferentes de distancia entre ejes: 3.940 milímetros, 4.240 milímetros y 4.550 milímetros. En el cuadro adjunto se especifica a que modelo correspondía cada medida mencionada.

Los recuerdos que asaltan a mi mente son el clásico ralentí, tan particular del Bedford, que de solo mencionarlo surge el sonido. Para aquellos que tienen algunos años saben de qué hablo. Ese regular tan desparejo con esos pequeños sacudones que hacían temblar a todo el colectivo. Porque de ahí viene el primero de los recuerdos: de los colectivos Bedford que regulaban muy diferente a los Mercedes-Benz que lentamente iban copando el mercado de los queridos bondis de la ciudad de Buenos Aires.

Cuadro de algunas características técnicas del camión Bedford del año 1962.
El cuadro es de la revista Parabrisas número 25 de diciembre de 1962.

La otra imagen es su tablero tan bajo con respecto a los camiones Mercedes-Benz. Parecía que el chofer del colectivo estaba en un pedestal y no0 sentado al frente de un camión carrozado para llevar personas. Porque que otra cosa eran esos camiones sino disfrazados para transportar gente. Las cosas cambiaron para bien con el correr de las décadas para los sufridos pasajeros porteños. Claro que ahora tenemos colectivos con pisos que suben y bajan…

Un recuerdo para aquellos camiones de mi infancia que vuelven locos a varios y que llaman la atención de los más jóvenes cuando ven un colectivo de los sesenta restaurado y ese vehículo es un Bedford. Para todos aquellos que alguna vez viajaron en ese traqueteante colectivo de origen inglés fabricado en Argentina vaya el recuerdo de pisos de chapa lavados con kerosene, o querosén. El olor y las patinadas siempre estarán presentes en mi memoria.

Las fotografías de los camiones Bedford, como el cuadro de características técnicas, fue tomado de la revista Parabrisasnúmero 25 de diciembre de 1962.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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Friday, October 17, 2014

La Respuestita del Sábado

Un colectivo con doble tracción


El colectivo Mercedes-Benz de la fotografía lo raro era que estaba equipado con doble tracción. Los ganadores de esta semana fueron: Antonio Ferraro, Fernando Bongiovanni, F62 y Santiago Petrungaro. Los felicito por su capacidad de observación porque en la misma imagen estaba la repuesta a esta incógnita de la semana que termina.



El Mercedes-Benz 1112, eso al menos parece o sino un 1114, con doble tracción y carrozado como colectivo tenía como destino la Dirección de Tránsito del Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sud, todavía no había logrado ser provincia.

La fotografía está tomada de un suplemento del diario La Prensa del día 9 de octubre de 1977 por el aniversario del nacimiento del colectivo porteño, el 24 de septiembre de 1928.

La carrocería parecería ser El Detalle, pero no me animo a afirmarlo, hay seguidores con mayores conocimientos en material de colectivos que el que firma estas líneas. Lo que si podemos ver es que tenía puerta atrás, así que la unidad no es tan antigua, y probablemente sea de un año cercano a 1977.

Otro detalle es que las defensas del paragolpes delantero tienen los círculos para colocarle dos faros halógenos, algo que muchos colectivos de la ciudad de Buenos Aires tenían. Recuerden que el territorio de Tierra del Fuego dependía de la ciudad de Buenos Aires, antes de ser provincia.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Saturday, August 30, 2014

Música en el 105

Venía por la calle Gascón rumbo a la Avenida Díaz Vélez en busca del colectivo 105. Antes había pasado por una clienta que me dio la seña por el alquiler de un buzón para su casamiento y en el camino, en una dietética, otra clienta se interesó por uno de mis buzones alcancías entelados. Pero mi objetivo era tomar el colectivo 105.



Al llegar a la esquina de Díaz Vélez veo pasar un 105. Una puteada por lo bajo, como un rezo pagano, pensando cuánto tiempo tardará en venir el próximo colectivo. La parada ahí a un tiro de piedra. Cruzo la avenida con la lejana esperanza que un colectivo llegue pronto.

En la parada algunas personas esperando los demás colectivos que detienen su marcha en el lugar. Un hombre de gamulán y pelo negro con rulos está ahí junto con su guitarra. Algo mal entrazado, pero quien soy para juzgar las ropas del hombre. Cerca una mujer con el pelo teñido de rubio. El hombre que dice “un 105”. En el anterior 105 no subieron por que no quisieron o porque el chófer les negó el permiso. Eso nunca lo sabré.

Antes de cruzar la avenida había notado la presencia del hombre del gamulán y la de mujer teñida de rubio. Lo que no sabía era que subirían detrás mio al 105 que me llevaría hasta la calle Uriburu. El hombre le pide permiso al chófer para tocar la guitarra. Guitarra que conoció mejores épocas ya que se la ve un poco descolada y reparada torpemente con cinta transparente de embalar. Pese a todo no sonaba tan mal.

Como era de prever el dueto, hombre y mujer, eran los encargados de ponerle un poco de música al interior del 105. Me senté en el asiento del fondo, ese que ahora para salir de los extremos hay que pedirle permiso al compañero de banco de al lado. ¿No sean preguntado quién cuernos diseñó los nuevos colectivos con pasillos estrechos y desniveles en el piso?

Al estar sentado en esa posición tuve una vista privilegiada de la actuación del hombre del gamulán y la rubia teñida, que supimos, todos los pasajeros del 105, se llamaba Ester y se encargaría de los coros y la percusión. El hombre del gamulán cantaba blues y se acompañaba con su desvencijada guitarra emparchada.

Una voz que no había forjado tomando leche y comiendo vainillas. El alcohol, el cigarrillo y otras yerbas habían dejado su huella en las cuerdas vocales en el hombre del gamulán. No era desentonado, pero tampoco una maravilla, al menos el tipo tenía algo de carisma y con el blues inicial logró enganchar a algunos pasajeros.

Ester, la coreuta, tampoco tenía una cristalina voz. Algo parecido al hombre del gamulán había pasado en sus delicadas cuerdas vocales. Ya íbamos en marcha, rumbo al barrio de Congreso, con un blues como compañía en las voces de ellos dos en el medio del colectivo, justo frente a la puerta del medio. La única trasera que tenía ese 105 que había tomado en la parada de Gascón.

En el medio del blues Ester saca un frasco de vidrio a medio llenar de arroz con el que comenzó a hacer percusión para acompañar al hombre del gamulán. Una idea cruzó por mi cabeza como un rayo y con la nitidez de un día de verano: si no logran recaudar lo suficiente con la gorra se terminarán comiendo ese arroz con manteca a la noche. Esa imagen me duró mientras el blues nos acompañaba en el viaje del 105. Y cierta emoción corrió por mi cuerpo de tan solo pensar en la cena de los dos en pequeño departamento oscuro de contrafrente.

Aplausos por el tema terminado. Las gracias del hombre del gamulán y el anuncio que tocaría una balada a modo de despedida. “Vamos a la paz”, anunció. Inmediatamente vino a mi cabeza la versión que hacía Papo. Como alguien que amaba los autos murió andando en motocicleta y ahora escuchaba un tema que él cantaba arriba del 105 rumbo al barrio de Congreso.

La balada animó a otros pasajeros que seguían con sus cabezas el ritmo. Finalizado el tema, el tipo del gamulán, saluda y se despide, mientras Ester pasa la gorra de lana multicolor por los asientos del colectivo. Algunos ponen algunas monedas otros no se han apartado de los auriculares de sus respectivos celulares que los comunican con vaya a saber que mundo virtual. Pero creen que están comunicados con el mundo y no escuchan a un dúo de músicos callejeros arriba de un colectivo. Parte de la comunicación de este siglo que nos toca vivir.

Una sonrisa de Ester a los pasajeros que colaboraron alejando la posibilidad de comer el arroz en la cena. El tipo del gamulán saluda y desea una feliz semana. Se despide de todos y agradece al chófer por dejarlo subir y ambos bajan. Para ese momento el 105 ya circula por la calle Bartolomé Mitre buscando la estación Once.

En mi cabeza sigue dándome vueltas este relato que acabo de escribirles. Esa pareja de perdedores, o al menos, eso aparentan. Tal vez no lo sean y solo son apariencias, que saben que engañan mucho. Lo cierto que al bajarse, los dos, me quedó un sabor agridulce pensando si lograría juntar la plata para no cenarse el arroz de la percusión. La pregunta era qué harían sonar al otro día arriba de otro colectivo en esa ciudad llamada Buenos Aires. Un monstruo que todo lo traga, como la vida de muchos de sus habitantes, que a veces son músicos callejeros o pasajeros del 105.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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Friday, April 25, 2014

La venganza del pequeño

A cuantos les hubiera gustado tener un automóvil como el que nos muestran los dos cuadritos de Siulnas este sábado. Los colectiveros en la ciudad de Buenos Aires siempre abusaron de su tamaño en especial con los pequeños automóviles que circulaban por las calles en la década del sesenta.

Cuadritos de Siulnas aparecidos en la revista Parabrisas 75.


Hoy las cosas cambiaron un poco, los colectivos porteños no tienen las formas que supieron tener y el capot ya no existe. Pero el abuso de algunos colectiveros se sigue haciendo sentir. Por eso muchos pensarán que el inventopropuesto en los dos cuadritos de humorno estaría nada mal a la hora de emparejar un poco las fuerzas en lucha.

Hoy en pleno siglo XXI los colectivos suelen tener las trompas o frentes de plástico así que nada de chocar a los automóviles que tienen adelante. Lo más probable es que terminen más dañados que el auto que circula adelante.

Los dos cuadritos de Siulnas aparecieron publicados en la revista Parabrisas en el número 75 del mes de marzo de 1967.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos


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