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Saturday, February 14, 2015

Cuentos de pago chico

En los pueblos siempre hay historias para contar. Ya lo dice el viejo refrán: pueblo chico, infierno grande. Algunas de esas historias tienen que ver con los viejos autos que supimos conseguir y otras no. Hoy les voy a contar algunas anécdotas que están muy vinculadas a aquellos automóviles del pasado.



Cruzando la laguna


Hace mucho tiempo las cosas eran muy diferentes a la actualidad que nos toca vivir, pero las cargadas y los locos, o medio loco, de los pueblos siempre han estado presentes. Creo que es una condición innata en nosotros los humanos de tomar en solfa a lo que nos resulta diferente. Solemos reírnos de eso aunque no deberíamos hacerlo.

Juan era mecánico y en tiempo de cosecha lo llamaban de los campos para reparar alguna máquina o motor que se había descompuesto y allí solía ir. A veces solos y otras acompañado. Aquella vez fueron con Luis y su Ford T. Una cosechadora era la que estaba dando problemas y Juan debía repararla. El trabajo fue de casi todo el día y por la tardecita ya estaban en condiciones de regresar al pueblo.

El personaje en cuestión era el Loco Labriola, así lo conocían todos los habitantes del pueblo. Este loco pueblerino tenía varias anécdotas en su haber y les contaré una para que tenga idea de cómo era. Una vez, en tiempo de poda, estaba meta serruchar un gajo de un árbol de la calle. “Labriola, te vas a caer”, le dijo un vecino mientras pasaba y veía la acción que estaba haciendo. El Loco Labriola estaba serruchando el gajo sentado a horcajadas, del lado que caería al piso.

La respuesta de Labriola fue una sarta de insultos al vecino que le llamó la atención de su acción. El vecino dio dos o tres pasos y Labriola se desplomó a la vereda con gajo y serrucho en mano. Como era de prever no se hizo nada, ni siquiera se rompió un hueso, y si algún sano de mente se hubiera caído de la misma altura seguro que termina internado en el hospital del pueblo.

Pero volvamos al campamento de la cosecha en medio del campo. Justamente ahí había conseguido un trabajo temporario el Loco Labriola. Al finalizar la jornada les pidió a Luis y Juan si no lo alcanzaban al pueblo. Total ellos dos iban para allá, de ahí habían venido a reparar la cosechadora averiada.

A estos personajes siempre les tocan todas las bromas más pesadas. En el camino al pueblo había que pasar por una laguna que se había formado con la última lluvia del verano. Mientras se dirigían al pueblo, Luis, que iba al mando del viejo Ford T comenzó a aflojar la única tuerca que sostiene el volante.

Juan iba de acompañante de Luis y el Loco Labriola sentado en el asiento trasero a sus anchas. Una vez que ingresaron a la laguna, que era de unos cuantos metros, Luis terminó de sacar la tuerca del volante. Cuando estaban bien en el medio de la laguna Luis exclamó a grito pelado “¡Juan mirá lo que me pasó con el volante!”. Juan inmediatamente se dio vuelta porque sabía la reacción del Loco Labriola. “¡La puta que lo parió!”, dijo y ya se aprontó para saltar al agua escapando del Ford T sin volante.

Hubo que convencerlo, y sujetarlo, para que no se tirara fuera del auto. Una vez calmado reanudaron la marcha con el volante en su sitio. Está de más decir que este episodio fue la comidilla del pueblo por mucho tiempo. Piensen que no tenían muchas más diversiones, y una era molestar al tonto, o loco, del pueblo.

El deportivo


Los pueblos chicos siempre han tenido su loco bueno. Esos seres que tienen extravagancias, pero que no le joden la vida a nadie, o al menos eso parece. Claro que no hablamos de seres peligrosos para ellos o terceros. Sino que son seres que viven de una manera diferente a nosotros, que creemos estar sanos. Está el que siempre saluda, o que no le da la mano a nadie. O el que nunca profirió palabra alguna, pero siempre sin causar daño a nadie.

Estos seres son tan especiales y con cierto nivel de percepción que cuando se avecina una fuerte tormenta, como los animales salvajes, la sienten en su cuerpo. Se manifiesta en un actividad más frenética que de costumbre. “Va a llover. El Loco ya pasó tres veces”, se puede oír en esos pueblos perdidos a la vera de una ruta provincial olvidada.

El caso es que en un pueblo de cuyo nombre no quiero recordar había un tipo que se creía auto. Sí, el loco se creía auto y así andaba caminando por todo el pueblo. Haciendo ruido con la boca, brrrrr. O tocando la bocina, tututu. La gente del pueblo lo conocía y lo saludaba a su paso, el loco les respondía tocando la bocina. Pero no jodía la vida de nadie.

Siempre hay un día que las cosas pueden cambiar, o la picardía del loco aflora en un rapto de sanidad mental. Vaya a saber que es lo pasa por esas cabezas un tanto fuera de lo normal. O los normales son ellos y nosotros los trastornados. Nunca me quedará claro.

Lo cierto que el Loco Barzola, así se llamaba nuestro hombre, un día como tantos en el pueblo andaba haciendo ruido con la boca, imitando el funcionamiento de un automóvil. Siempre por la vereda y al llegar a la esquina hacía sonar un estruendoso chirrido como de neumáticos perdiendo adherencia en una curva tomada a mucha más velocidad de la indicada.

En eso andaba el Loco Barzola. Esa semana era la anterior a la navidad y los pueblerinos estaban abocados a las compras de regalos, como sucede desde hace décadas. Los pueblos chicos no escapan a algunas costumbres de las grandes ciudades, incluso esas que suelen venir de otros lares.

El pueblo estaba repleto de autos y personas que iban de un lado para otro con grandes paquetes y bolsas de regalo. El Loco Barzola entremedio del público haciendo rugir su motor y tocando estruendosamente su bocina para abrirse paso. La gente como ya lo conocía le dejaba paso y lo saludaba con un “¡chau Barzola!”.

Pero ocurrió algo que nadie esperaba, menos el hombre del pueblo que fue protagonista a la fuerza del suceso que voy a narrarles. El hombre, entrado en carnes, salía de un comercio del pueblo con una pila de cajas y bolsas de regalos para las próximas fiestas de fin de año. El Loco Barzola lo vio, eso según un testigo presencial, que justo estaba tomando un cafecito a media mañana, justo frente a donde ocurrieron los hechos.

El Loco Barzola cuando vio al gordo salir del negocio, cargado de paquetes hasta la cabeza, que le impedían la visión hacia la calle, apuró el paso. Aunque el testigo del café de enfrente asegura que corrió desde la otra cuadra. Lo cierto es que el loco tomó velocidad y encaró directo al gordo de los paquetes.

Se lo llevó por delante tirándolo al piso desparramando todo lo que el gordo traía a cuestas. El Loco Barzola siguió un poco más con su frenética carrera y el chirrido de los frenos, sonido que salió de su boca, indicó que detenía la carrera. Quedó como de costado, como si hubiera coleado. Lo miró al gordo que yacía desparramado en el suelo y le soltó: “¡Te salvaste que hoy ando con el deportivo! ¡Si era ayer te agarraba con el tractor!”, pegó una carcajada y reanudó su marcha con un fuerte arado de sus ruedas. ¡Bah! Eso lo hizo con la boca y siguió su marcha como si nada hubiera pasado.

Mientras el gordo de los paquetes trataba de reponerse de la sorpresa del topetazo y de la reacción del Loco Barzola que lo había atropellado, en plena vereda, con su deportivo.

Tres hombres en un auto


Eran tres hombres a bordo de un Ford Escort rojo, tal vez un modelo de los años noventa. Circulaban a toda velocidad por una ruta en la provincia de Buenos Aires, buscando un destino final en un pueblo perdido. El viaje había sido excelente y lo que en un principio pensaban que demoraría más tiempo, lo había realizado en menos horas.

Al mando del Escort iba Lucio, pero no era el dueño del auto. El dueño era Omar que iba de acompañante y atrás su padre, Raúl. El viaje había sido muy rápido desde una localidad en el Gran Buenos Aires, a más de 140 kilómetros por hora. Por aquellos años no había radares y nada de eso.

Como estimaron que llegarían más temprano de lo previsto a la casa de Leandro, hermano de Raúl, donde irían a pasar unos días y a pescar. Tanto Omar como Raúl eran aficionados a la pesca. Omar era primo hermano de Lucio. Así que ambos iban a la casa del tío Leandro que se había jubilado de su trabajo de peón rural en un puesto en una estancia de la zona.

Como eran cerca de las 11 de la mañana estimaron prudente parar al costado de la ruta, debajo de la sombra reparadora de un árbol a tomar unos lindos mates y comer esos sándwiches que tenían preparados para el almuerzo. La idea era llegar después del almuerzo del tío Leandro para no caerle como peludo de regalo.

En eso estaban, en perder el tiempo, eso que nos sale tan bien cuando ponemos toda la pasión en hacerlo bien. El paso de un auto, raudo, por la ruta vecinal, que llevaba directo al pueblo. La frenada y la marcha atrás del auto. “Seguro que es policía”, dijo Lucio sin dejar de comer su sándwich. “Te parece”, le dijo Omar. “Ya van a ver”, respondió Lucio.

El auto detiene su marcha en retroceso y alguien que se apea y camina hacia los tres hombres sentados a la vera del camino vecinal. Raúl fue a su encuentro por ser el más viejo y hermano de Leandro, que vivía en el pueblo. El hombre del auto comenzó un breve, descuidado, interrogatorio, como quien no quiere la cosa. A dónde iban, de dónde venían, a quién iban a ver. Raúl le explicó que iban de visita a la casa del viejo Pérez, como lo conocían al tío Leandro en el pueblo. “¡Ah! van a ver al viejo Pérez”, dijo el tipo del auto. “Mándele mis saludos”, dijo y volvió a subirse al auto y reanudar la marcha.

Raúl les contó la breve charla a Lucio y Omar. A lo que Lucio les volvió a insistir que el tipo era cana. Terminado el almuerzo, y ya pasada la 1 del mediodía, los tres hombres reanudaron la marcha rumbo a la casa del tío Leandro.

Llegaron después del almuerzo, y al borde de la siesta pueblerina. Los saludos de rigor y las cachadas del tío Leandro. Ahora estaba mucho más distendido que estaba jubilado. Tenía tiempo para hacer más cosas y para cazar o pescar. De eso estaban hablando cuando uno de los tres viajeros, creo que fue Lucio, se acordó del cruce con el tipo en la ruta, antes de llegar al pueblo.

 “¿Cómo era el tipo?”, preguntó el tío Leandro. Se lo describieron tal cual lo habían visto y la actitud que había tenido en la ruta vecinal. “Ese hijo de puta es el comisario del pueblo”, largo el tío Leandro y enseguida les contó una historia pueblerina.

El tío Leandro vivía al lado de la casa de un viajante, esas personas que suelen habitar en los pueblos perdidos del país. Cuando el tipo salía de viaje el comisario del pueblo se acostaba con la esposa del viajante. Es decir que le metía prolijamente los cuernos, pese a ser la máxima autoridad del pueblo. Pero cuando el marido, de la vecina del tío Leandro, llegaba de improviso, el comisario saltaba el alambrado bajo que tenía de límite entre las dos casas. Con lo cual se ponía en fuga, como un delincuente común y silvestre, por el patio trasero del tío Leandro, pisándole la quinta que este tenía en el fondo de su casa. Ese fondo daba a un terreno baldío que salía a la calle paralela donde vivía el tío Leandro.

Así que en el pueblo el comisario cometía adulterio con una vecina, respetable, del lugar y se daba a la fuga con si de un ladrón se tratara. En realidad era un ladrón… de camas ajenas.

Mauricio Uldane


Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace: http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html

Wednesday, November 19, 2014

Los Ford T argentinos

La empresa Ford Motor Company abre una sucursal en Argentina, la segunda luego de la de Gran Bretaña, en la calle Lavalle de la ciudad de Buenos Aires. Eso fue un 31 de diciembre de 1913 así luego de Manchester, en Gran Bretaña, Buenos Aires era la primera sede de la marca Ford en América del Sur.

Publicidad de la revista Caras y Caretas del año 1918.


Una vieja publicidad aparecida en la famosa revista Caras y Caretas nos trae de los inicios del siglo XX un modelo de Ford T armado en Argentina. Sí, porque para el año 1918, de cuando es la publicidad, la empresa Ford Motor Company, todavía no se llamaba Ford Motor Argentina, armaba sus modelos T en la ciudad de Buenos Aires.

Para el año 1916tenía dos talleres donde se realizaban el armado de los Ford T en Paseo Colón 450 y en Herrera al 800 en el barrio porteño de La Boca. Luego tendría que sumar otro local de ventas en la calle Perú 752a siete cuadras de la Plaza de Mayo, en la misma ciudad de Buenos Aires.

Para la época de publicidad, que hoy vemos, se armaban unos 48 Ford T por día en la planta de la calle Lavalle 1702, en la misma cuadra del primer local de Buenos Aires, que estaba ubicado en Lavalle 1776 muy cerca de la Avenida Callao.

Pero lo más interesante de la publicidad son dos cosas: una el modelo de dos puertasque no es tan habitual de ver en Argentina y la otra es la baja en los precios de venta del los modelos T. Algo que nos resulta raro en los tiempos que corren: que el precio de los autos cero kilómetro baje de un año para otro.

Otra rareza es que se ofrecían las distintas versiones del Ford T en dos medidas de trocha: para la ciudad o para el campo. Si no estoy errado, ya un seguidor de Archivo de autos reparará mi metida de pata, creo que la versión de la publicidad es el Coupelet.

Un párrafo a parte de la publicidad, que en realidad es una fotocopia de la revista Caras y Careta, la obtuve cuando trabajé en la Secretaría de Cultura de la Nación allá y hace tiempo. No quise dejar pasar la oportunidad de al menos tener una copia de esa vieja publicidad del Ford T.

Nos sirve a todos para ver cómo se publicitaba en Argentina un auto mundial, o como decía el eslogan “Ford. El coche universal” o en inglés “Ford. The Universal Car” tal como costaba en el cartel del primer local de la empresa estadounidense en la calle Lavalle 1776.

La publicidad fotocopiada es, como ya mencioné, de la revista Caras y Caretas del 16 de febrero de 1918. La Primera Guerra Mundial no había terminado aún, faltaban unos meses para la firma del armisticio que puso fin a la primera guerra mecanizada de la historia de la humanidad. Y donde los Ford T participaron luego del ingreso al conflicto bélico de Estados Unidos.

Por eso se habla de crisis y falta de materiales en la publicidad. Así y todo los precios igual bajaron con respecto al año 1917. Era parte de la política de Henry Ford, que los T costaran cada vez menos, además que sus operarios pudieran comprarse un cero kilómetro. Un capitalismo mucho menos salvaje que el que nos toca vivir en pleno siglo XXI con autos que tienen fecha de vencimiento.

Pero los tiempos cambian y las automotrices se adecuan a esos cambios, o son esas empresas las que nos llevan a esas modificaciones en gustos y usos. Pero eso es más para un estudio sociológico que una nota que habla sobre un auto antiguo que se armó en Argentina.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos, no por una política editorial.

Saturday, May 24, 2014

Finaliza la producción del Ford T

Un 25 de mayo de 1927 la empresa Ford Motor Company toma la decisión de cesar la producción de su famoso modelo T. Así parte de la historia automotriz comenzaba a cerrarse.

La última versión del Ford T de 1927 al mando Edsel Ford hijo de Henry Ford, 
que se encuentra a su lado. La fotografía salió publicada en la 
revista Parabrisas número 33.


Para el año 1927el Ford T había alcanzado las 15 millones de unidades producidas. Aunque algunos historiadores sostienen que se fabricaron más unidades. Se menciona que las unidades fabricadas superaron los 16 millones. Sí se sabe que la cantidad de motores de Ford T fue mayor porque muchos motores fueron destinados a distintos vehículos que no eran automóviles. Por ejemplo los usados durante la Primera Guerra Mundial en vehículos militares.

Lo cierto que ha pesar de Henry Ford se discontinuó el mítico Ford T que para finales de la década del veinte estaba desactualizado. La competencia se le había puesto a la par o incluso superado al T. También el público estadounidense había cambiado y un auto utilitario como el Ford T no ofrecía todas las comodidades que ya estaban en el mercado.

Pese a eso durante varios años más el Ford T tuvo larga vida entre los usuarios de los automóviles o incluso sus motoresfueron aplicados a las más diversas actividades. La robustez, duración y nobleza del motor del Ford T fueron sus cartas de presentación en todo el mundo.

La fotografía nos muestra la última versióndel Ford T que salió en Estados Unidos con las llantas del Ford A y con menor despeje. Esa fotografía fue tomada en la ocasión que la producción del Ford T alcanzó los 15.000.000 de unidades producidas. Al mando esta Edsel Ford, hijo de Henry Ford que va a su lado como copiloto. Esa vieja foto apareció en la revista Parabrisas número 33 de agosto de 1963.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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