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Saturday, April 25, 2015

Arriba del bondi

Salí corriendo de casa, como casi todos los días, sino no llegaba a la facultad. Eran años de estudios para mejorar los conocimientos. Años de aprendizajes que tontamente creía que tendrían un final. La vida me ha enseñado que el aprendizaje nunca termina y que cuando dejamos de aprender, comenzamos a morir. Todavía creo estar lejos de eso. Y aquel día aprendería algo más aunque fuera un joven universitario.



Llegué corriendo a la parada del bondi y este casi arrancaba, fui el último de la cola en subir. "Cuidado que arranco", fue el grito del chofer. Eran años que los colectivos circulaban con las puertas abiertas sin grandes cuestionamientos por nadie. Como casi todos los días el bondi estaba repleto. "Un pasito que en el fondo hay lugar", dijo el chofer mirando para el fondo del colectivo por el enorme espejo encima de su cabeza.

Esa frase la habré escuchado ciento de veces y en algunas oportunidades no había donde correrse. Pero el chofer la tenía como una muletilla. "¿A dónde querés que me corra?", gritó desde la mitad del bondi un tipo que parecía un obelisco encerrado. La verdad que el colectivo, en ese momento, debería de haberse construido en goma… para estirarse un poco más.

Saqué mi boleto y el chofer me dio el vuelto. Algo que no siempre solía pasar y te decía "cuando bajes pedime el vuelto". Monedas y billetes eran los necesarios para poder pagar el boleto de papel que te daba el chofer mientras manejaba, puteaba a un automovilista y te abría o cerraba la puerta. Coleccionaba boletos capicúas justo como el que me acababa de dar el chofer. "Hoy va a ser un gran día", me dije para mis adentros.

Era importante para mí porque tenía un parcial bravo en la facultad y me había preparado estudiando mucho. Así que tenía que salir todo bien. El día me diría si estaba equivocado o no. Pero las cosas siempre las pensamos de una forma para luego, puestas en el correr del día, salgan disparadas para cualquier lado, menos el que planeamos.

Apretados pero no tanto para no poder respirar seguíamos en marcha hacia nuestros destinos. Éramos tantos en el bondi que el chofer había dejado de cargar pasajeros. Solo bajaban, por atrás, los que podían. Los otros lo hacían por adelante y ahí podían subir los pasajeros que estaban en las paradas.

Todo seguía sobre ruedas. Pero las cosas no siempre son como las planeamos, como dije antes. Una de las cosas que me llamó la atención del colectivo era que tenía una estruendosa bocina de aire, que el chofer la hacia sonar de vez en cuando. Llegamos a una parada y el bondi se quedó parado más de la cuenta. Pensé que estaban bajando por la puerta delantera y subiendo más pasajeros. No podía ver porque estaba a la mitad del colectivo.

Un murmullo de los pasajeros de la parte delantera me sacó del sopor matutino. "El chofer se desmayó", gritó una mujer desde adelante. Así parecía. Al llegar a la parada el tipo se desplomó sobre el volante del bondi. El alboroto que se armó fue grande hasta que alguien pidió paso. Era un médico que estaba abordo y se pudo acercar hasta el chofer. Lo revisó y dijo, "tuvo un ataque. Parece un infarto. Tenemos que llevarlo a la guardia de un hospital", dijo el médico.

"Hay que llamar a una ambulancia", dijo otro pasajero. Aquellos años de mí juventud eran escasos de tecnología electrónica, así que los teléfonos celulares eran solo para las películas de James Bond. Había que hablar por un teléfono público en la calle o comercio. "Llamemos al CIPEC", dijo otro pasajero desde el fondo. El médico dijo que iban a tardar mucho en llegar y eso podía ser fatal para el chofer.

Lo pensé unos segundos y dije "yo lo puedo llevar". "¿En qué?", me preguntó el médico. "En este colectivo", le respondí. La cara de asombro de todos fue enorme. Un joven de unos veinte años estaba dispuesto a manejar el colectivo hasta la guardia del hospital. "¿Vas a poder manejar el colectivo?", me preguntó con cara de asombro el médico. Les expliqué que confiaran en mí que sabía manejarlo.

El verano anterior nos habíamos ido de vacaciones con la familia a bordo de un 1114 que mi padre había comprado con el fin de hacer una casa rodante autopropulsada. Pero nos fuimos de campamento a la playa así como colectivo con todos los asientos. Tuve la oportunidad de manejarlo sobre una ruta desolada. Esa era mi experiencia al mando de un colectivo. Eso no lo sabía el médico.

Otra cosa era mover esa ballena dentro del tránsito porteño. Ahí estaba el pequeño problemita, pero con el porte del 1114 seguro que me iban hacer lugar. "Entonces movete y vamos a la guardia del Rivadavia", ordenó el médico. Corrimos al pobre chofer hacia el piso del bondi donde le pusieron pulóveres a modo de almohada. Mientras el médico lo asistía. También se había sumado una enfermera que era pasajera del colectivo.

"Nos vamos al Rivadavia. Así que los que estén apurados se bajan acá", ordené al mando del colectivo. Algunos se bajaron, pero muy pocos el resto optó por quedarse arriba del bondi. "Vamos a llevar a este pobre hombre", dijo con voz temblorosa una viejita que estaba sentada detrás del conductor. Todos asintieron.

Me senté al mando del 1114, que seguía en marcha y por suerte en punto muerto. Sino hubiera sido un desastre para todos nosotros. Pensé para mis adentros "esto no va a ser fácil", pero veamos que puedo hacer. "Arrancamos. Y agárrense porque vamos a viajar rápido", dije. Algunos sensatamente se sentaron en el piso del colectivo por lo que pude ver por el espejo de arriba del puesto de conducción.

El tema era que había que dar vuelta el colectivo porque el Hospital Rivadavia quedaba para atrás, cerca de mi casa. Ya habíamos pasado la Avenida Callao y volver para atrás no sería tan sencillo. Seguí derecho hasta la plaza que desembocaba la Avenida Las Heras y le di la vuelta. No se imaginan cómo di la vuelta. Les dije que el colectivero hacía sonar una bocina a aire. Bueno la usé para abrirme paso. En realidad abusé de la bocina.

Sonaba como un barco. Muchas veces las había visto colocadas en la columna de dirección con una fina varilla de metal rematada en una perilla de plástico. Era como un chico con un dulce. Tanto hice sonar la bocina para abrirme paso que pronto llamé la atención de un policía en motocicleta. Más que los pasajeros comenzaron a sacar pañuelos por las ventanillas del colectivo. Además comenzaron a gritar y eso era llamativo en ese paquete barrio de Recoleta. 

La calle Vicente López siempre era un tapón de tránsito pero a fuerza de la bocina, los gritos de los pasajeros y la mole del 1114 nos abrimos paso. Un policía en moto se había puesto a la par, ya lo había visto por el espejo retrovisor. "¿Qué pasa?", me dijo por la ventanilla del conductor. "Tenemos descompuesto al chofer y lo llevamos a la guardia del Rivadavia", le grité. Se convenció cuando vio al médico que afirmaba detrás de mí mis palabras.

"Yo les abro paso", dijo y salió disparado delante del colectivo para cortarme el tránsito de las calles transversales. Ahí comenzó una loca carrera por llegar a la guardia del hospital. Doblamos como veníamos en la Avenida Callao, que era doble mano. Hasta doblar nuevamente por Avenida Las Heras. Un "oohh" de los pasajeros acompañaron los dos giros. Nunca pensé que el 1114 iba a doblar de esa forma.

Pisé a fondo el acelerador por la bajada de la Avenida Las Heras buscando llegar lo más rápido posible al Rivadavia. Ya para entonces un patrullero de la comisaría 17ª se había sumado al convoy. Claro pasamos por la puerta de la comisaría ante el asombro de todos los canas que estaban en la puerta. Estaban avisados por el policía de la moto.

Así que ya eran dos motos las que nos cortaban el tránsito y por delante el patrullero anunciada nuestro paso a toda velocidad rumbo al hospital. Ya faltaba poco. Acabábamos de cruzar la Avenida Pueyrredón y con el semáforo en rojo. Nunca pensé que un colectivo podía correr tanto dentro de la ciudad el velocímetro había pasado de los 90 kilómetros por hora y parecía lanzado en un loca carrera. "¿Cómo lo voy a frenar?", pensé cuando me faltaban pocas cuadras para llegar a la calle Austria.

Ya a mitad de cuadra antes del cruce con Austria comencé a frenar para poder doblar a la izquierda y entrar por el portón del Hospital Rivadavia, que estaba abierto de par en par esperando nuestro arribo. El tránsito de la Avenida Las Heras estaba cortado para poder doblar sin problemas gracias a las dos motos de la policía. 

La sacudida que pegó el colectivo cuando subió la vereda en la entrada de la guardia fue impresionante. "Uhh", se escuchó dentro del colectivo y la frenada del bondi. Los frenos a aire resoplaron como un búfalo enojado. Pero paramos. Abrí las dos puertas para que bajaran al chofer descompuesto y los pasajeros, que no iban a olvidar el viaje alocado por mucho tiempo.

Dos camilleros y un médico esperaban en la rampa de la guardia para trasladar al chofer para hacerle los auxilios necesarios. El médico del bondi se fue con ellos para adentro. Los pasajeros comenzaron a aplaudirme y dar vítores por la llegada tan rápido al Hospital Rivadavia. Algunos se excusaron y se fueron para sus trabajos y otros se quedaron para ver la suerte corrida por el chofer.

Mientras tanto acomodé en un lugar donde no molestara el colectivo y lo paré. "¿Qué íbamos hacer con ese bicho?", pensé mientras detenía su motor. Saqué las llaves del tablero. Cuando veo uno de los policía de la moto que se me acerca a la puerta. "Lo hiciste bien pibe. ¿Quién te enseñó a manejar el 1114?", me preguntó. "La verdad que nadie. Mi viejo me puso a manejar uno arriba de una ruta", le contesté. Asintió con la cabeza mientras le alcanzaba las llaves del colectivo.

Me dijo que ellos se iban de encargar de comunicarse con la empresa del chofer para ponerlos al tanto de todo y para que viniera alguien a retirar la unidad. Me bajé del colectivo y encaré para la guardia para ver cómo estaba el chofer. Me encontré con el médico que lo había asistido en el bondi.

"Muy bien pibe. Lo salvamos al chofer", me dijo con alegría en el rostro el médico. Me contó que había sufrido un infarto y que gracias a mi rápido viaje a la guardia lo salvamos de un mal mayor. Incluso ya estaba mejor y consciente. "La sacó barata", me dijo el médico mientras me palmeaba la espalda.

Todos en la guardia sabían que era el "pibe" que había traído al chofer en el colectivo. Pasé a ser una celebridad. Mientras mi parcial en la facultad se iba por la cloaca. Todo no se puede en la vida. O salvaba la vida de un pobre tipo o salvaba la materia de la facultad. Elegí lo primero era más valioso, lo otro tendría una segunda oportunidad. Como tenía ahora el chofer del colectivo. Claro que ahora tendría que hacer buena letra después de este aviso que le dio la vida.

Al salir de la guardia del Rivadavia una nube de periodistas ya se habían enterado y los móviles de canales de televisión y radio estaban en la puerta. Se ve que alguien les dijo que era "el pibe" que había manejado el colectivo, que seguía estacionado al lado de la guardia. Tuve que decir algunas palabras. Se me ocurrió mencionar que tenía un parcial en la facultad y que ya no iba a llegar a darlo. Pero salvar la vida de una persona era más importante que un examen.

Antes las noticias no tenían la velocidad que ahora. No había celulares, ni Internet y la televisión por cable comenzaban a caminar en el país. Pero si había móviles "en vivo y en directo", como anunciaban los canales de televisión. Así que a la noche muchos me vieron en las noticias del día. Un muchacho arrojado que manejó un colectivo a toda velocidad por las calles de Buenos Aires.

Al otro día todo fue normal o no tanto. Al llegar a la facultad mis compañeros comenzaron a vitorearme por la hazaña del día anterior. La verdad que me sentí un poco héroe, pero en realidad no había hecho otra cosa que la correcta. Al menos eso creía. "Te perdiste de dar el parcial", me dijo una compañera. Una colorada de ojos verdes impresionantes, que solía traerla en un tipo más grande que ella en un 504 celeste metalizado. La verdad que todos nos babeamos un poco con la colorada. Era rara como si no fuera de nuestro tiempo.

"Si. Pero la verdad que le salvé la vida a un hombre. Eso vale más que un parcial", le dije. La respuesta de la colorada fue un sonoro beso en la mejilla. "Ya está", pensé que más puedo pedirle a la vida. Que esto dure un tiempo más, así mi ego se mantenía gordo. Pero siempre hay algo más. Y estaba por ocurrir en poco tiempo más.

Seguí rumbo a la comisión que me tocaba ese día con un sabor algo amargo por la pérdida del parcial del día anterior. Cuando me cruzo a la profesora de la materia que me dice, "ayer no viniste a dar el parcial. Era crucial para que te quedes en el curso". Eso lo sabía de antemano. "Si. Pero no pude. Tuve algo más importante que hacer", le dije. No iba a explicarle. Era una tipa difícil de tratar.

Pero la sorpresa fue lo que me dijo a continuación, "lo sé. Le salvaste la vida a un hombre. Sin tu ayuda se hubiera muerto". Me quedé helado. La tipa estaba al tanto de todo. "Lo vi anoche en el noticiero de la tele", me dijo. "Me parece que bien valía la pena perderse el parcial", siguió diciéndome. No podía creer los que me decía. "Lo hablé con el rector y decidimos, como única vez, que rindas el parcial solo. Lo tenes que hacer ahora", me dijo.

"Claro", le respondí. Me llevó a un aula vacía donde me dio una hoja con las preguntas del mismo parcial que habían hecho mis compañeros. A solas, los dos en ese aula vacía rendí mi parcial escrito que salvó mi materia y la vida de un chofer de colectivo. Aprendí que la profesora no era tan dura como parecía y que podía salvar una materia esforzándome en estudiar. La relación con esa profesora cambió radicalmente por el resto del año y de la carrera.

Pero lo más importante fue que me demostré a mi mismo que podía manejar un bondi en forma enloquecida por la ciudad, claro que con cierta ayuda policial. En el fondo de mi mente tenía el sueño de manejar un colectivo y sentir el poder del tamaño frente al resto de los vehículos del tránsito porteño. Lo hice y lo mejor de todo que le salvé, perdón le salvamos, la vida a un tipo. Eso nunca me lo olvidé. Lo aprendí para siempre.

Mauricio Uldane


Pueden leer todos los relatos publicados en el blog de Archivo de autos en este enlace:  http://archivodeautos.blogspot.com.ar/p/relatos.html 

Archivo de autos es armado en un ciber por falta de recursos económicos ya que no cuenta con financiación de ningún tipo.

Saturday, January 3, 2015

Lluvia

El fin de semana había sido tórrido. El calor fue insoportable, casi 40 grados en un diciembre que derretía a las personas, y a los autos. La cosa no parecía mejorar el lunes arrancó con casi 30 grados de temperatura al amanecer. Todo presagiaba que el primer día hábil de la semana sería más pesado que tener una vaca a upa.



Ernesto fue como todos los días a trabajar a su empresa de fletes y envíos al interior que había heredado de su padre, y su padre había heredado de su abuelo. Lo que se dice una empresa familiar con más de 70 años en el rubro. La experiencia adquirida era muy alta y con el correr de las décadas acumularon empleados y vehículos. Pero no era una gran empresa, diríamos que era una pyme o sea una empresa mediana familiar con un trato directo con sus trabajadores.

Pero el calor, ese lunes, era un verdadero infierno. Buenos Aires en los veranos se está convirtiendo en una ciudad tropical, con días de extremo calor que suelen desembocar en lluvias torrenciales con un marcado descenso de la temperatura. Ernesto solía decir “el que sobrevive en Buenos Aires puede vivir en cualquier parte del planeta”. Porque al excesivo calor agréguenle una gran dosis de humedad, por ese ancho río que baña las costas de la ciudad y tiene el cóctel servido en bandeja. Realmente el clima puede ser una sopa caliente en pleno verano ciudadano.

Sin embargo había que cumplir con los clientes y Ernesto salió, transpirando, hacia la oficina de la empresa familiar. Hacia años que ya no salía manejando las camionetas, o los camiones, para transportar la carga, los paquetes o hasta las encomiendas que los clientes enviaban hacia destinos del país. En las últimas décadas habían incorporado el servicio expreso de encomiendas primero dentro de Buenos Aires y luego a sus alrededores, hasta alcanzar diferentes provincias del país.

El fin de año se acercaba y el trabajo aumentaba notablemente, como el calor. Luego vendrían los meses del verano, un poco más descansados. Pero diciembre solía ser intenso. Ernesto ya había tomado la decisión, luego de varias décadas de trabajo, de tomarse las cosas con calma. Desde muy joven había estado ligado a la empresa familiar y sabía que, a veces, el trabajo era muy duro. Pero al fin y al cabo era lo que le daba de comer.

Ese lunes de finales de diciembre no era la excepción por la cantidad de trabajo. Estaba al punto de saturación, ya no tenía vehículos disponibles para hacer envíos o fletes de ningún tipo. Salvo la vieja y querida Ford F-100 que su padre había comprado cuando Ernesto era chico. La F-100 estaba allí guardada en el galpón de la empresa con el logo pintado en sus puertas, como esperando un trabajo que la sacara de las eternas vacaciones.

Ese lunes estaba a punto de volver a la actividad como en sus tiempos de gloria. Cuando la nafta no era tan cara y comprar una camioneta con motor V8 no era nada raro. Hoy nos parece un traga surtidores y por eso muchas de esas camionetas, si conservan su motor original, usan GNC (Gas Natural Comprimido) una forma barata de seguir andando en un vehículo fiel y totalmente confiable.

Allí estaba, impecable como siempre, la F-100. Ernesto la veía siempre desde la ventana de su oficina. Cada tanto la sacaba para hacer algún viaje pero no muchos porque seguía a nafta como siempre. Ernesto sostenía que “el gas es para las cocinas”. Pero a esta altura de la circunstancia ya estaba pensado seriamente en colocarle un par de tubos de GNC. Mientras pensaba eso la miraba desde su oficina, pero lo que lo detenía era la memoria de su padre que no estaría muy contento con esa modificación. Los tiempos cambian y las personas también.

Sonó el teléfono y Ernesto atendió. Era un cliente que necesitaba llevar una heladera que recién había comprado. La anterior se murió por cortes de energía. La heladera, del cliente, no había soportado los reiterados cortes de luz. Con el calor de diciembre el cliente no podía quedarse sin algo frío que consumir. Digo cliente por el que llamaba era un viejo conocido de la empresa de Ernesto. Solía hacer envíos al interior del país por su negocio de repuestos de autos, en especial de los modelos clásicos. Este cliente le había conseguido más de una vez repuestos para la vieja F-100.

“No tengo ningún vehículo. Todos están en la calle o en viaje”, le dijo Ernesto al cliente. “¿También salió la Ford?, preguntó el cliente desde el otro lado del aparato. “Pablo sabes que la Ford no sale porque está a nafta”, le contestó Ernesto. “Mándamela, te pago la nafta aparte”, le dijo Pablo, el cliente. “No tengo choferes”, le respondió Ernesto.

Pablo le preguntó sino tenía a nadie más en la oficina para dejar, en caso de que alguien llamara. Ernesto le dijo que sí. Que estaba Alcira, la vieja empleaba que estaba en la empresa desde tiempos en que su padre estaba al frente de la empresa. Alcira era como una tía para Ernesto. Desde que nació Ernesto estaba en la empresa y eso había sido unos cincuenta años atrás.

“Está bien voy yo”, le dijo Ernesto. Y se preparó para salir con la vieja Ford a ese tórrido lunes de diciembre. La Ford lejos estaba de tener aire acondicionado, como tenía en la oficina, pero Pablo era un cliente de toda la vida y su repuestero de cabecera. Tomó las llaves del gran tablero, que en ese momento solo tenía colgada las de la vieja F-100. “Alcira me voy con la Ford a llevar una heladera a la casa de Pablo”, le dijo Ernesto. A lo que sumó, mientras salía, “en una hora vuelvo”. Pero no sería así.

Como siempre giró la llave de encendido y el motor V8 arrancó sin ningún problema. No era necesario calentar el motor. La temperatura en el galpón debía estar por encima de los 40 grados. Salió despacio a la calle buscando la casa de artículos para el hogar donde lo esperaba Pablo con su heladera nueva. Efectivamente Pablo, y la heladera flamante, estaban en la vereda esperando la Ford para realizar el transporte.

Ernesto se bajó de la F-100 diciendo “no traje peón porque todos están con viajes”. “No importa”, respondió Pablo, “entre los dos la subimos a la caja”. “Ya no pesan como las heladeras viejas”, acotó Pablo. Entre los dos subieron la heladera a la caja de la Ford. “¡Qué bien embalada que está!”, exclamó Ernesto. Fue ahí que Pablo le contó que el vendedor le dijo que esos embalajes nuevos aguantaban la lluvia a la intemperie.

“Lo vamos a necesitar. Se viene una tormenta negra del lado del río”, dijo Ernesto. Pablo le dijo que esperara a que fuera a buscar su auto que lo tenía estacionado a la vuelta. Ernesto terminó de atar la heladera para que no se moviera durante el viaje. Su padre le había enseñado de muy chico a amarrar objetos, bultos y cajas dentro de los vehículos de la empresa familiar. Lo cierto que Ernesto estaba un poco oxidado, de tanto estar sentado detrás de un escritorio en la oficina, pero ciertas cosas no se olvidan nunca. Tal vez falta algo de práctica en el arranque, pero una vez entrado en temperatura las cosas comienzan a salir como antes, como andar en bicicleta luego de varios años de no hacerlo.

Justo que terminaba de atar la heladera y cerrar la puerta de la caja de la F-100, vio que Pablo daba la vuelta en la esquina en su auto nuevo. Este modelo no lo conocía. “Cambiaste el auto”, le dijo Ernesto a Pablo cuando éste se acercó donde estaba estacionada la camioneta. “El que tiene plata hace lo que quiere”, sonrió desde el interior del auto mientras bajaba el vidrio del acompañante.

Ernesto puso en marcha la Ford y le dijo a Pablo que fuera adelante para indicarle el camino. Hacia años que conocía a Pablo, pero no sabía donde vivía. Solo lo veía en la oficina de su empresa o en el negocio, de él. “Tenemos un viajecito, vivo en un country en la zona norte”. Claro, pensó Ernesto con ese auto no puede vivir en otro lado. Además con lo que gana con los repuestos me imagino cómo será la casa de grande.

Arrancaron, Pablo adelante con su auto de alta gama y Ernesto con la vieja Ford detrás. Cada vez el cielo se ponía más negro y amenazador. La tormenta que avanzaba desde el río cada vez se veía más grande. No pasaron más de veinte cuadras cuando el cielo se abrió. Sí, literalmente. No llovía era un río que caía sobre la ciudad. Ernesto pensó en la heladera que viajaba atrás en la caja y la miró para ver cómo la trataba la lluvia. Pero la verdad que el envoltorio de plástico parecía muy resistente a la lluvia. Para sus adentros pensó que al menos Pablo tendría una heladera nueva… y lavada por la intensa lluvia.

Los limpiaparabrisas de la F-100 comenzaron a ser poca cosa para la catarata de agua que caía desde el cielo. Lo único que falta es que caiga piedra, pensó Ernesto. Hay cosas que mejor ni pensar. Terminó de pensar eso cuando comenzó a caer un granizo muy tupido que convirtió el techo de la Ford en una sonora caja de metal. “¡La heladera!”, gritó Ernesto y se dio vuelta. Por suerte la heladera tenía la parte superior, debajo del plástico, recubierta con una placa de telgopor que encajaba a la perfección. Al menos la piedra no dejará sus marcas sobre la heladera, pensó Ernesto, pero el auto caro de Pablo no soportaría el castigo del cielo.

En eso vio como Pablo se subía a la vereda en busca de un toldo de chapa que resguardara de la pedrada a su flamante auto de alta gama. El granizo no solo era muy tupido, sino que ahora era más grande y encima la temperatura exterior había bajado como cinco grados, por lo menos. Espero que esto pase pronto porque no sé cuando más aguante la chapa de la Ford, pensó Ernesto buscado un lugar donde parar un rato. Un viejo y tupido árbol fue el refugio hasta que la piedra dejara de azotar a la ciudad en ese tórrido lunes, aunque ahora ya era un templado lunes.

El granizo cesó, pero la lluvia no amainó en lo más mínimo. Ernesto vio por el espejo retrovisor que Pablo ponía marcha atrás y reanudaba la marcha hacia el country en el norte del conurbano. Ernesto lo siguió, aunque lo tenía adelante solo veía las luces traseras. Tan intensa era la lluvia. Apenas veía la punta del capot. El frió comenzó sentirse y los vidrios comenzaron a empañarse. “Qué más puede pasar hoy”, pensó Ernesto. Todavía faltaba otro ingrediente, como en las comidas, ese toque que le da el sabor final.

El agua fue el ingrediente. Tanta que cayó del cielo y tanta que buscaba un lado para escurrir. Un tema ciudadano en estos tiempos que corren de climas subtropicales o algo parecido. Como era lógico, si cae mucha agua y no tiene donde ir, se acumula. Y si se acumula mucha, la ciudad se inunda. ¿Les suena parecido?

Las calles comenzaron a llenarse de agua, pero los dos vehículos seguían avanzando. Pero ya el nivel del agua sobre el pavimento no dejaba ver el cordón de las veredas y la cosa seguía empeorando. “Ya va a parar”, pensaba Ernesto que a esta altura estaba tenso por la situación climática. En eso que estaba sumido en ese pensamiento ve como avanzaba por la derecha, en la calle transversal un contenedor de basura de plástico. Iba directo a darle de lleno al auto de Pablo. Pero este lo debe haber visto porque aceleró justo cuando el contenedor desbocado cruzo la bocacalle a toda velocidad y eso que el semáforo para él estaba en rojo…

Todavía funcionan los semáforos, pero nos sería por mucho más tiempo unas cuadras más adelante y dejaron de hacerlo al unísono. No solo los semáforos sino que el alumbrado público se fue a dormir. Porque dada la oscuridad reinante, por el cielo negro, se había encendido como si de la noche se tratara, pese a que todavía no eran las 11 de la mañana.

La situación empeoraba minuto a minuto y Ernesto pensó cuánta más agua aguantaría el auto de Pablo. En eso ve que Pablo se sube a la vereda y para el auto. Los celulares habían dejado de prestar su útil servicio por la tormenta eléctrica. Pablo bajando el vidrio de su lado le gritó a Ernesto, “esperemos un rato a que baje el agua”. Pero la lluvia no aflojaba sino todo lo contrario, ahora caía más agua que hacía diez minutos. Luego de la pedrada era como si el cielo hubiera abierto todas las compuertas de una gran represa desbordante de agua.

Mientras Ernesto esperaba estacionado junto a la vereda que pasara el vendaval sintió un golpe en la parte trasera de la Ford. Apenas podía ver por los vidrios empañados. Buscó la franela en la guantera y despejó la luneta trasera para ver que pasaba. Con sorpresa vio que el auto estacionado detrás de él lo estaba chocando. No había nadie adentro, simplemente era tanta el agua que el auto comenzó a flotar. La F-100, que seguía con el motor encendido, no flotaba por su peso.

Ernesto puso primera y lentamente sintió un nuevo topetazo del auto estacionado, o flotando, detrás suyo. Bajó la ventanilla de su lado y trató de mirar en la intensa lluvia y para su sorpresa vio que eran varios los autos que flotan a la deriva en esa cuadra. Sacó del lugar la camioneta encaró al medio de la calle. El auto que estaba detrás de él tomó camino y se fue flotando calle abajo. Detrás lo siguieron los otros autos que estaban estacionados en la misma cuadra. Eso era lo que temía Ernesto que los demás autos estacionados lo terminaran por empujar calle abajo.

Puso marcha atrás y retrocedió hasta el lugar donde se había subido a la vereda Pablo. El agua ya le llegaba a la puerta y seguía subiendo el nivel. “No para de llover la puta madre”, grito Pablo desde dentro de su auto, cuando vio que Ernesto retrocedía por la calle.

La situación empeoraba segundo a segundo. “¿¡Qué carajos voy hacer!?”, se preguntó en un grito, dentro de la cabina de la Ford, Ernesto. Mientras los demás autos de la cuadra comenzaban a navegar al garete chocando entre sí o incrustándose en los frentes de las casas y comercios. En eso se dio cuenta que el auto de Pablo se movía. No porque lo condujera Pablo, sino porque comenzaba a flotar como los demás, pese a estar sobre la vereda.

Esto va de mal en peor pensó Ernesto para sus adentros. En eso recordó lo cómodo que estaba en su oficina hasta que recibió el llamado de Pablo en la mañana. La mañana temprano parecía, a esta altura de las circunstancias, la semana pasada. El agua ya había llegado a la mitad de la puerta del auto de Pablo y cada vez se bamboleaba más con el agua. El agua para ese instante ya tenía olas producto de los demás autos que flotaban a la deriva y que venían de las otras cuadras de la calle.

Ernesto seguía con la Ford en marcha en medio de la calle, que era la parte menos profunda por el abovedado que presentaba. Un ojo lo tenía en el auto de Pablo, que en un momento dado se iría con los demás vehículos. El otro ojo lo tenía clavado en el espejo retrovisor para adelantarse a otro auto chocador y flotador. En esas instancias tensas estaba Ernesto cuando pasó lo que tenía que pasar. El auto de Pablo giró y el agua comenzó hacerlo flotar como todos los demás, menos la F-100.

Pero no flotaba en la dirección de circulación de la calle, se había girado y se iba de cola calle abajo. Ernesto puso primera y comenzó a seguir al auto de Pablo. Nunca supo porque hizo eso, pero eso fue de gran ayuda para Pablo. Un ojo en la calle y el otro en el auto que navegaba de culata, sobre la vereda. Por suerte para Pablo no había nada sobre la vereda que impidiera su navegación. Lentamente el auto de Pablo comenzó a desviarse hacia la calle como buscando abandonar la vereda. “Ahora es la oportunidad”, pensó Ernesto y arrimó lo más que pudo la F-100 al cordón. Rogaba que no hubiera nada que pinchara un neumático y menos aún una alcantarilla abierta.

Pablo dentro del auto estaba desconcertado, pero sin entrar en pánico. Como el sistema eléctrico del auto, de alta gama, estaba todavía  intacto le permitió abrí el techo de vidrio. El motor seguía en marcha. Cuando Ernesto vio que el techo se corría adivinó la movida de Pablo. Buscaba una vía de escape para su auto caro y flotante. Al abrir el techo un torrente de agua cayó sobre el habitáculo, eso era inevitable. Antes de abandonar el auto Pablo detuvo el motor, no tenía sentido dejarlo en marcha a la deriva.

El auto se puso a la par de la Ford y la tocó en su lado derecho. Ernesto lentamente giró el volante para que ambos vehículos se pusieran en paralelo. Pero notó que tendía a seguir su marcha. Entonces se adelantó un poco para sobrepasar algo la cola del auto de Pablo para tratar de frenarlo durante unos instantes. Esos instantes serían decisivos para Pablo que comprendió la maniobra de Ernesto. Cuando notó que el auto no avanzaba más y se había clavado, por un momento en la trompa de la Ford, no lo pensó dos veces y se soltó el cinturón de seguridad. Acto seguido se paró sobre el asiento de cuero negro y buscó el escape por el techo corredizo.

Por suerte Pablo estaba en forma, se cuidaba y hacía actividad aeróbica. Además no estaba para nada gordo. Se diría que su cuerpo era atlético. Eso le ayudó a salir rápido del auto y deslizarse por el parabrisas. Aferrado al borde del techo del auto calculó que distancia tenía con la caja de la Ford. Esa era su salvación, allí donde la heladera nueva soportaba estoicamente la lluvia torrencial.

Ernesto que rápidamente comprendió lo que Pablo quería hacer mantenía el auto frenado y de esta forma permitirle el abordaje a la caja de carga de la Ford. Cuando estuvo seguro Pablo se soltó del techo y buscó asirse de la caja de la F-100. Lo logró y de un salto se puso al lado de la heladera. “Estoy a salvo”, pensó Pablo. En eso Ernesto vio que Pablo ya estaba en la caja y dejó que el auto siguiera su camino o mejor su curso de navegación.

Cuando logró la maniobra y llevó a la Ford al centro de la calle bajó el vidrio del acompañante para que Pablo pudiera entrar. Era imposible abrir la puerta, el agua ya le llegaba a la mitad. La agilidad de Pablo era evidente ya que sin mucho esfuerzo logró colarse en la cabina de la camioneta. Claro que estaba como si hubiera salido de la ducha, nada más que con la ropa puesta. Eso sí sin los zapatos que habían quedado en el interior de su auto que ahora flotaba como enloquecido hacia la bocacalle

En la bocacalle otro auto lo chocó de lleno en el medio y ambos se fueron hacia el negocio de la ochava. Que parecía ser un maxi quiosco. Los autos entraron de lleno en el local haciendo un destrozo masivo. La calle se lleno de caramelos, alfajores, chocolates y cigarrillos que comenzaron a flotar con rumbo desconocido. “Me salvé de morir atropellado”, dijo Pablo. “¿Y tu auto?”, preguntó Ernesto. “La verdad no me gustaba mucho. Lo compré más que nada por negocio”, dijo Pablo. “No te preocupes que tengo un seguro que me va a pagar uno mejor que ese”, acotó Pablo.

“Me salvaste la vida. Te debo una”, le dijo Pablo a Ernesto. “En realidad te salvamos la Ford y yo”, le respondió Ernesto con una sonrisa. Ahora debían seguir el camino al country con la heladera a cuesta. El plan inicial de hacia nada más que un hora atrás, aunque parecía que había sido la semana pasada.
La Ford seguía su marcha lentamente pero a paso firme por el medio de la calzada y esquivando, de vez en cuando, a un auto flotador enloquecido. Lo peor de todo era cruzar las bocacalles.

Lo bueno de todo era que estaban dejando atrás la zona baja de esa parte de la ciudad, pero la lluvia no retrocedía ni un tranco de pollo. Pero lo mejor, de lo malo de la situación, era que Ernesto contaba con un copiloto despierto, pero empapado, a la hora de cruzar las calles.

Ahora el agua, en esta zona, había bajado notablemente y la Ford seguía su marcha imperturbable. Cuando las cosas comenzaron a aflojar un poco Pablo le preguntó como era que el motor de la Ford seguía en marcha. “Es que tengo la práctica de rociar con aceite en aerosol todo el cablerio y el distribuidor”, dijo Ernesto. “Este bicho no tiene nada de electrónica”, le acotó a Pablo. Y era cierto.

La lluvia comenzó a mermar luego de dos horas de llover como si Noé lo hubiera pronosticado. Ya faltaba poco para llegar a la casa de Pablo. Y en ese lugar parecía que no había llovido tanto. Lentamente la lluvia cesó y aunque no lo puedan creer el cielo comenzó a abrirse y unas tímidas nubes blancas aparecieron. Para cuando llegaron al country el sol brillaba en el cielo. Recién habían pasado unos minutos de la una del mediodía.

Al llegar al puesto de entrada, como era de esperar, el personal de seguridad detuvo la camioneta con los dos hombres a bordo. Pero cuando el agente de seguridad iba a comenzar con su clásica perorata de a dónde iban y qué traían, aunque a simple vista se veía en la caja de la Ford la heladera nueva lavada, vio a Pablo. “¡Buen día señor Gutiérrez!”, dijo obsequioso el vigilador. “Pase, nomás”, dijo y acto seguido levantó la barrera de la entrada.

Como esperaba Ernesto la casa de Pablo era la más grande del barrio cerrado. Estacionaron en la entrada y se bajaron para descargar la heladera. En eso salió la esposa de Pablo, para ver quién era el que venía en esa vieja camioneta. “Ah, sos vos amor”, dijo la mujer. “¡Trajiste la heladera nueva!”, gritó exaltada. “¿Por qué estás mojado y sin zapatos?”, le preguntó a su marido. Pablo miró a Ernesto y luego girando la cabeza hacia su esposa le contestó, “después te explico”.

Mauricio Uldane
Editor de Archivo de autos



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